El crepúsculo habita en tus ojos




De Chanya Button



  "Puedes cerrar todas las bibliotecas que quieras, pero   no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente".


  Diarios, Virginia Woolf.




Es común que se construya una historia de amor entre artistas para hablar de su nombre, como si el ícono estético quedara reducido exclusivamente a sus diatribas amorosas, sin recalcar demasiado los productos literarios y en general artísticos, por los cuales aquellos personajes han quedado en la memoria universal. El itinerario del más auténtico cine comercial actual queda sellado con esa práctica común desmitificadora porque sumerge a los creadores en un mundo más cercano y no en el abismo inalcanzable de algunos seres extraordinarios como la escritora Virginia Woolf.  El cine ahora viene a ratificar esta poca variedad con una película que narra la breve relación de amor entre dos escritoras de principios del siglo XX, la mencionada artista inglesa y la poeta y novelista Victoria Mary Sackville-West, conocida en los contextos literarios como Vita Sackville.
 De la novel directora londinense de 33 años, Chanya Button, en cuyo currículo no hay grandes obras cinematográficas hasta ahora, “Vita et Viginia”, protagonizada por la actriz de nacionalidad australiana y nacida en París, Elizabeth Debicki, que con sus 29 años ya se proyecta como una de las actrices más prometedoras de las próximas décadas aunque su compañera de reparto, la actriz inglesa Gemma Aterton, no queda relegada en calidad y por el contrario nos ofrece una actuación convincente. La primera interpreta a una atribulada Virginia en su dolorosa carrera por vencer los demonios que la aquejan existencialmente matizados por la potencia inspiradora que ciertas circunstancias le permitían escribir. En el filme, la escritora elabora las líneas de “Orlando”, uno de los libros más comentados de aquella y cuya inspiración tiene origen en la tormentosa relación de su nueva amiga con una de sus tantas amantes. Aunque la construcción del universo psicológico de ambas artistas se destaca por encima de otros aspectos, la historia queda un poco floja por los artificios estéticos que la directora representa como un rompimiento abrupto del relato. Esos monólogos breves parecen un conjunto de trozos ajenos a la unidad que debe tener toda obra estética. Además, el proceso creativo de las dos escritoras se vela por unos arreones amorosos que muestran a una Vita pletórica de insensibilidad por los sentimientos de Virginia, esta sí entregada plenamente a lo que su corazón le decía y con la suficiente madera distintiva para poner a cada uno de sus amores en el respectivo lugar. Las confesiones de cada una dejan a la editora del Hogarth Press muy mal parada frente al desparpajo de Vita que es retratada como una gran seductora. Mientras Virginia sufre como ninguna por la aparente inexperiencia de relaciones, Vita se relaja con cada una de sus experiencias cotidianas que la llenan de desprendimiento las fibras sensibles de una escritora, al parecer menor. Algunas de las frases de la película muestran el autocontrol de emociones que permiten objetivar las posiciones intelectuales de cada una de ellas. Si bien Virginia Woolf es mostrada como una mujer inalcanzable espiritualmente su enorme fragilidad sentimental la desproveen de armas suficientemente eficaces ante los enviones de una mujer aristócrata que supo conquistar una pasión contenida de la genial escritora.
Y este entramado de obsesiones manifiestas y reprimidas, se complementa adecuadamente con las contrapartes, unos esposos para nada ortodoxos que se convirtieron en los soportes económicos pero especialmente espirituales de sus esposas. Por un lado, el diplomático Harold Nicholson, mantuvo una vida licenciosa para la época por sus relaciones homofílicas que supo ocultar convenientemente menos para su mujer que lo quiso de esa manera. Esa relación venció una serie de obstáculos sociales y territoriales al punto de que este hombre de mundo renunció a sus actividades diplomáticas desarrolladas en Estambul, para estar cerca de su mujer con la que construyó una joya turística llamada el jardín de Sissinghurst. Por el otro lado, el marido de Virginia Woolf, el escritor y teórico político Leonard Sidney Woolf, se consagró al cuidado de una depresiva Virginia, sin descuidarla ni un momento luego de la aparición de este malestar que finalmente la llevó al suicidio en 1941. Para tratar este mal construyó junto con su esposa la imprenta que permitió la publicación de panfletos leídos rigurosamente en el “Circulo de Bloomsbury” que también se convirtió en el refugio de “los apóstoles” de Cambridge. Su denuedo permitió a Virginia lidiar con sus depresiones, al punto de lanzar a su esposa a los brazos devoradores de aquella Vita Sackville con la cual, según muestra la película, reencuentra la pasión física al parecer, muerta, en su relación con el esposo devoto en el que se erigió Leonard. No solamente con sus escritos (Leonard era el primer lector de esas magníficas obras literarias y su crítico más férreo) el esposo fue el artífice de esas creaciones, de divulgarlas y de convertirse en el albacea de “Mrs Dalloway”, de “Las olas” de “Al faro” y de esos maravillosos ensayos como “Una habitación propia”, ícono del feminismo  mundial.
No obstante, las escenas destacadas como la que muestra a las dos parejas en posiciones simétricas frente a un hermoso atardecer mientras ambas mujeres se miran directamente a los ojos como si la vida entera de Virginia hubiese sido los ojos de Vita, la película es un marasmo desarticulado de emociones que confunden al espectador sobre la vida y la obra de la mejor escritora que la humanidad haya visto jamás.
“Vita et Virginia” destaca por los apuntes biográficos, pero desvirtúa la nitidez del círculo afectivo que por inercia destaca a Virginia Woolf.

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