Blonde



El talentoso director australiano Andrew Dominik nos trae esta obra de ficción, de mirada tan personal que los personajes que estuvieron en la vida de Marilyn Monroe parecen pintados como ciertas caricaturas que no perduran en la memoria pero que quedan como una anécdota cronológica simplemente.  La importancia de personajes como Joe DiMaggio, Arthur Miller y John F. Kennedy para la cultura estadounidense, entran en un extraño suspenso, como si la historia pudiera hacerles concesiones en aras de cumplir con los caprichos de estos hombres.

Por eso “Blonde”, es una obra cinematográfica ficticia si la miramos desde el desarrollo de los acontecimientos biográficos, pues todos los eventos existenciales que le suceden a este ícono de la cultura moderna, tienen una campanada de más. El sonido de los hombres y de las mujeres que moldearon aquella personalidad enigmática de un sex simbol del espectáculo, está provisto de enormes altisonancias que tal vez son la representación más vívida de las obsesiones del director de  “El legendario forajido Jesse James y su asesino Robert Ford” Todo rezuma artificio y nada parece reivindicar el nombre y la imagen de la hermosa rubia. La misoginia rampante que pulula en casi todas las secuencias en las que Norma Jean Mortenson aparece con su despampanante presencia, desfiguran su humanidad, la refriegan con pinceladas desiguales de ominosidad. En Algunas escenas clave como la del niño que pregunta por su persistencia en el ciclo de la vida a su anonadada madre, muestran un tono moralizante que parece condenar la poca sensibilidad de una novel madre.  El encuentro ultrasecreto del presidente Kennedy y Marilyn, que termina con una escena de sexo oral frenético y bastante humillante hunden en el oprobio a aquel hombre atareado por las obligaciones de liderar a un país vigilante de un orden mundial que también es capaz de crear esta clase de personajes desahuciados emocionalmente. Las neurosis que los sobrepasan, se resuelven en favor de aquella rubia explotada sexualmente.  Los maltratos físicos y psicológicos infligidos por el beisbolista de ascendencia italiana Joe DiMaggio, dejan a ese deportista como una bestia atroz dominada por una celotipia generada espontáneamente. De esa crítica personal que desarrolla el director, surge su mirada atronadora que obnubila las palabras y las acciones de ese hombre que se convirtió en una figura de carácter mundial.

De esos maltratos masculinos, no se escapa el comportamiento de la madre de Marilyn quien es una víctima inefable de su hombre. El amor incondicional a esa figura paternal que tal vez su madre buscaba en el afecto de una pareja, traspasa los límites corporales para alojarse en una mujer carente de amor. La última parte de la cadena de este juego de vejaciones recae en la pequeña Norma. 

Como una construcción estética que tiene tintes surrealistas la obra nos entrega aspectos valiosos dignos de un director que conoce su oficio y que además intenta deconstruir ciertos personajes y ciertos fenómenos sociales. Hay imágenes poderosas. La figura de Marilyn tiene una complejidad psicológica que logra revitalizar la importancia de ciertos individuos que son absorbidos por el espectáculo. La película nos arroja reflexiones valiosas sobre el precio que hay que pagar por obtener algo de reconocimiento. La sociedad va creando monstruos que se adaptan no de acuerdo con sus propias capacidades y concepciones de mundo si no que el medio en el que viven, arma los rasgos personales de quienes hacen parte del star sistem de ese siempre tan ultrajante Hollywood.

La cultura contemporánea cada vez más inventa nuevos requisitos para pertenecer a un círculo muy pequeño que parece estar al alcance del gran público. La sensualidad de Marilyn Monroe es uno de los requerimientos que tanto productores y público grueso exigen para jugar el juego de la fama. La rubia estadounidense, por las circunstancias que moldearon su endeble o su férrea personalidad, se convirtió en una de sus víctimas. Pero si se mira desde otra perspectiva, tal vez, ella supo adaptarse del mejor modo posible a este universo.

Dominik Andrews tiene la virtud de darle la vuelta a las bondades de la fama. El idílico mundo en el que desenvuelven sus vidas cientos de miembros de este campo estéticos, tiene un infierno global que cada uno debe construir de modo sui generis. El dominio del miedo puede ir en paralelo con la flexibilidad ética que las personas esbozan en público. Los productores cinematográficos fueron implacables con las mujeres hermosas de las que obtuvieron bondades sexuales para incluirlas en sus inversiones fílmicas. La imagen de rubia candorosa que los críticos no tomaban en serio cobra un nuevo sentido. La oscuridad de esta rubia, de esta claridad pública, aflora como superior a las bobaliconadas que el espectáculo realza como objetivo central de su banalidad mediática.

 En realidad, el punto fuerte de la obra fílmica que el director australiano nos presenta, a pesar de sus inevitables desaciertos, radica en el desbarajuste del juego. En este, las mujeres parecen llevar la peor parte, pero esas hipérboles estéticas que son del fuero personal de un artista audiovisual prometedor, desnudan los desajustes, las injusticias, las posibles entradas a replantear un universo que es consumido por el gran público. Marilyn Monroe continuará como un símbolo de Hollywood, tal vez su versión más famosa, pero también, como lo que de, insensato, existe en este entramado de elementos que arrojan víctimas de modo despiadado.

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