El desacato es prácticamente mi religión
De Aaron Sorkin
Las cosas no parecen ser distintas hoy en relación al año 1969. Los mismos
derechos vulnerados son detonantes para que la gente proteste en los Estados
Unidos en la actual coyuntura política que vive ese país. La película del genial
guionista llamado Aaron Sorkin, que también dirige, muestra el ambiente
revuelto existente en ese momento en el que la Guerra de Vietnam dividió a la
población estadounidense sobre la objeción de conciencia que desarrollaron
miles de activistas ante una conflagración innecesaria en la que murieron
cientos de miles de jóvenes.
“El juicio de los 7 de Chicago” se estrenó este año en Netflix, con la
participación notable de un elenco estelar, para interpretar a los activistas
juzgados por el Régimen impuesto por Richard Nixon y secundado por su fiscal
general John Mitchell. Eddie Redmayne interpreta a Tom Haydn, líder de los Estudiantes
por Una sociedad Democrática junto a Alex Sharp quien da vida a Rennie Davis;
John Carroll Lynch quien representa a David Dellinger, líder del Movimiento de
Movilización Para el Fin de la Guerra; Sacha Baron Cohen, quien personifica a
Abbie Hoffman y Jeremy Strong quien actúa como Jerry Rubin, ambos líderes y
cofundadores del Partido Comunista de la Juventud en Estados Unidos y, Yahya
Abdul-Matteen II, quien interpreta a Abbie Hoffman, líder de las Panteras
Negras.
En el principio el juicio inicia con 8 imputados por la fiscalía, a quien precede un fiscal delegado, de
principios probos que interpreta Joseph Gordon Levitt, quien es defendido por
las impertinencias e ineptitudes del juez del caso, Julius Hoffman, que no pudo
establecer un rumbo adecuado para este juicio mediático que claramente tenía
una intención sentenciosa de antemano. En ese tribunal se impartieron
dictatorialmente decenas de desacatos que al final de más de un año de juicio,
se hicieron valer privando de la libertad al abogado defensor, interpretado por
Mark Rylance y por el que finalmente sería separado del caso, Abbie Hoffman,
quien adujo siempre intenciones racistas de parte de aquellos que lo estaban
juzgando. Por eso, en lugar de 8 serían 7 los imputados en este suceso oscuro
para la tan famosa democracia gringa.
La película es dirigida por un célebre guionista que quizás no tiene tanta
experticia para la dirección, debido a que la historia, cuyos diálogos son por
momentos atrapantes, pudo extraer con mejor tono el ambiente político que
envolvía ese momento de la historia mundial. Desde la orden de enlistamiento
proferida por Lyndon Johnson hasta la represión llevada a cabo por la policía,
las muertes de líderes importantes como Martin Luther King, Malcolm X y “Bobby”
Kennedy, enlutaron a la sociedad estadounidense y de un modo u otro
construyeron una atmósfera enrarecida por la contradicción libertad y orden. En
esos caóticos años, se quería sentar un precedente para impedir la protesta
social, pese a la evidente realidad que pedía un nuevo orden. No obstante, el
poderío de los diálogos, en muchos casos cargados de un humor negro,
especialmente a través de la figura de líder de las juventudes comunistas,
Abbie Hoffman, quien ridiculiza con sus apuntes al juez Hoffman, quien tiene su
mismo apellido y del cual quiere diferenciarse manifiestamente, la película no
logra cuajar. El juez alguna vez, de los innumerables días que dura el juicio,
le pregunta si conoce el significado de la palabra desacato y el imputado le
dice que “esa es mi religión”. Las argumentaciones de la defensa siempre
estuvieron cargadas de una lógica clara y no obnubilada por los excesos de
represión esbozados en las declaraciones de la fiscalía y del juez. Es claro,
que frente a una amenaza poderosa la solución fue un precedente autoritario.
La obra fílmica es un muy buen comienzo de Sorkin como director que pese a
tener algunas obras previas, esta es su apuesta más arriesgada no solamente por
la historia que retrata un momento histórico fundamental de la política
mundial, sino porque debe lidiar con personajes complejos que son interpretados
por actores de muchas campanillas. De la intensidad que pudo desarrollar la
obra se tiene como matiz la intención de “casi denuncia” de las inequidades de
la justicia estadounidense, además de la sorprendente actualidad de un hecho
como el acaecido entre 1969 y 1970 con los acusados por una fiscalía
parcializada y al servicio del ejecutivo republicano que apostaron por la
guerra como un intento de contrarrestar el poderío del bloque soviético, que
vino a convertirse en un referente político para la juventud de la época. Con los recientes eventos de Georgia y los
desmanes de la policía y el descrédito de las autoridades, esta obra fílmica
recobra actualidad para que las nuevas generaciones comprendan que los ambientes
policivos y represivos, han acaecido siempre en el país de la Democracia.
“El juicio de los 7 de Chicago” posiblemente se convertirá en una de las
obras cinematográficas que acapare nominaciones en los premios del presente
año. Tal vez con el tiempo se convierta en un referente audiovisual de las
películas de juicios que susurrarán al oído la necesidad de recordar el pasado
abrumador. Como esparcimiento, la obra
cumple su cometido. No hay un declive de intensidad que convierta a la película
en una pérdida de esfuerzos.
Aaron Sorkin podría, como ya lo hizo Paul Schrader, concentrar su trabajo
en la dirección, para seguir afinando su arte, que además de ser un excelente
guionista puede ejecutar sus ricas historias. Le queda un arduo camino, pero ya
tiene un tramo recorrido con su imaginación y compromiso con las causas
públicas dignas de divulgar aún más a través del cine.

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