Anochecer sin sombras

“Mary Shelley” es una película que reivindica el papel de las escritoras en el siglo XIX en una sociedad que honraba las publicaciones de los varones como una norma de la cual, por simple menosprecio, ni siquiera los hombres más iconoclastas, podían desligarse.  Si bien, la lucha por equiparar los esfuerzos de las artistas que libró Mary Wollstonecraft Godwin, tiene tintes de lucha colectiva, el vuelo individual de una paloma incomprendida, soporta el peso general de esta obra cinematográfica.
La enorme presión que supone ser la hija de dos filósofos, cuando la filosofía se incrustaba en todos los poros de la sociedad y en donde los pensamientos y la práctica política acaparaban los ámbitos público y privado, con las mujeres marginadas para comparecer en discusiones que al parecer, sólo incumbían  a los hombres, dio toda la fuerza a la gran escritora que Mary fue en su momento y que ahora es considerada como un potencial inexplorado que seguramente habrá de resaltarse para la posteridad.
Este filme, dirigido por la artista saudí Haifa al-Monsour, es una biografía comentada, capaz de desentrañar las verdaderas obsesiones de una mujer menospreciada por su condición de género, a la cual, su propio padre dio la espalda, cuando Mary decidió seguir su propias voces, las mismas que fueron sugeridas alguna vez por ese hombre que inspiró hasta la saciedad la alegría de escribir. Una de ellas y tal vez la más importante de todas fue ganarse un lugar como persona pensante, seguidora de sus propias sensaciones, con una clara conciencia de cada una de sus decisiones. El amor, al que siempre recurrió como su principal motor de vida, le hizo replantear ciertas convicciones que fueron reblandecidas por las circunstancias. Esa capacidad de perdonar estaba arraigada en lo más íntimo de su ser, como una posibilidad de convertir la existencia en algo menos molesto para las personas. Mary, simplemente decidió ser fiel consigo misma, pasando por encima de las adversidades pero siempre defendiendo aquello en lo que creía, una especie de homenaje a sus padres, especialmente a su madre, palpitante siempre en las palabras de su padre. Cada una de las prohibiciones sociales, objetivadas en las prácticas de un buen intelectual como fue su padre, un filósofo y pensador político, de ideas liberales, pero no desligadas del todo de una moral sobreprotectora y autoritaria como la inglesa de un siglo pudoroso como el XIX, jugaron en contra de aquel, pues influyeron en la separación de la autora de Frankestein  de su admirado padre.
Su madre, la también filósofa Mary Wollstonecraft, se encuentra omnipresente en el marco general de la historia. Las actuaciones de su padre son un conjunto de reminiscencias taxativas que obran como un deber ser de alguien admirable. Ese carácter recio, persistente, que llevó a  aquella a erigirse en una ferviente defensora de las reivindicaciones de las mujeres en una época evidentemente machista. La moral de la época había calado en hombres y mujeres como un atavismo social inamovible para personas que pensaran diferente. El talento intelectual de miles de mujeres quedó palpitando en las conciencias de miles de individuos que por derecho veían inquietudes filosóficas y artísticas que valía la pena tener en cuenta. Por eso Mary Godwyn, es la continuación renovada por la vía estética de esa gran mujer.
Asimismo, otros encuentros importantes marcaron el devenir existencial de Mary Shelley. Famosa es la sesión nocturna del 16 de junio en Ginebra, Suiza  de 1816, en donde el poeta romántico, Lord Byron, el poeta y médico John William Poilidori, Claire Clairmont, hermanastra de Mary el poeta Percy Shelley y su esposa Mary Shelley, se retaron a escribir una historia de fantasmas cada uno de ellos. De esa noche bucólica en la villa Diodati surgieron dos obras  barrocas, una de ellas recibió el nombre de “El vampiro”, de Polidori y, la otra, “Frankestein o el moderno Prometeo”, de Mary Wollstonecraft Godwin, la escritora que  contribuye  con este relato a visibilizar el talento de las escritoras inglesas.
Como se advierte en la película comentada, “Frankestein o el moderno Prometeo”, es una obra sobre el aislamiento, la soledad y la necesidad de expresarse de una mujer que había sido lanzada al ostracismo por la sociedad represiva de la época. Y de esos abandonos, los más hirientes fueron los de su madre por su muerte en el mismo lecho del parto, el de su padre, un hombre obediente  a una moral de la época, pese a sus enormes virtudes como pensador, el de su esposo, un desposeído de amor que direccionó sus afectos en cuanta mujer se dejó seducir por sus encantos de conquistador, el de los editores que rechazaron sistemáticamente sus escritos para la publicación, bajo su nombre, personalizados.  La novela permitió a aquella mujer con inquietudes literarias sobresalientes, vaciar las exclusas de ese enorme dique impuesto por una moral impositiva que no permitió a las mujeres tener un espacio importante en la vida pública. Con esa persistencia del genio, Mary, puso las notas de una gran sinfonía, dirigida por una maestra que se coló en los escenarios literarios dominados por los varones. Frankestein es un monstruo no reconocido por su padre, cuya huida, causó profundas heridas en el alma sensible de un ser necesitado de amor. La novela es la metáfora más hermosa de una tristeza autocontenida por la normatividad social.



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