Los versos del mal
Jorge Abel Carmona Morales
Dalisur99@yahoo.com.mx
Con el título de esta película, “El diablo a todas horas”, los espectadores
previamente pueden forjarse una imagen distinta de la temática que esta obra
nos ofrece. Su ambientación cromática direcciona este producto audiovisual por
senderos escabrosos cargados de símbolos religiosos que rozan con el cine de terror.
Pero no. En suma, esta película, adaptación cinematográfica de la novela del
mismo nombre y escrita por Donald Ray Pollock, es una disertación sobre el mal
que se encuentra enquistado en el alma de las personas. Como condición de la
naturaleza humana, el mal puede concentrarse en cada una de las manifestaciones
sociales, apareciendo en los momentos más súbitos posibles.
La historia es la de un niño que tuvo el peso dominador de su padre
autoritario, un fanático religioso capaz de asesinar por motivos divinos, según
expresa en varios de los diálogos presentados al público. Con el fin de criar
con criterios ético-cristianos a su hijo, le infunde una cantidad de normas que
rayan con la brutalidad ejemplificada en el sacrificio de seres vivos como la
mascota del niño y la participación insoslayable de la muerte de su esposa. El
suicidio de su misma persona nota a las claras que los valores religiosos
pueden alcanzar puntos de fanatismo que moldean la vida de aquel niño, para el
cual las circunstancias no le favorecen. Esa carga divina se convierte en
proceso existencial trágico como si de un sino se tratara. Los errores de los
padres necesariamente se introyectan en las generaciones futuras por medio de
los lazos de sangre contaminados por las experiencias de los mayores. El cruce
con el otro pedazo temático, corre a cargo de una joven pareja que anda por los
predios de pueblos apenas perceptibles en los mapas, asesinando a hombres que
son obligados a tener relaciones sexuales con la mujer, que, a su vez, es la
hermana de un policía, cuya venganza no alcanza a concretarse por la suerte que
el destino imparte a un joven asesino, cuyas justificaciones delictivas se convierten
en justificaciones existenciales que trascienden la misma voluntad.
Uno de los aspectos fuertes de la película reside en la dirección de actores,
entre los cuales se destacan el papel convincente de Robert Pattison quien
interpreta a un pastor cristiano que abusa de las jovencitas. Como historia,
esta película ronda en una labor crítica del campo religioso. El cristianismo
aboga por los sacrificios del corazón a cambio de una salvación futura de un
tono inasible para quienes se entregan en cuerpo y alma a un proyecto
benefactor. La religión puede convertirse en una tabla de salvación para lidiar
con las precariedades de la existencia, pero los riesgos que se corren en
semejante proyecto pueden atentar contra el hallazgo de la felicidad, de la eudamonía
socrática, que le da un propósito a la vida de las personas. Este actor inglés,
en el relativo poco tiempo que aparece en cámara logra un trabajo convincente,
su estampa logra darle vida al personaje y sobre todo, le imprime ese halo de
maldad que el autor de la novela quiere ofrecer.
Por otro lado, el papel de Tom Holland, menos consistente que el de
Pattison, se convierte en el pivote de la película, la suma de circunstancias y
personajes jalonados por el mal, convergen en las consecuencias del futuro revertido
por las cargas del pasado. Nadie como él para valorar el bien habiendo sido
construido por el cincel de sus mayores, quienes lo arrojaron a una situación
así. De Jayson Clarke, el asesino en serie, que obliga a su joven mujer a prostituirse
mientras le toma fotografías, proyecta una fuerza interpretativa que le da
consistencia al corpus actoral. Hay
personas que hacen el mal ante los ojos de los demás con justificaciones que el
destino le endilga, pero también hay seres humanos que despliegan la
perversidad de su alma como un efluvio natural. El placer de hacerlo supera las
contenciones culturales como la religión y la moral. En pueblos pequeños, el
demonio del mal, se incrusta en la comunidad como algo inevitable. La oscuridad
de cada uno de los planos forja un clima de incertidumbre que sin embargo queda
plenamente definido por los hechos delictivos.
Y como hay victimarios insuflados
por las disposiciones de la trascendencia, las víctimas se roban la atención
del espectador. La esposa del padre se sacrifica por la suerte de su hijo, todo
por los posibles estados de trance de un marido autoritario que ve en la cruz
el símbolo de la salvación. Cuando el niño, convertido en un asesino en fuga,
regresa a ese sitio, acaricia los huesos de su perro muerto por las abstracciones
religiosas de ese hombre que termina con su propia vida. Incluso la joven amante del asesino en serie
se sacrifica por al amor de su esposo, quien no confía en ella, muestran el papel
sumiso de las mujeres en la vida colectiva de un pueblo perdido en las
montañas. Entre la religión, la moral y el delito puede haber un hilo muy
delgado que siempre amenaza con cortar el orden. No obstante, se acude a esa
supuesta armonía para traspasar la norma.
Aunque la película desluce un poco
en su primera parte, la segunda acumula hechos que se van desencadenando
desaforadamente. La tesis de la obra, está bien representada. El bien y el mal
habitan en el alma del hombre como elecciones que no tienen tanta libertad. La religión introyecta valores morales que,
por estrictos, pueden volverse vulneraciones legales que atraviesan la vida. El
destino tiene sus justificaciones, pero el mal a veces rompe los patrones.

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