Redefinir la permanencia

“Pablo, el apóstol de Cristo” narra la historia de Saulo, el hombre que decidió seguir el camino dejado por Cristo en la tierra, luego de su partida, frente a los desafueros y la fuerza bruta del Imperio romano. La película muestra los encuentros entre este febril creyente y el evangelista Lucas, quien se encarga de contar la lucha emprendida por este venerable anciano, encerrado en una cárcel de Mamertina, jurisdicción romana luego de que, en una transformación milagrosa Pablo deja de perseguir  a los cristianos en su peregrinación de Israel a Damasco.
Estos dos hombres predican con sus palabras y con el ejemplo las enseñanzas del predicador asesinado por el poder imperial. En ese proceso, un corregidor romano sufre el peso de una enfermedad para su hija, cuya vida se encuentra en riesgo. Su postulada racionalidad obedece a su cargo político y militar que contrastan con las muestras de bondad que vienen de parte de estos pastores judíos. En este juego de fuerzas se observan escenas tenebrosas, propias del afán escarmentador de los romanos como las crucifixiones y las teas humanas como un amedrentamiento más que físico, ideológico, con el fin de seguir imponiendo el orden.
A Pablo, interpretado por el veterano actor James Faulkner, se le teme y se le admira; los mismos cristianos recluidos en cavernas y confinados a los extramuros de la ciudad no tienen un concepto claro de ese hombre sabio, que predica sin tapujos ante el poder de un todopoderoso sistema político militar que ha dado muestras de su extendida represión. Lucas, interpretado por Jim Caviezel, es un destacado médico, cuyo interés es dejar para la posteridad las obras de este apóstol misterioso. Por un legado divino, salva la vida de la hija del corregidor, interpretado por Olivier Martínez, quien obra  como un mero servidor pero que se conmueve por la fuerza de las circunstancias.
Este histórico encuentro es la continuación de la tradición bíblica, cuyos seguidores se aseguraron de narrar los acontecimientos con profunda devoción, tejiendo una trama bien hilvanada y  respetando los dictados de las prédicas para encuadrarlas de modo delicado en la historia.

El perdón para una dama.
El cine también es una vitrina de redefiniciones o de permanencias. Así lo prueba la película del director australiano Garth Davis, “María Magdalena”, cuya figura central es reivindicada, luego de haber sido vapuleada por las veleidades del papa Gregorio Magno en el año 591 y para quien esa mujer solo podía constituir un motivo de burla y desdén por parte de la Iglesia católica, al tratarla como una prostituta. Ahora, esa tradición ha sido replanteada y a María Magdalena se la considera como una de las fieles apóstoles que tuvo la fuerza para desafiar ese mundo machista que constituye la ley judía.  Por eso, su papel en la prédica de la fe cristiana es doblemente importante, pues siguió al predicador en vida y expandió su enseñanza, y al mismo tiempo brindó un impulso feminista para la historia de las luchas de las mujeres oprimidas por la religión.
Su personaje, interpretado por Rooney Mara, arrastra toda la fuerza de la película, aunque deba luchar con esa figura esplendorosa que supone la de Jesús, interpretado por Joaquín Phoenix, a quien se le tilda del predicador. Al parecer, entre estos dos individuos fluyó una relación entrañable, que sugiere quizás una suma de afectos  no muy ortodoxos para el credo. A María, la mujer que rompe con la tradición al no querer  desposar a un hombre que no amaba, sólo le llueven improperios de la multitud, pero la compasión de Cristo, levanta su nombre con los destellos amorosos que le brinda y le ofrece los instrumentos para seguir enalteciendo su nombre. Esa disponibilidad para obedecer se matiza con su independencia de criterio pues enfrenta recurrentemente a Pedro, quien luce celoso por las preferencias del Mesías hacia ella. Es evidente en la obra que María está buscando su propio camino, que su rebeldía natural viene satisfecha por las enseñanzas de una nueva religión que quería derrumbar muchos de los viejos obstáculos que el judaísmo impuso para las nuevas generaciones. Parte de esa pasión espiritual, es un comienzo de otro orden.
La película abunda en silencios y en ese sentido se deja ver. Algunas escenas están cargadas de poesía visual, pese a su falta de consistencia general. Hay un claro interés por  atar las imágenes a la contemplación del paisaje como una búsqueda de una fuerza espiritual en donde la naturaleza proporciona respuestas que los hombres no pueden o no tienen. Los silencios del maestro sugieren meditaciones muy profundas, casi místicas, que muestran a un hombre atormentado, cuya contraparte es la nueva apóstol María Magdalena. Entre esos planos generales, hay caminos diminutos que buscan siempre la loma escarpada, como si fuese una peregrinación, un propósito divino que pretende encontrarse con las alturas interiores del hombre.
Es esta nueva redimida quien simboliza la doma del paisaje como un control inveterado del espíritu en trance hacia la salvación. Su determinación de rebelarse contra los dictados de las escrituras antiguas es la efusión de vientos nuevos en un mundo envejecido por múltiples autoridades. Ese es el papel de Pedro, interpretado por Chiwetel Ejioford, cuyo desempeño apostólico está cargado de contradicciones, como una manera de retratar el sendero del hombre mismo. Por eso Cristo decide elegirlo a él como pilar de su institución para permanecer en el culto y en la palabra.
Esta película carga con ciertos defectos de ritmo, pero dignifica a un personaje ensombrecido por la tradición.





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