Sígueme, falta un año
De Sam Mendes
Difícilmente se puede ver hoy una obra cinematográfica que rinda tributo a los
medios matrices que constituyen la esencia del lenguaje audiovisual,
especialmente ahora que el mismo cine parece más la punta de lanza de la
tecnología por la tecnología. Esa es la sensación que queda luego de ver
“1917”, dirigida por el autor inglés de 54 años Sam Mendes.
De sus filmes anteriores siempre quedaron buenas obras. Con “Su belleza
americana” es inevitable ponerse del lado de un personaje icónico de la
sociedad de apariencias norteamericana, el incomprendido Lester Burnham. “Con
camino a la perdición”, el leal Michael Sullivan es un modelo de confianza en
un medio lleno de traiciones como el de la mafia de los años 30 en Estados
Unidos. De “Solo un sueño”, quedan las esperanzas perdidas de Frank Wheeler que
nos remite a los deseos frustrados de las personas después de cierta edad.
Ahora el director inglés, proveniente del teatro, nos trae una obra que sin
duda es la película que se quedará con todos los premios de las distintas
ceremonias cinematográficas de principios de año.
Filmado en un falso plano secuencia que tiene distintos niveles de
intensidad y compuesto de una variedad admirable de sorpresas visuales que
demuestran el virtuosismo de la cinematografía de Roger Deakins, esta obra es
una combinación admirable de imagen y sonido que nos recuerda una de las
guerras más cruentas de la historia humana en uno de los años que cambiaría la
historia de ésta. Hay imágenes que van mutando de intensidad, desde la sutileza
más extrema hasta la apoteosis del peligro que encierran ciertos sitios por los
cuales atraviesan dos cabos cuya misión podría cambiar el curso de la guerra
para los aliados o para los alemanes. Shofield y Blake deben entregar un
mensaje que consiste en detener un ataque al enemigo alemán que quiere
emboscarlos en la línea Hidenburg en suelo europeo. Este último muere como
consecuencia de una herida infligida por un piloto alemán dentro de sus propias
líneas. Desde el cruce de ambos soldados por sus propias trincheras hasta
desembocar en las trincheras de los enemigos, los espectadores se ponen detrás
de estos jóvenes que deciden cumplir una misión por el amor a su patria. La cámara es un personaje más que recorre con
el vértigo propio de esta misión terrenos difíciles, en donde se puede
encontrar fácilmente a uno de los múltiples enemigos, cuyas estrategias de
guerra desnudan la vileza de una conflagración como éstas: vacas muertas en el
camino para cortar las provisiones del oponente, un perro muerto al lado del
camino muy anegado por el pantano, órdenes claras de los alemanes de eliminar
por cualquier medio a los soldados aliados.
El paso de los dos soldados por la trinchera propia muestra la disposición
de la tropa. Esa aglomeración de hombres dispuestos a matar luego de los
ataques que preparan los comandantes, queda como un simple trámite ante la
determinación de cumplir con las órdenes encomendadas. La sensación de
enclaustramiento es un viaje del espectador por las mismas entrañas de la
muerte que se alista a envolverlos a todos.
El asesinato de Blake a manos de un soldado alemán es un contraste entre
la humanidad de ver al oponente vencido y las órdenes tajantes de matar al
enemigo por parte de los alemanes. El paso de Shofield por una ciudad en
ruinas, con fuegos que se lazan delante y detrás del soldado herido, muestran
un conjunto de imágenes apocalípticas que desnudan el sufrimiento del joven
cabo. La necesidad de compañía que denota la joven mujer con un niño de brazos,
habla de ciertas dosis de ternura en medio de tanta barbarie. Pero el soldado
lava su ternura en las aguas de un río repleto de cadáveres putrefactos, de
donde pueden salir ratas que se comen las entrañas de los hombres muertos. La
desesperación por cumplir con la misión se ve bien en la prisa que dice tener
cuando se monta en el camión lleno de soldados que han asumido la guerra como
un ejercicio rutinario: contagiar con el ejemplo la desesperación que sufre por
la posibilidad de no llegar a tiempo es un micro ejemplo de psicología
colectiva. Esa solidaridad extendida habla de la determinación de un hombre que
propicia la vida por encima de la muerte. En la guerra suelen haber gestos de
ternura que palían un poco la máquina de la destrucción.
Esta obra no hubiera sido posible sin las interpretaciones sobresalientes
del actor inglés George MacKay, cuya gestualización aparentemente impertérrita
empieza a sufrir una transformación por el cúmulo de emociones que nos deja
traslucir en la pantalla. Es encomiable, entre otras escenas, el paso por el
campo propio a noventa grados, con choques reales contra sus propios compañeros
que van a perpetrar un ataque contra el enemigo. El cumplimiento de su misión,
la noticia que transmite al hermano de su compañero muerto en el campo y la
necesidad de cumplir con sus promesas muestran la dignidad de un soldado
comprometido con su patria y con el otro en general. Dean- Charles Chapman, Colin Firth, Mark
Strong y especialmente Benedict Cumberbatch comparten papeles justos, que se
convierten en las dosis indicadas de una obra compacta.
“1917”, es una película fabulosa que termina de
elevar a un gran director al más alto de los rendimientos cinematográficos. De
su paso por las películas de James Bond quedó el vértigo de algunas imágenes
que en este caso, se han puesto al servicio de una historia sencilla, pero
estremecedora, cuya valía recae fundamentalmente en su maestría técnica.

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