Vivo por ella


De Pippa Ehrlich y James Reed


El pulpo es un animal de tres corazones. Todos ellos tienen una función específica que le permite al cefalópodo la actividad fisiológica, por demás, tan extrañamente vilipendiada por los seres humanos. De sus tentáculos encumbran unas ventosas que pueden oler, gustar y palpar al mismo tiempo gracias a sus 500 millones de neuronas distribuidas en todo su cuerpo, de modo que cada uno de sus tentáculos tiene la posibilidad de pensar y con ello resuelve problemas de su corta existencia de manera muy creativa. Su aerodinamismo le permite ocultarse por las más enrevesadas grietas lo cual le permite huir de sus depredadores, entre los cuales figuran los tiburones. Sus brazos pueden regenerarse luego de una mordida de alguno de sus perseguidores. Los pulpos hembra viven hasta 18 meses y luego de que sus criaturas salen de los huevos quedan exhaustas para morir desamparadas y vulnerables en medio de ese mar repleto de amenazas.

Todas estas informaciones componen ese maravilloso mundo de uno de los animales más vilipendiados de la naturaleza. El lente de Graig Foster, un documentalista renombrado de origen surafricano, impele al espectador a interesarse por él, o por ella en este caso, una pulpo a la que sigue durante el 80% de la vida de ella.  Es inevitable dudar de la historia de amor construida entre un hombre que atravesaba una crisis existencial de la cual bebían sus seres queridos y ese pequeño ser que conoció bajo las conchas de animales submarinos ya fallecidos, en tanto ella se protegía de los innumerables depredadores. Sin embargo, aquella construcción social, si no puede dejar de generar en quienes hemos visto este bello documental, unos sentimientos de afecto, resistidos por la historia y por el efecto de las imágenes televisivas, en las miradas de las personas que, hay que decirlo, hemos forjado nuestras maneras de ver el mundo por las experiencias mediáticas, conmueven.  Los directores Pippa Ehrlich y James Reed, siguen a este hombre curioso bajo el mar, descubren que su pasión por la fauna marina es una búsqueda de su propia alma y que las imágenes que capta con su cámara satisfacen en parte las obsesiones que lo persiguen como un ser solitario y necesitado de afecto. Por eso, los más de 300 días que Craig pasa observando la vida de su nueva amiga, no son otra cosa que una respuesta a aquellas preguntas que lo hacen sumergirse en las aguas del océano cada vez que puede. La relación con su hijo es una de las empresas que lo animan al trabajo, pero sobre todo a la exploración de los misterios que la fauna le ofrece.

En el documental, ganador del premio Oscar de este año, se va construyendo una secuencia de imágenes que pretenden establecer la creencia del espectador en esa relación efímera y sui generis entre un ser apacible y apartado de las otras especies y ese hombre en crisis. La primera de ellas es el acercamiento entre ambos, con roces fraternales que parecían impensados y que sorprenden al camarógrafo. De ese contacto sutil, vienen más muestras de afecto y reconciliaciones misteriosas que suceden por el hilo de los hechos, la apuesta de oportunidades y un tacto inigualable que van forjando una serie de miradas reblandecidas de Craig hacia su nueva amiga.  De esa construcción es partícipe la lente de los directores del documental pues son ellos quienes van edificando la tensión de las escenas, en las que se puede apreciar a esa pulpo en peligro, asechada por los tiburones o a las estrellas de mar o jugando regodeada con los peces que pasan a su alrededor.  La protagonista es aquella criatura, pero todo el tiempo aparece la voz del fotógrafo quien va narrando sus percepciones, sus impresiones, va exponiendo sus hipótesis de las actuaciones de la pulpo y las va relacionando con su propia vida.

De lo mostrado, las imágenes quedan como una verdadera historia de sobrevivencia a través de distintos mecanismos de adaptabilidad. Las elongaciones y las contracciones del pulpo entre las rocas, la destreza de este pequeño animal ante las arremetidas de los tiburones, el mimetismo y la capacidad de asegurarse su alimentación, sorprenden a quienes no tienen la más mínima idea de cómo vive un animal marino como aquel. El documental deja clara la enorme inteligencia de un ser de tamaña desventaja frente a otras especies, pero el ciclo vital tan efímero que tiene es tal vez el acicate para el desarrollo de su capacidad de sobrevivencia. La escena que lo muestra huyendo de un tiburón es fabulosa. Cuando todo está perdido, su último recurso es prenderse al lomo de su depredador y luego despistarlo en un área de moluscos.  El pulpo es un ejemplo perfecto de tenacidad, entrega y amor por la vida que incluso, sacrifica todo por sus crías. Su propia vida es una inmolación ante la cantidad de huevos que revientan para que la especie no se pierda en la oscuridad de la historia.

Del comportamiento de los animales, los hombres tenemos la posibilidad de aprender. Nuestros comportamientos son adaptables y nuestro cerebro sigue adquiriendo información de fuentes  inexploradas aún. Afortunadamente la curiosidad y la imaginación son factores esenciales en esa necesidad de conocerlo todo. “Mi maestro el pulpo” es una hermosa historia de amor, no sólo entre un fotógrafo y un pulpo hembra, sino entre ella y todos los seres humanos que nos reflejamos en aquel.

 

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