Boyhood
El planteamiento de una propuesta
audiovisual como la que nos presenta este director nacido en Houston es
arriesgada. Boyhood es la última película de Richard Linklater, un hombre que
busca la exploración permanente de nuevas posibilidades cinematográficas en
momentos en que parece que ya está todo dicho en este arte. Este autor
es el realizador de la trilogía del “antes”: “Antes del amanecer”,
“Antes del atardecer” y Antes del anochecer”, en la cual vemos a un virtuoso
Ethan Hawke, en uno de los buenos papeles que en ocasiones realiza.
Boyhood le da una nueva
perspectiva al tiempo cinematográfico. Y en esa forma de representarlo,
Linklater se acerca unos pasos más a la difuminación de todo lo que redunda en la construcción de la
ilusión temporal de la realidad. Si bien, el arte se ha tornado un esfuerzo del hombre por
reconstruir lo real espaciotemporalmente hablando, siempre queda ese abismo, en distintos niveles, entre la
creación de la “mentira” y la realidad. En estilos realistas como los que nos
propusieron los maestros del Neorrealismo italiano se encuentran
representaciones fílmicas que buscaron la esencia de lo real representado.
Planos-secuencia largos, daban la impresión de que los personajes mostrados no eran producto del artificio,
sino seres que uno podría encontrarse en cualquier esquina de cualquier paraje
olvidado del mundo. Movimientos que duraban lo que duran en una situación
presente dan al cine ese halo de “la vida puesta en imágenes” con una especie
de velo que nosotros ignoramos como espectadores pero que mantiene vivo el encanto
de la ilusión. Por ello Boyhood se muestra tan especial. Los actores han
envejecido, el tiempo les ha pasado factura, algo que se transparenta en las
facciones desgastadas de los rostros castigados por el paso de los años.
El protagonista de este filme, es
un niño que se va haciendo adolescente, en el cual ese comportamiento de
infante sorprendido por la vida, se va desgastando por el funcionamiento de las
hormonas. En doce años que trascurren desde la primera vez que lo vemos cuando
mira hacia arriba con la esperanza de descubrir algo nuevo, hasta que vemos su
cara no tan lampiña, encontramos el cambio en todo su esplendor. Encontramos
que el dinamismo de la vida va transformando los cuerpos pero también va
zanjando la personalidad de los individuos hasta hacerlos irreconocibles. Y ese
es uno de los principales méritos de la película, mostrar la transformación no como un armazón
secuencial de instantáneas que registran fragmentariamente el cambio físico-psíquico
de un personaje, sino el transcurso de la vida como si fuera un rio que tiene continuidad
y sobre sus aguas dibujásemos nuestro propio rostro. El tiempo de los
personajes es la proyección de nuestras propias nostalgias ante la pantalla del cine.
Ese niño-joven actor es Ellard Coltrane, un actor que aparece en la película como si en realidad se
hubiera maquillado para representar distintos periodos de su vida, como
usualmente se hace en cine con una elipsis y con el fin de acortar años y años
de vida que por los afanes del cine no se pueden mostrar realmente. Pero
Linklater decide hacer una película en
la cual registra la vida de los personajes durante doce años, filmando en
distintos momentos de ese lapso para
editar una historia que aparece como una obra de grandes elipsis planificadas
para mostrarse durante ciento sesenta
minutos en pantalla. Del niño activo llamado Mason no queda sombra siquiera
cuando vemos a un joven Mason que ha dejado atrás las disputas con su
hermanita. En ese cambio drástico que el reloj biológico imprime en aquel muchacho, se aprecia también la inmensa
presión que las instituciones ejercen sobre las personas. Parece que Mason
fuera una víctima del imperio de la cultura sobre un joven al cual el dolor de
crecer ha hecho mella para contonear un cuerpo y una personalidad roturados por
las normas. El contexto y las personas que lo conforman van delineado como una
escultura las formas que aquellos requieren para educar a uno de los suyos con
el fin de que siga reproduciendo las instituciones que aseguren su
supervivencia. Y una de dichas instituciones más férreas es la familia. La
madre de Mason(Patricia Arquette), su hermana Samantha (Lorelei Linklater, hija
del director), su padre separado de la madre (Ethan Hawke) y, dos de sus
padrastros, un profesor borracho y maltratador y un ex militar alcohólico y
defensor del ideal de “macho cabrío”, aportan lo suyo en el desencantamiento
de aquel ex soñador. Mason, a punto de ingresar a la Universidad ya
refleja el buen trabajo realizado por la sociedad; se le nota endurecido,
tranquilo, un sujeto pasivo que escucha consejos de esto o aquello. De cómo
tratar a las mujeres, de qué profesión debe seguir, de la dureza de la vida,
etc.
Boyhood además es un fresco de
una sociedad en cuyas familias encontramos ese carácter trashumante de los
hombres y las mujeres que se divorcian, que se mudan, que cambian de colegio,
que tienen nuevos amigos. Desde los ochenta hasta la década del noventa, la
familia de Mason va cambiando con el paso de los años. La moda se impone con
nuevas formas en la indumentaria, en los cortes de pelo, en las decoraciones de
las casas. Pero como se dijo, las instituciones permanecen para aconductar a
los individuos.
Quizás pueda decirse que esta
película es una de las mejores del 2014. Seguramente su director seguirá
obteniendo múltiples premios. Vale la pena verla. En esa fábrica de desechos
tecnológicos en el que se ha convertido gran parte del cine actual, esta obra
rinde homenaje al cine que vale la pena seguir elogiando.



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