“Diamantes en bruto” de los hermanos Safdie
Abruman de esta película no solamente el despliegue de talento de dos
directores jóvenes que. luego de obras tan renombradas como “Good time”,
protagonizada por Robert Pattinson, sigan realizando películas valiosas,
propias de un cine independiente que en nada riñe con el cine comercial actual,
sino también, la exuberancia de un Adam Sandler que interpreta a un joyero
judío ludópata, acostumbrado a endeudarse
compulsivamente para cubrir deudas anteriores, pero sin la más mínima
consideración con los acreedores, muchos de ellos cercanos a la mafia de ese
Nueva York marginal, pero al cual acuden millonarios en busca de una gema
estrambótica. Su nombre es Howard Ratner. De su amor por la familia quedan los
pequeños sacrificios de tiempo como los abrazos o caricias a sus dos hijos
mayores que ven a un padre ausente sumirse en relaciones de dudosa procedencia
y los encuentros con los amigos judíos que se atreven a prestarle plata para
sacarlo de apuros. De su amante compañera de trabajo queda una entrega total a aquel
hombre desenfrenado cuyo amor por las joyas queda manifiesto en ese local
atiborrado de piedras preciosas del que ya forma parte un ópalo negro
proveniente de una mina etíope, de la cual se prende Kevin Garnett, el famoso
jugador de los Boston Celtic que hace su debut como actor.
La película de Joshua Safdie de 35 años y Benjamin Safdie de 33 años, está
acompañada de una música a cargo de Daniel Lopatín cuyas remembranzas
ochenteras contribuyen a acrecentar el vértigo de esta obra repleta de
sensaciones contrapuestas, personificadas por ese hombre sin escrúpulos que se
bate en la espesura del barro que lo envuelve y del cual no puede salir, pese a
que los espectadores fácilmente se podrían poner del lado del personaje
principal. El año de ambientación es el 2012 y elegido por este par de hermanos que provienen del cine independiente sin
que por ello, puedan inscribirse tajantemente en un tipo de cine particular
debido a su libertad formal y narrativa. Parece importarles poco hacer lo que
sienten y piensan en sus obras. La atmósfera de este filme es agobiante, los
diálogos son ingeniosos, la narración se lleva de manera ascendente hasta que
la tensión llega a su cúspide, los espacios a veces se vuelven opresores, reina la claustrofobia adornada con luces
internas de apartamentos que parecen bares nocturnos, mientras afuera los
grandes edificios de Manhattan no se muestran. Aquí lo importante son los
edificios construidos por esas relaciones interesadas y poco sinceras de los
personajes. Aparece siempre la duda que es paliada un poco por las mentiras y
la personalidad ligera de un hombre que tiene aspiraciones de grandeza en la
que descansa esa confianza desmedida en la suerte propia y ajena para conseguir
lo que quiere.
Un preámbulo como el que entraña “Diamantes
en bruto” relaciona la pestilencia del trabajo mal pago y peligroso al cual se
exponen los mineros de ciertas regiones oprimidas por la economía salvaje, desprendimiento
lógico del capitalismo salvajes que origina hombres como Hartner y las entrañas
del personaje que se practica una colonoscopia para descartar el cáncer
tradicional que ha matado a varios miembros de su parentela. Los directores
parecen decirnos, con las armas propias de un cine cercano al ritmo narrativo
que tienen las películas más comerciales posibles que la podredumbre del
sistema económico actual es un círculo vicioso que arruina los comportamientos
éticos de hombres y mujeres que ven a los otros como medios que son desplumado
por las ansias de dinero a como dé lugar en un mundo aparentemente lleno de
posibilidades para todos. El ópalo negro es un símbolo del absurdo que implica
el cúmulo de relaciones que se tejen, en el mundo, especialmente en el centro
del capitalismo mundial. De este comienzo
desconcertante parte un vértigo de emociones que se personifican en todos los
hombres y mujeres que se vinculan con este joyero judío sin escrúpulos, cuya
tragedia vital genera conmiseración porque el espectador comprende que todo lo
que le sucede a Hartner está por fuera de su alcance; su comportamiento es
jalonado por las circunstancias que se vuelven adversas por las condiciones del
medio económico. Esa sensación fílmica queda corroborada con el final abrupto
luego de tantos mensajes afectuosos para con los espectadores.
Esa interpretación de uno de los actores más vilipendiados del campo
cinematográfico que ha recibido las peores críticas interpretativas fundadas
con razón, desconcierta por su alta calidad. Sandler parece decirnos que ha
hecho películas horripilantes porque así lo ha querido y que puede hacer una
interpretación sobresaliente cuando a él se le antoje. Las actuaciones pasadas
han sido difuminadas y ahora, encontramos tal vez un regreso, luego de una gran
película de Paul Thomas Anderson, “Embriagado de amor”. Si bien el trabajo de
este actor que ya ronda los 53 años es digno de exaltación, hay que decir que
el guion es el soporte fundamental de una apuesta en escena impecable, donde se
destacan primeros planos absorbentes, zooms bien elegidos y un clima asfixiante
que no sueltan las sensaciones de los espectadores ni un solo momento, pese al
metraje de la película que alcanza los 136 minutos.
Esperemos que los hermanos Safdie sigan trabajando en función de un cine
propio, que los vericuetos de la vida no tuerzan su camino hacia la autoría
libre. Con su juventud ya cuentan con la anuencia de productores como Martin
Scorsese que les dio su bendición y que seguramente seguirá respaldándolos.

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