El ascenso de las
cabras
De Julian Schnabel
Julian Schnabel es un artista
estadounidense tan inusual, tan fresco y aunque parezca una exageración, tan
clásico. Sus obras pictóricas han cruzado las fronteras físicas y espirituales
de hombres y países a nivel mundial, dejando huellas estéticas que reconfortan
el arte contemporáneo como ningún autor. Sus
tres películas: “La escafandra y la mariposa”, “Antes que anochezca” y
“A las puertas de la eternidad”, son obras admirables dignas de cualquier
director genial de esos que por estos días nos están dejando.
“En las puertas de la eternidad”
es un homenaje y una cuenta de cobro con
los biopics que intentan abarcar
tantos hechos y tantas circunstancias en un intervalo tan escaso como el que
ofrece una película. Por eso la gran densidad de esta obra.
Vincent Van Gogh inquieta a
quienes alguna vez se atreven a explorar la vida y los cuadros de este genio solitario;
todos sus momentos vitales están atravesados por el dolor y la alegría de
buscar el momento perfecto, el lugar indicado para expresar los ángulos de la
luz del sol para plasmarla en un juego de colores que aunados forman obras de
arte que permanecen vivas a pesar del
tiempo. El director es enfático en esto; el pintor deja su obra para la
posteridad quien inicia su movimiento unos meses después de muerto, porque en
vida este hombre nunca tuvo momentos de
reposo debido a que su trabajo se convirtió en un suplicio. Cada una de sus obras es el producto del
fervor de un instante, sin planificaciones previas sino intentando captar la
pequeña chispa que la luz le ofrecía en esos campos solitarios del sur de
Francia. Así, Van Gogh quiso separarse de los temas grandilocuentes del grupo
impresionista que jamás lo acogió plenamente dentro de su círculo. Pintaba
raíces ocultas por árboles delgados en un paraje lejano, o rostros de
personajes no reconocidos de su querida Arles como el doctor Gachet o la dama de la taberna que
frecuentaba en ese pequeño pueblo francés, o zapatos ajados que en su sencillez
le reportaban una belleza natural, o el cuarto desprovisto de objetos lujosos
en donde dormía esas tristezas pensando en su hermano Theo.
Schnabel es enfático en mostrar
el trabajo del artista. Las manos son la herramienta del director por medio de
la cual, un hombre consagrado a su oficio, sufre esa necesidad de atrapar la
luz. Los encuadres se construyen para ver el rostro de Van Gogh en su
concentración, cuando su misma labor le da la tranquilidad que el silencio no
traiciona. La impasibilidad de las facciones del pintor es una parte importante
del arte. A veces se cortan los planos de manera abrupta pero ese hecho es
deliberado para mostrar el estado mental del artista cuyo temperamento sufre
niveles de variabilidad por sus pocas relaciones con personas que no lo
percibieron.
La película es la oportunidad
para mostrar una mezcla variada de grandes actores. Willem Dafoe exhibe su
talento pleno en este papel que requiere de niveles de exigencia importantes
Seguramente ganará el Óscar a mejor actor por este papel. Su ataraxia en la
expresión, su desgarramiento frente a ciertas circunstancias perpetradas por
los otros en ese entorno rural de Francia, necesita de grandes dosis de
credibilidad que pocos actores tienen. Hay momento de ternura que Dafoe
transmite a su personaje junto a ese ser magnífico que fue su hermano Theo,
interpretado por el actor inglés Rupert Friend; con esos gestos de afecto
sincero como los abrazos de ambos hermanos en la cama del artista, denotan el
cariño filial y muestran una de las
razones por la cual, Van Gogh, sufría grandes accesos de tristeza. Además de
estos dos actores, la participación de Emanuel Seigner, como la señora de la taberna,
le brinda calidad a la película. Su dualidad brinda un toque sombrío a la obra.
Asimismo, Oscar Isaac, como el pintor Gauguin, complementa correctamente el
reparto, pero sin aportar mayor brillo a la obra, algo que encontramos de modo
superlativo en el actor francés Niels
Arestrup en cuyos pocos minutos frente a la pantalla construye una de
las escenas más esclarecedoras en la historia del cine. Su papel de “enfermo
mental” ofrece salidas espirituales a Van Gogh, su profunda sabiduría y su
extrema desazón entregan frases que retratan ejemplos de decepción que el
pintor escucha en una tina blindada de madera que solían construir los psiquiatras de la época.
Finalmente hay que destacar la actuación del siempre puesto danés Mads
Mikelsen, en un papel de cura que tiene la difícil misión de decir si los
enfermos siguen enfermos o si ya se han sanado. A este actor este tipo de papeles
antagónicos le ajustan bien. Y en este encuentro, el director hace ver que Van
Gogh es consciente de su situación, que sus estados alucinatorios son
perfectamente normales, que entre la normalidad y la enfermedad sólo media la
creatividad del genio.
“En las puertas de la eternidad”
es una fotografía de los años de Van Gogh en Arles, en el Sur de Francia, un
pueblo al cual, por ejemplo Gauguin y los grandes profeta del arte de la época,
ya no le tenían afecto. Para Schnabel,
el trabajo era la vida de dolor que tenía un hombre genial que desafió la luz y
la encarceló en las dos dimensiones de un cuadro para revitalizarla. La obra no
es un producto melodramático sino un ir y venir de estados de ánimo que la
prodigalidad del artista cambiaba por trabajo.

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