No te preocupes, no
irá lejos a pie, de Gus Van Sant
Caricatura de John Callaham
Una película de Gus Van Sant se
espera siempre con ansiedad. El director kentuckiano ha dejado varias de las
obras cinematográficas de mejor acabado estético de los últimos 20 años. Sus movimientos de cámara,
sus encuadres, la maestría en el manejo del ritmo, la dirección de actores
naturales, han hecho de este artista norteamericano, un ícono del lenguaje
audiovisual que tiene ya innumerables reconocimientos como la recordada Palma
de Oro en Cannes, por “Elephant”, película que lo lanzó a la fama
internacional, aunque, sus obras anteriores de bajo presupuesto como “Drugstore
cowboy” o “Mi Idaho Privado”, anunciaban el talante de este maestro del cine.
Esta vez viene con la adaptación
cinematográfica de un libro llamado “No te preocupes, él no se irá a pie”, del
caricaturista de humor negro, John Callaham, quien quedó parapléjico a los 21 años
luego de un accidente automovilístico provocado por el exceso de alcohol. Este
artista tuvo que recuperar su movilidad de las extremidades superiores, hecho
que le permitió dibujar con ambas manos. Sus trabajos se caracterizaban por la
sátira social que en ocasiones le acarreó problemas por sus caricaturas subidas
de tono, cuyas publicaciones tuvieron trabas para ser dadas a conocer al
público en general. Un semanario de Portland al fin aceptó este trabajo gráfico
e impulsó al artista hasta catapultarlo a un lugar destacado del humor
estadounidense.
La obra de Gus Van Sant centra su
atención en la recuperación del artista, combinándola con apartes de su vida
previa al accidente y, con su tópico de rehabilitación en el que funge como
conferencista. El ingreso de Callaham a la Sociedad de Alcohólicos Anónimos,
sirvió de base para que abandonara su adicción. En ese proceso repercutieron
personajes excéntricos como un millonario que se dedicó a trabajar por el
bienestar de los otros por efecto de una transformación personal cuya obra
contribuyó a cambiar las existencias de otros alcohólicos, quienes son
representados por un grupo de actores de mucho talento. El millonario
filantrópico es interpretado por el actor Jonah Hill, en un papel que
seguramente le traerá muchos reconocimientos para las premiaciones que se
avecinan. Este actor, desde su trabajo en “El Lobo de Wall Street”, ha venido
siendo solicitado por varios de los mejores directores del cine independiente
estadounidense.
Y esa impresionante dirección de
actores tiene su cima con la interpretación de Callaham, realizada por Joaquín
Phoenix, quien demuestra su enorme versatilidad, el magnetismo de sus
interpretaciones y el compromiso profesional con esos papeles difíciles como si
hicieran parte de su propia constitución vital. La credibilidad de los
movimientos en un personaje complejo, demuestran el talento de este actor de 44
años, nacido en Puerto Rico y ya nominado a
tres premios Óscar que, sin duda, obtendrá otra más y quizá sea uno de
sus trabajos mejor acabados que por fin le otorguen esa estatuilla. Sus gestos
dejan traslucir todo el dolor que siente
un hombre postrado en una silla de ruedas para quien la vida se volvió un
trámite. En esos trasegares por las calles de la ciudad, o en las carreras por
las aceras en su moderna silla de ruedas se reflejan los deseos de morir, el
sufrimiento de soportar una vida sin motivaciones. El alcohol es un escape y la
posibilidad de aligerar las cargas. Gus Van Sant lo acompaña con su cámara y le
da un ritmo a la película de acuerdo con
los estados anímicos del personaje. Esta lucha emprendida, sin saberlo, como un
proceso que tuvo sus momentos más simeros, le permitieron al artista
reconciliarse con su propia alma. El director estadounidense peca por inmiscuirse
demasiado con el personaje desde el punto de vista estético. Tal vez si hubiera
tomado un poco de distancia de aquél, la película tendría otro resultado. En
ella, hay algo que no funciona. Son
frecuentes las caídas, pese a que también hay momentos valorables en donde uno
puede ver al mejor Van Sant. Uno de ellos es dejar que el personaje cuente su
historia, algo que puede apreciarse en la mejor expresión que tiene un
caricaturista. Sus dibujos tienen un sello personal, las limitaciones de la
mano quedan compensadas con el ingenio y la picardía de sus creaciones. Otro de
ellos, es la desmarcación con otras películas cuya rehabilitación de ciertas
adicciones, sumergen las obras en abismos infranqueables. Los miembros de Alcohólicos
Anónimos no se regodean con el fango sino que son personajes funcionales para
contar la historia de un personaje admirable, lleno de una fuerza espiritual
capaz de replantear hábitos dañinos y que tuvo también la entereza de comunicar
su propio ejemplo a las nuevas generaciones para que no repitieran una vida
llena de desajustes emocionales dañinos. La escena que mejor ilustra este
cambio de actitud es aquella en que se ve a Callaham ansiando una botella de
vodka puesta en un estante desde su
silla de ruedas, escenas que Van Sant alterna con recuerdos de experiencias
anteriores de su vida. Ese contraste entre su “normalidad” física y su adicción
es un revulsivo para replantear su vida.
Con esta película, se muestra uno
más de los caminos que puede tomar cualquier alma, en su recorrido por la
existencia. Pero también la posibilidad de corregir las cargas. A veces la
genialidad requiere de palancas para encauzarse. Gus Van Sant ha hecho de una
vida, un ejemplo de vida, que lamentablemente ha disminuido las posibilidades
artísticas que este cineasta tiene. En todo caso, la luz que arroja este
personaje rehabilitado, es suficiente para apreciar a esta película.

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