Grandes actores,
Toshiro Mifune
Toshiro Mifune
Podríamos decir que cualquiera
que haya visto una película japonesa, puede identificar al hombre promedio de
esta isla por un rostro. Toshiro Mifune es el actor que tuvo la fortuna de
trabajar con los mejores directores nipones de su larga historia
cinematográfica. Varios de ellos, estarían dentro de los cineastas más
importantes y más influyentes en el cine de la actualidad. Directores como
Ishiro Inagaki, Kenji Mizoguchi, Masaki Kobayashi y el más conocido de todos en
Occidente, Akira Kurosawa, lo incluyeron como pieza fundamental de sus trabajos.
Las cualidades como actor de Mifune dieron un
toque de universalidad al cine de Japón, especialmente en momentos en que la
filmografía de ese país se abría al mundo, luego de la debacle ocurrida con la
derrota en la Segunda guerra mundial. Las producciones parecieron adquirir un
tinte de apertura, como una especie de
perdón ofrecido por medios estéticos. La vasta y compleja cultura de esa nación salía a
traslucir en las pantallas, desde las aldeas más apartadas de los centros
metropolitanos que ya se adivinaban gigantescos, hasta las costumbres, los
hábitos y las tradiciones más arraigadas. La historia de los japoneses se
recreó como un regalo para la humanidad por lo milenaria y atractiva que
resultaba, para nosotros, occidentales encerrados en los confines de moldes de
consumo masificado.
El rostro del actor tenía algo de
familiaridad con los gustos estéticos del cine occidental. Sus gestos, sus expresiones
faciales, todos sus movimientos corporales dejan ver parte de ese decidido y un
poco agresivo corpus de comportamientos que la cultura de los japoneses nos
enseña. Incluso su dicción y su acento en las palabras son un ejemplo claro de
ese toque de trascendentalidad que identifica un modo de ser nipón. Mifune se
desenvuelve en la pantalla como cualquier habitante de ese país, pero la
gracia, la versatilidad y la seriedad de sus expresiones, enfáticas hasta la saciedad, convergen únicamente en un
gran actor como él.
Su extensa carrera le llevó a realizar
más de 160 películas, desde las más japonesas hasta las colaboraciones
con directores icónicos en este lado del planeta como Steven Spielberg en 1991,
o Ismael Rodríguez en una película muy curiosa como Animas Trujano del año 1962, para la que el actor tuvo que memorizar
todos los diálogos en español, o cineastas renombrados como John Borman y John
Frankenheimer.
Pero su relación cinematogrtáfica
más estable, las más reconocida es sin duda la que sostuvo con Akira Kurosawa,
el director más publicitado de ese país y del que no creo que sea el más acabado
técnica ni estéticamente, pero sí el más representativo. Desde 1947, cuando trabajaron
conjuntamente en la película el Angel
ebrio, su presencia afuera y adentro de la pantalla se volvió un hecho casi
cotidiano. Sobresalen títulos como Los
siete samuráis de 1954, producción que sirvió de inspiración para Los siete magníficos, la versión Western
que se ha convertido en todo un clásico del género y que nos muestra un
fenómeno importante de la historia japonesa, estamos hablando de los Ronin, aquellos guerreros samuráis que
perdían a su señor y debían vagar a la deriva en busca de un trozo de alimento a
cambio de sus servicios personales. Y quizás la mejor película del actor, Rashomón, del año 1950, film que obtuvo
el premio Oscar a la mejor película extranjera
o en habla no inglesa. O películas como Barbarroja de 1965, que nos habla de un denodado médico que ayuda
a los pobres aunque deba ensuciar su nombre para llevar a cabo labores de filantropía que no son bien
vistas por un sector de la sociedad. En total, ambos artistas estuvieron juntos
en 17 producciones hasta que su relación empezó a deteriorarse en la década de
los años 60, algo común entre personas que logran esos niveles de fraternidad
tan profundos.
Pero el trabajo de Toshiro Mifune
también se vio impulsado y consolidado por directores como Iroshi Nagaki, en películas como Samurái, una épica trilogía que nos
enseña los ideales y los comportamientos cotidianos que soportan el carácter de
un tipo de hombre que se constituye en
el guerrero por excelencia, el que ha conservado el imaginario de los japoneses
en su extensa historia como nación. Otra
película como El hombre del carrito
del año 1958, es una demostración de las
cualidades histriónicas de Mifune. En este film un hombre que transporta una carreta, se
encariña con un niño que con el tiempo
niega la relación que mantiene con el padre putativo, demasiado humilde
para él.
Otros directores como Kenji
Mizoguchi, el artista audiovisual más
importante que ha dado el Japón por su particular elaboración técnica, por ese cuidado
en cada una de las imágenes que combina
muy bien con las historias de la tradición nipona, trabajó con Mifune en La vida de Oharu del año 1952 o la genial, los Músicos de Gion del año siguiente. Asimismo, el trabajo al lado del gran director Masaki Kobayashi en
una película como La Rebelón del samurái
del año 1967.
Toshiro Mifune con Akira Kurosawa
Toshiro Mifune nos dejó un legado
grande e influyente. Fue y sigue siendo,
a pesar de su muerte en el año 1997, el decano de los actores japoneses. En su
trabajo se hayan sólidamente mezclados la agilidad de movimientos, la
imponencia de su gestualidad y la calidez de sus actos. Su vida y su obra
estuvieron íntimamente vinculadas a lo más grande del cine de ese país. Los más
importantes cineastas siempre pusieron su ojos en él de un modo ciego, como si
el actor conociera como nadie sus manías
que solo podían expresarse por intermedio de las caracterizaciones hechas por
el artista.



Comentarios
Publicar un comentario