Sueño con raíces
Las películas españolas dejan una
sensación de ausencia. Sus personajes sufren un vacío existencial producto de
las relaciones cargadas de inconformismo, sin que muchas veces encuentren la
causa exacta de semejante desazón. Esos personajes van por el mundo buscando
algo que irremediablemente saben que no llegará, a pesar de que, en algunos
momentos logren paliar la incertidumbre que deja la búsqueda, porque al final,
lo único cierto es que el daño ya ha sido hecho, mucho tiempo atrás; por eso,
ellos lidian con una pena arquetípica, de la cual solo tienen las malas consecuencias
de ese despojo. Pero también, el camino que recorren intentando encontrar el
pedazo de alma perdida tiene unos pequeños calmantes, que a veces se convierten en
compresas aliviadoras, en medio de un mar de sentimientos que los
arrollan.
“La enfermedad del domingo”, una
película del año 2018, dirigida por el español Ramón Salazar, es la historia de
ese despojo. Una mujer abandonada 35 años atrás por su madre, ahora es buscada
por ésta. La única solicitud para ella, es que pase 10 días en su compañía.
Semejante argumento, suena común en una trama. Pero los matices en una
descripción tan general como aquella, van llegando con los diálogos, con las
imágenes, con el despliegue de recriminaciones que se lanzan entre las dos
mujeres.
Los comportamientos de Chiara, la
hija, son algo menos que inusuales. Vive apartada del mundo al pie de un lago,
metida entre las frías montañas de un paraje habitado por muy poca gente. Su
ceño fruncido es el síntoma del abandono, su soledad es el reflejo de un temor
a ser descubierta por quienes viven allí. Si bien la historia recae fundamentalmente
en ambas mujeres, algunos personajes contribuyen a estirar la trama, como el
sepulturero del pueblo que conoce a Chiara. Este hombre es el contrapunto de la obra porque enlaza a aquella
al mundo, no permite que se pierda en el farragoso periplo de sombras en el que
entra Anabel, la madre, quien, va disminuyendo sus prevenciones ante una experiencia atípica
como esa. Aquel hombre es el símbolo de
la muerte, pero también el único que alumbra el vínculo que aún existe entre las
dos mujeres. Anabel, por su parte, conserva la finura de sus modales en tierra
agreste, ante las agresiones verbales y físicas de su hija, entiende que no
tiene derecho de réplica. Las primeras imágenes de la película son de conocimiento
mutuo, el resto de la obra transcurre entre un conjunto de tensiones que tiene
fin en un desenlace bien manejado. Los
reproches potencian la obra, pero el propósito de Chiara es egoísta, y ese
egoísmo es la consecuencia del aislamiento, con perpetradores precisos que se
aliaron para hacer de su vida algo miserable. La enfermedad mortal que sufre la
hija es la oportunidad para expiar las culpas de la madre que se fue por
motivos también egoístas. El padre de Chiara que aparece breve pero
estratégicamente en la película, prefiere lavarse las manos. La petición que la
hija le hace a su madre nadie puede
asumirla, sólo ella, una anciana mujer que piensa vivir como tope hasta los 85
años, así como fue su vida, despreocupada del mundo, dedicándole su mejores
años a la hija que sí cuidó, aquella que
reprocha levemente una acto como ése. Dejar sola a una pequeña hija con 8 años para que el
resto de sus 35 extrañara a su madre. Ese hombre decidió portarse como uno, pero
sabe que el vacío que supone perder el cariño del seno materno, no puede
remediarse con la compañía de un padre. Las heridas del pasado, para él, son el
adelantamiento de una muerte segura, que se va difiriendo con cada uno de los años que transcurren hasta
que aquella muerte se formaliza. El marido de Anabel, es el único personaje que
se muestra en pantalla con la brutalidad de una obra tan fuerte como ésta. Su
racionalidad muestra las comodidades que
va adoptando el hombre, las seguridades necesarias para aliarse cuerdamente con
el mundo. Su sentido práctico, le hace desconfiar de todos, incluso de una hija
abandonada por la mujer que siempre tuvo el cuidado de ocultarle a su pequeña
plebeya. Pero ese sentido práctico, también le ofrece la perspicacia suficiente
para allanar los secretos mejor guardados de los suyos.
La película contiene una
sincronía de personajes, cuyos papeles no desentonan en el marco general de la
historia. Ese acertado manejo de mundos interiores denota psicologías diversas,
algunas más atormentadas que otras, pero todas, con soluciones pendientes
porque el círculo algún día empezó a abrirse y ya es tiempo de cerrarse. La
obra muestra que la vida es uno muy grande que abre varios de ellos, con
sufrimientos azarosos o deliberadamente propuestos para afectar los
sentimientos de quienes nos rodean. El descanso es tan sólo un impulso para
continuar el camino desbordado hacia la muerte. Esa que se avecina en los
sueños de las mujeres, que buscan la raíz de todo. La imagen que da inicio a la película muestra una pareja de árboles en
medio de una cima boscosa, cuya entrada conduce a dos vidas actuales, momentos
de encuentro que se han soñado siempre.
Ninguna de las dos mujeres puede escapar de ese destino labrado por
decisiones que han construido o destruido sus vidas, según quien lo mire.
El árbol es un gran sistema cuyas
raíces se encuentran en cada una de sus partes. La relación madre hija, hija
madre no puede desprenderse. Su vida depende de que cada una de sus estructuras
funcione bien.
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