De Cioranes, Argentos
y otros dolores
El quinto largometraje del
director franco-argentino de 55 años, Gaspar Noe, contiene todos los
ingredientes que le han dado renombre cinematográfico a nivel mundial, no sólo
de la crítica especializada sino del público masivo. “Climax” es un filme
meticulosamente planificado en su puesta en escena pero escaso de guion y, aún
así, logra exponer una buena cantidad de ideas sobre las obsesiones del
director que no eclosionan del todo por la composición visual de esta obra
inclasificable debido al contraste tan grande entre la propuesta ideológica y
la exposición visual.
La película muestra la
celebración de un grupo de bailarines durante toda una noche en un espacio
cerrado y laberíntico. En esa coreografía previa a la verdadera prueba, surgen
comportamientos súbitos cargados de violencia que generan una tensión
atmosférica entre los integrantes debido
a un coctel venenoso cargado de LSD, cuyos efectos generan un caos incontrolable
en la sala. Una pareja de hermanos se cuida con excesivas demostraciones de
celotipia que sugieren algo más, una rubia mantiene una relación homofílica con
otra mujer mientras los efectos del alucinógeno en la sangría originan una
serie de actos obscenos entre ellos, como el de orinar en el suelo, una joven
mujer encierra en un cuarto trasero a su pequeño hijo porque tiene miedo de que
sus compañeros de juerga le hagan daño en tanto aquel protesta por las cucarachas que
rondan su cuerpo, un disc-jockey trasvestido ronda por ahí buscando algún joven
que quiera pasar el resto de la noche con él…
Pero además de los mensajes
explícitos, Gaspar Noe, despliega su virtuosismo estético con desenfreno por el
cual es conocido dentro del campo cinematográfico. En un primer momento los
bailarines muestran sus cualidades particulares para el baile, las contorsiones
y los movimientos del cuerpo se encuentran al servicio de una especie de
competición de pares. Las cámaras cenitales abundan con el fin de evidenciar
las habilidades de cada uno. La duración
de las pequeñas presentaciones se encuentra al servicio de una coreografía
impensada, cuyo despliegue de creatividad sorprende al espectador omnipresente,
inmóvil. Los rostros, las pieles, las manos, la indumentaria, conforman una
mezcla de diversidades aunadas en el baile, en favor de un shauvinismo aderezado por una bandera tricolor que se advierte
detrás del disc-jockey. El baile es individual, la catarsis solo admite a los
otros como espectadores pero no como complemento. En un segundo momento, luego de una
presentación sutil de personajes, estos pierden el control y exponen sus miedos
ante los demás. La cámara en movimiento pasea en el recinto mediante
angulaciones de 360 grados que sugieren el rompimiento del espacio en un tiempo
reducido; priman los primeros planos en donde apenas se adivinan ciertos
movimientos obscenos que muestran a los hombres y las mujeres teniendo sexo,
bailando, vomitando, contorsionando, durmiendo, en un climax de
sensaciones que desnudan el miedo, la
alegría desenfrenada, los odios, las reacciones desencadenadas y las búsquedas
internas que se exteriorizan a través de
una violencia primaria permanente. Y todo ello, bajo un manto que recuerda a las
películas de Darío Argento, con sus tonalidades rojas desde donde se sugieren
posibles sorpresas. Las angulaciones
heterodoxas rompen con la expectativa visual del público que queda atrapado en un paroxismo inquietante.
Estos ingredientes suman un ladrillo más a ese enorme muro estilístico
que erige a Noe como uno de los directores más iconoclastas del panorama
cinematográfico actual. Como gran provocador de espectadores, causa impresiones
radicalizadas que generan amores y desamores. No hay duda de que domina el
oficio fílmico como los mejores autores audiovisuales posibles, pero que en ocasiones arruina las buenas
intenciones con proyectos superfluos desde el contenido. Tanta exuberancia de talento, la excelente
planificación de sus películas en lo formal, descuida otros aspectos simbólicos
que ciertas miradas ideológicas pueden plantear en el cine.
En el trabajo de este director,
hay un intento manifiesto de devolverle la realidad al cine. Esa propensión
óntica de tiempo y espacio, está inyectada de un sensacionalismo que no acaba de
cuajar en su inclinación a salirse de los
estándares y de los manifiestos fílmicos y esa es su principal debilidad
pero también su principal fortaleza. La maestría de los recursos técnicos que
tiene podrían potenciarse con un vértigo más direccionado a mostrar un cine
hiperrealista sin tremendismos como los que suele exponer. En “Clímax” encontramos desde las primeras
escenas un sello de identificación cuya
marca cinematográfica le ha acreditado un nombre. Gaspar Noe quiere explotar la
naturaleza explosiva del ser humano, quiere dar voz a las entrañas que luchan
por emerger al aire como un volcán contenido durante muchos años. Esa visión
desencantada de la humanidad es una forma de diagnosticar esa inmanencia
natural de lo que somos como especie.
En su cine persiste una necesidad
de enmarcar el espíritu francés como un ejemplo de diversidad humana. Su ataque
shauvinista, el multiculturalismo y la libertad sexual, son banderas que
esconde bien detrás de las imágenes. Sin
duda, Noe está comprometido solamente con su arte.
Su obra es un caudal de
sensaciones que se exacerba hasta la vibración de la piel del espectador. Es
pendenciera, puede perturbar la tranquilidad de un público acostumbrado a las
propuestas fáciles de ver. Esa actitud
se encuentra en el flujo normal de un arte que con el tiempo fue recogiendo
distintas alternativas entre las cuales se encuentra la costumbre de remover la
tranquilidad de las entrañas para descomponer el alma mediante una tensión
psicológica estremecedora.

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