Fue la mano de Dios


La cinematografía de Paolo Sorrentino apareció en la escena fílmica mundial con su maravillosa película ganadora del Oscar, “La gran belleza”.  De esa declaración de principios estéticos hasta la última de sus obras, “Fue la mano de Dios”, hubo cierto bache en la calidad de sus otras producciones.  Ahora, tiene algo notable para contarnos en sus elaboradas imágenes que nos recuerdan ese movimiento de la vida que tantas obras maestras nos entregó como un regalo invaluable del genial Federico Fellini.

Como muchos de los artistas, el director recrea algunos aspectos de su propia adolescencia que renueva su memoria con frescos conmovedores de unas experiencias que ayudaron a configurar su personalidad. Hechos tristes y definitivos como la muerte de los padres de Fabietto, el personaje principal de este filme, a quien acompañan otros personajes igualmente nostálgicos. Su hermano, amoroso y dedicado a su vocación de hermano, intenta aconsejarlo sobre cosas que deben hacer los jóvenes como la iniciación sexual, el amor al fútbol y el respeto por sus padres. Así como la suculenta tía Luisa, cuyos desnudos ponen al borde de la conmoción a este muchacho atribulado por las circunstancias de los años ochenta.

En ese contexto napolitano, el director parece presentarnos esta ciudad mediterránea que se ha transformado emocionalmente por la llegada de su ídolo deportivo máximo: Diego Armando Maradona. Pero este héroe extranjero es parte del paisaje, del cual beben todos sus residentes para saciar sus deseos de diversión y de crecimiento espiritual. La familia napolitana es el soporte y sobre el cual se fundamentan todos los principios cargados en este caso de una tristeza no inmóvil sino constructiva que quedan registrados en la cámara. Las escenas de Fabietto con el director de teatro que se atreve a cuestionar el status teatral de aquella ciudad, exploran la geografía del mar, como telón de fondo. Las cuevas, los pasadizos y las calles corresponden a personajes que vale la pena recuperar para la memoria como si fuesen personas que no habrán de morir jamás. O la visita fugaz que Fabietto realiza a la isla de Capri, en donde sólo encuentran las huellas de una diversión ida o que nunca fue. O esa fuerza terrígena que nos sugiere el volcán, que desprende vapores en un colorido gris, recalcan la no concreción o consumación de una energía reprimida y que requiere expresarse de algún modo. 

También, Sorrentino continúa propalando su manual estético como su declaración más querida. Fabietto es un joven que necesita definir una posición, que vé en el arte su mayor anhelo, pero también se aferra a ese realismo necesario para poder vivir en connivencia con los otros mortales. Algunos trazos de filosofía asoman por ese gusto en ciernes que lo acosa como una posibilidad. Pero su postura filosófica está determinada por la muerte de sus seres queridos, es como una ruptura con una larga continuidad emocional legada por Nápoles y por sus habitantes.  La gente que vive metida en sus actividades cotidianas, jalona las preguntas sobre la existencia. Los miedos, las tristezas, las alegrías, todos los sentimientos, las emociones de una pequeña flor que desprende su aroma al mundo se confunden con el pensamiento, todo se vuelve pesadumbre y obligación a través de la observación primero y luego de la experiencia propia. La primera parte de la película es eso, un continuo flujo de observaciones que van delineando una personalidad ingenua y que, con el correr de los días, cambia de posición por convertirse en protagonista de una serie de eventos guardados en imágenes.

Las influencias estéticas están inscritas en la misma película. Fellini, Zefirelli. El cine de Sorrentino es un cúmulo de nostalgias actualizadas en un cine muy personal y accesible a los espectadores. Nada en esta obra fílmica suena impostado, todo aparece bien articulado. Se muestra el correr de la vida como algo natural, con personajes que actúan por causas lógicas de perfecto reconocimiento, pero que entran en un mundo florido por un nuevo realismo, tal como lo muestra Fellini en varias de sus obras. Recordemos “Los inútiles” o “Amacord”, cuyo cine siempre fue construido, creado por la gente y por sus emociones y esa espontaneidad de muchos italianos que siempre crecieron a la sombra de su familia, del fútbol y de los paisajes de esas ciudades cálidas afectivamente.   Ese realismo mágico agudiza la nostalgia como una búsqueda, como un eterno recuerdo de algo que marcó los mejores años de la vida de un joven. Y en ese trajinar cotidiano registrado en esas imágenes, los espectadores quedan atrapados como si el director le estuviera hablando al oído a todos los que se adentran en este universo de Sorrentino- Fellini.

“Fue la mano de Dios” es una película que recobra la calidad estética de ese cine que el director había mostrado en producciones anteriores. Pero además es un retrato en movimiento de costumbres que identifican la vida de una ciudad sureña de Italia. Las imágenes están repletas de una inquietante nostalgia que recrea emociones cálidas de un universo cultural que despliega un sistema de principios característicos de un pueblo entregado al prójimo. No obstante, hay algo enfermo en la sociedad que nubla la alegría de algunos. La tristeza de Luisa es el mejor baluarte de la racionalidad de un pueblo. Es precisamente en esos personajes salidos de los moldes donde mejor se aprecia la conducta de un colectivo.


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