Lo nuevo de Sofía Coppola
Bill Murray y Rashida Jones
Una nueva propuesta cinematográfica se estrena este año en la plataforma de
streaming, Netflix, cuyos alcances no superan los expuestos en otros filmes,
pero sin duda, constituyen un sello de identidad ya reconocido de la directora estadounidense
Sofía Coppola. Ella no es una artista que estrene obras frecuentemente sino más
bien pretende consolidar un sello que le marque una carrera sólida dentro del
muy difícil campo fílmico, liderado por monstruos de la industria que devoran a
las nuevas figuras. Pero, aunque ella no lo es, sus películas siguen siendo
consumidas por un público sosegado, no sucedáneo de las grandes producciones comerciales
del Hollywood actual. En su trabajo se pueden apreciar ciertas búsquedas, en
consonancia con temas que para ella son trascendentales y que quiere exponer como
si de una muestra pictórica se tratara. No obstante, su deseo de diferenciación
creativa no es deliberado, sino producto de una búsqueda personal, puesta en
sus obras desde las primeras películas que hizo.
Asimismo, esa carga impuesta por la naturaleza de ser hija de un director
consagrado, creador de múltiples éxitos de taquilla que además ha logrado
ganarse el favor de la crítica especializada, se ha convertido en un motivo más
de presión para una mujer tan elocuente con las obsesiones y ansiedades que las
mujeres tienen desde siempre.
¿Pero cuáles son las obsesiones de esta artista? En primera instancia
podemos decir que ella ha despertado una agudización de la mirada femenina en
relación con sus parejas, que bien, pueden volverse agresivas o que simplemente
buscan el afecto a través de comportamientos que pudieran parecer malsanos. En “On
the rocks”, un padre celoso de su hija, intenta recuperar parte del tiempo
perdido al lado de ella, quien ya tiene una vida independiente. En general, la
excusa de la infidelidad de ese yerno trabajador y buen padre, es la mejor de
las distractoras para lavar culpas pasadas, para entender aquello que ocupa la
mente de esa mujer creadora de novelas e independiente de los afectos, que sus
padres pudieron otorgarle sin deudas emocionales. El amor entre un hombre mayor
y una joven comprometida con su familia y con su trabajo tiene tintes
pletóricos de soledades compartidas. Tanto la de un padre libertino, tal vez, y
ella, una esposa dedicada a labores intelectuales que necesita un poco de diversión para salir
de esa monotonía que los ha vaciado de nuevas experiencias al lado de los seres
que más quieren. Después, podemos hablar de que esas soledades compartidas son
el centro de la vida de las personas que las sufren, que en algún momento las
quieren intercambiar por otras experiencias, pero en el fondo, es la manera más
aconsejable de vivir sus vidas. En esta
película, transida de sobriedad, las relaciones extrafamiliares son necesarias,
pero pueden ser un puntal para la agresión física o psicológica. Los otros son
un mal necesario, una constante amenaza de la cual es urgente cuidarse si no se
quiere perecer. Siempre hay un vínculo exclusivista, no general, que tiene el
poder de ligar a dos o más personas para toda la vida.
También, advertimos que el mundo interior de las mujeres es un mundo
turbulento, producido por sus innumerables preguntas existenciales que son
despertadas por las relaciones con los seres queridos o significativos para
ellas. Ese egoísmo de la personalidad,
es invulnerable; quizás de vez en cuando tenga facultades de apertura, pero son
escasos y cuando lo hacen tienen la función de introspeccionar aún más el alma
de seres desvalidos que han decidido auto sellarse como una puerta de concreto
sin llave. Las pequeñas huellas que dejan cuando salen pueden ser leídos apenas,
pero nunca descifrados gracias a su enorme encriptamiento. Este personaje de Laura,
interpretada por una buena actriz llamada Rashida Jones, descubre que tiene sentimientos
dormidos que han sido despertados por su padre, el flemático Bill Murray. Obviamente,
esos mundos complejos, son productos de las circunstancias originadas en sus
ambientes familiares y sociales ampliados, pero parece que la directora nos
dijera que tienen un origen más oscuro y menos descifrable. Hay un atavismo de los
modos de ser que los personajes sufren inmisericordemente.
Sofía Coppola hace esta película con el desenfado de su propia convicción
que ya no tiene miedo de los fracasos financieros. Como comedia o drama utiliza
un lenguaje sarcástico, ideado en las posibilidades del guion que potencia ostensiblemente
el actor estadounidense. Un Bill Murray que no parece actuar si no dejar que la
vida cotidiana transcurra sin señalamientos. Con semejante actor, un intérprete
que hace todo fácil, que en su sobriedad siempre se destaca, la obra corre el
riesgo de personalizarse, pero la historia y la ejecución de esta funcionan
como una creación coral de clara independencia.
“On the rocks” es una película simple, entretenida, muy personal. Es el
producto de años de maduración de una artista que ha decidido hacer lo que
quiere y que en muchas oportunidades ha logrado obras redondas. Su sencillez
brilla como una aparente obra ligera que esconde todo un entramado estético existencial
capaz de aportar buenas reflexiones a los espectadores. Quizás, luego de obras pretenciosas como “Vírgenes
suicidas” o “El seductor”, la directora haya reconsiderado la posibilidad de
concentrar sus esfuerzos en obras de menor calibre económico y se haya ido por
el camino que la conduce a encontrar su propio yo.

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