Mi casa es el mundo
La masa de trabajadores sin las más mínimas garantías de estabilidad
laboral se volvieron una costumbre en los Estados Unidos de América y muchas
empresas se han visto beneficiadas de esta crisis, que ya no es tan
contingente, debido a que aprovechan al ejército de veteranos sin pensión o con
pensiones inocuas, para contratarlo por estaciones. A estos hombres y mujeres
itinerantes, la mayoría de ellos republicanos, se les violan todos los derechos
como ciudadanos que deberían tener todas las prebendas necesarias para
formalizar el trabajo. Viajan por el
oeste de ese país, en grandes recorridos, para caer en las garras de empresas
tan respetables y reconocidas como “Amazon” sólo por unos días o meses, luego
de lo cual siguen su camino en casas rodantes que se han convertido en una
suerte de hogar permanente.
La periodista gringa Jessica Bruder hizo una investigación, viajando con
estos personajes, en sus casas rodantes por ese territorio inhóspito de los
Estados Unidos, en tanto recogía testimonios y presenciaba todo el proceso,
desde el inicio del recorrido en estados como Nevada y Arizona, hasta que eran contratados
por unos cuantos días y pudo experimentar las sobras del capital que se
concretan en los trabajos mal pagos de estos veteranos que no tienen otra
opción por las injusticias del neoliberalismo actual. Estas vivencias las dejó
plasmadas en un libro periodístico que se ha convertido en un best-seller en el
mundo entero.
Ahora, la artista chinoamericana Chloé Zhao imprime su sello particular de
esta historia en una película del mismo nombre, cuya protagonista es la
excepcional actriz Frances McDormand. Ésta es una de las intérpretes más
respetadas en el campo fílmico de Hollywood, con muchas películas celebradas y también
por ser la esposa del genial Joel Cohen. Aunque la obra parece más una
reafirmación de un problema social grave que afronta el país económicamente más
poderoso del planeta, este film tiene un sello propio; las particularidades
estético-existenciales que la directora nos quiere compartir trascienden la
obra narrativa para convertirse en una obra única. Cada uno de los planos lleva
impreso un conjunto de miradas singulares por las cuales habla la artista y en
cuyos personajes encontramos un mundo cargado de una desesperación propia de la
incertidumbre que da una vida plagada de aparente libertad pero que ha sido
jalonada por circunstancias laborales.
Aparentemente este grupo de trabajadores nómadas es el producto del fracaso, de
circunstancias existenciales muy subjetivas y de malas decisiones en todos los
sentidos, pero hay algo más allá que nos hace pensar en crisis vitales de orden
metafísico que se han aunado a condiciones exteriores que rozan la economía. El
personaje de Fern, una mujer madura quien ha quedado viuda y sin una capital que
le asegure la supervivencia, debe ganarse la vida en empresas estacionales,
mientras sufre por la liminalidad en la que se encuentra. Nada es seguro, todos
los días constituyen aventuras que debe sortear para mantenerse en pie.
En el camino tiene buenos encuentros como los de una mujer mayor en
condiciones similares que ha sido desahuciada por cáncer y no quiere regresar
al hospital. En torno a ella, los compañeros de vida se reúnen para acogerla
como una de las suyas. Hay mucho de vida tribal en esta manera de asumir la existencia.
Pese a la persecución de ideales loables que les asegura el exceso de tiempo libre
estos hombres y mujeres deben arreglárselas con lo poco que tienen. Cuando comparten
lo comparten todo pero de igual modo cuando escasean los recursos económicos
escasea todo también. En algunos
primeros planos de Fern, se puede apreciar la desazón que la vida le plantea.
La desolación del desierto frío en Nevada, con la imponencia de las montañas de
fondo, es una proyección del alma del personaje. Ninguna compañía es suficiente
para alivianar ese dolor de sentirse inservible. El precio de hacer un poco más
de lo que se quiere en la vida es la incapacidad de arraigarse, de encontrar
vínculos permanentes que puedan asegurar una vida en familia. Para el personaje
las heridas no han sanado; esta vida que lleva es una especie de cuenta de
cobro que los otros le pasan y cuyo telón de fondo es el panorama económico. La
directora parece decirnos en sus planos que las condiciones materiales de existencia
son un aspecto determinante en la manera como una persona sume su existencia,
pero hay circunstancias del pasado que arman un entramado histórico vital que
jamás llegan a superarse. Las heridas abiertas desde siempre o en algún momento
de la vida no dejan de ser más preponderantes que la subsistencia material. El
daño está hecho y el capital acaba de agravarlo. Fern, de los múltiples amigos
que hace en el camino, no encuentra uno que apague esa melancolía permanente
que la aqueja. El aprecio de su hermana,
su invitación para que viva con ella, las llamadas de sus compañeros de vida
nómada, no claman su agonía.
Los momentos de felicidad son tan efímeros que el dolor regresa rápido.
Cuando ve el mar o se regodea con el paisaje, ella entiende que su destino es
estar sola. Que rodar por las carreteras desoladas es su única actividad
matizante.
La película en sí misma es una obra estética notable. Pero la calidad de
Frances McDormand potencian el filme. Sus gestos, su sonrisa sutil, sus
reacciones espontáneas, sus reclamaciones ante los desafueros de las otras personas,
su vacío espiritual, se resumen muy bien en las expresiones corporales y en
toda su proxemia. “Nomadland” es una película muy personal, es una obra que ha
salido del alma de una directora que seguramente dará mucho de qué hablar en
las próximas décadas como una gran artista.

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