Las guardianas

En las sombras esperaron durante
largos cuatro años la llegada de unos hombres apabullados por la guerra, con la
incertidumbre de que cada llegada pudiera ser el aviso de la muerte. En esa conflagración
infestada por los gases, millones de franceses fueron a pelear por su dignidad
en territorio alemán, mientras sus esposas, madres y hermanas aguardaban su
arribo a campos necesitados de
mantenimiento para la siega y la cosecha.
La película del director francés
Xavier Beauvois de 51 años, “Las guardianas”, es eso, una declaración de entendimiento
solidario a tantas mujeres solitarias por los azares de la vida, cuyas
consecuencias trajeron el abandono de lo femenino, hembras aterradas por lo venidero,
hectáreas de tierra desperdiciadas para la siembra por falta de brazos que las
trabajasen, en tanto personas inocentes mataban a otros hombres por decisiones
políticas. Esta obra fílmica además trata sobre los peligros que contrae la
salida de la casa para adentrarse en
lugares desconocidos. Lo propio es el conjunto de lugares y personas,
experiencias, destinos y ansiedades a la intemperie fruto de querer explorar
espacios insospechados para personas que lo tienen todo. Pero esto es así no
por la querencia propia si no la de Estados que separaron a muchachos que
pisaron países extraños sin saber exactamente por qué peleaban. La guardiana de
la casa y sobre la que recae buena parte de la responsabilidad de aquel abandono es
una mujer que espera la llegada de sus dos hijos, arrebatados por su país. Ella
se siente culpable por algo que no puede controlar, sin embargo, siente que no ha
podido hacer lo suficiente para evitar la partida de sus herederos. Y ese
dolor y la pérdida es un flujo de
energías que se dirigen a otra protección, la de su hija, una joven asustada y
carente de afecto que decide ser infiel a su marido, atrapado éste en un frente
de batalla extranjero. La otra mujer, termina de apuntalar el peso de la obra,
es una muchacha que trabaja bien y a la que se le confía los trabajos de la
casa y del campo.
Este trío de mujeres protegen lo
que es suyo por cuanto no tienen, en
medio de una incruenta guerra, a nadie más. Los hombres son sus hijos, o sus
esposos o sus amantes, pero resultan como sombras permanentes que vienen y van
a la saga de la muerte. Ellas protegen
el hogar, cuidan la tierra, son el soporte del ahora y del adentro. De afuera
vienen hombres que anuncian la tragedia de algo que se ha muerto o que en algún
momento habrá de morir. El director es enfático en la defensa de la familia, la
joven que viene a trabajar es una intrusa, y los hechos no han de desmentir las
palabras de familiares porque éstos son los afectos mismos. La joven embarazada
es despojada de todo, de la confianza que le dieron la señora de la casa y sus
hijos. Ninguna solidaridad de género puede reemplazar lo que la naturaleza ha
tomado tantos años y tantas lágrimas unir en un terruño donde los sentimientos
gobiernan todo, a falta de presencia estatal, excepto por el reclutamiento de
hombres inocentes.
Claramente la historia se va por
los lados de la intrusa. Ella aparece como una víctima pero también como una
conciencia de la familia que despierta los sentimientos de protección de lo cercano. La madre se pone del lado de
su hijo, quien siembra en ella la duda de algo que aparentemente sucedió, una
infidelidad. Ambas son rivales pero siempre prevalece el amor filial pese a que
el trabajo de aquella no tiene reparos.
Esa calidez inicial que surge entre los protagonistas de la película se
va tornando tirante con el correr de los minutos. El ritmo de la obra permite
construir unos acontecimientos creíbles, sin cambios bruscos, con personajes
bien mostrados psicológicamente. Allí hay una elaboración fluida de la trama,
que muestra el problema de la soledad de unas mujeres que quedan abandonadas
por circunstancias externas. Claramente, la crítica recae en aquellos que toman
decisiones desde los escritorios.
La película es un conjunto
de buenas actuaciones, encabezadas éstas
por la actriz francesa de 69 años, Nathalie Baye, la joven francesa de 23 años
Iris Bry, el actor Olivier Rabourdin, que muestran el talento de esa nación
europea en términos histriónicos. Ninguna de ellas, desentona el ritmo de la
película, todas y cada una de ellas cumple acertadamente con sus roles, sobre
todo porque no hay personalismos
desenfocados que pudieran dar al traste con la trama. Esta es superior a cada uno de los elementos.
También hay un énfasis en la exhibición del paisaje, el campo se
convierte en el preciso ambiente de soledad en que ha quedado las mujeres por
el abandono forzado de los hombres, su presencia es el desperdicio de
oportunidades de inseminación, no solo por la falta de brazos para trabajar la
tierra, sino por el vacío emocional que
se refleja en los rostros de las mujeres.
“Las guardianas”, es una película
que indaga en la naturaleza del hombre por sus comportamientos por la carencia
de compañía. En esos momentos de insatisfacción salen a relucir los
sentimientos más loables y a veces los sentimientos más incruentos. Por sobre
todas las cosas, la guerra es tan sólo un accidente que habrá de desaparecer
algún día. La familia quedará y con ella los afectos que hacen del ser humano
un personaje por antonomasia, de la tribu.
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