El descenso de un
hombre solo
Lucrecia Martel se ha tomado un
buen tiempo para elaborar su obra. Tiene cuatro filmes en su ya dilatada
carrera como cineasta, aunque la mayoría de ella ha estado permeada por los
silencios, en los cuales ha llenado su
alma de experiencias, pensamientos y un conjunto de sensibilidades que afinan
cada vez más su finísimo talento artístico. Su cine empieza con una película aclamada
por la crítica internacional llamada “La ciénaga” del año 2001; luego vinieron
“La niña santa” del año 2004 y “La mujer sin cabeza” del año 2008.
Transcurrieron más de 10 años para que pudiéramos apreciar su nueva obra:
“Zama”. Está basada en la novela homónima del escritor mendocino Antonio Di
Benedetto. El personajes es un corregidor venido a menos en tierras agrestes de
Paraguay, donde los cangaceiros coloniales hacían de las suyas, con los
esclavos y con los nativos americanos y donde el imperio español implantó un
régimen de sumisión de proporciones atávicas que aún subsiste en las mentes de
los latinoamericanos como un dictado arquetípico de nuestra conciencia. Pese a sus credenciales redobladas por su
popularidad, se convierte en simple funcionario, vapuleado por los habitantes
de esa villa perdida entre la selva y el río. Su gran tragedia es la soledad
que lo carcome, lejos de su esposa y sus hijos, a la espera de un traslado a la
gran Buenos Aires o la ciudad de Lerma según las denominaciones de la época, en
un final de siglo que tan sólo recibía el despojos de una Europa en plena
efervescencia ilustrada. A Zama nadie le tiene la más mínima consideración,
excepto algunos desarrapados que fueron invisibilizados por los españoles
porque la aristocracia de esa potencia imperialista, lo ignoró con su
ostracismo.
A Diego de Zama le cayeron las
autoridades políticas encima, por su aparente desidia ante las órdenes
impartidas por gobernadores autoritarios. Sus deseos de obtener el respeto de
la gente fueron desechadas, las mujeres lo desdeñaron, ninguna cedió ante los
impulsos eróticos de aquel funcionario, excepto una negra esclava que tuvo un hijo de aquel.
Todos esos sufrimientos denotan la meticulosidad de Martel en la descripción
psicológica del personaje central, porque, hay que decirlo, la película es una
obra cuyo centro es un hombre común.
La obra de esta directora
argentina, para quien el cine es sobre todo una autenticidad que parte de las
propias experiencias, por eso es necesario que un autor se tome su tiempo,
porque sólo con la introspección se logra construir un universo rico en
sensibilidades, es el fruto de un largo proceso de introspección. Suena
paradójico esto, pues, Zama es un personaje histórico que marcó un ciclo de
dominación por parte de un imperio español, en franca decadencia. La película es un conjunto de aciertos. Existe en ella un
barroquismo en los planos que recuerdan un poco a algunas películas de Leonardo
Favio, como Juan Moreira. Las cámaras se infiltran cual personaje en medio de la
gente, mostrando una subjetividad que revive la historia y a cada uno de los
hombres y mujeres borrados por el tiempo. Esto es un intento por rescatar las
vidas de las personas comunes que jamás fueron registradas por los libros
oficiales. Los encuadres cercanos denotan a personajes fracturados, porque el
alma de Zama y de aquellos contemporáneos suyos, se encontraba subyugada por el
poderío español. En esos planos
barrocos, vemos objetos desvencijados, animales que se meten en el cuadro,
rostros cuidadosamente cortados, paisajes repletos de árboles, de maleza y de
seres que se hacen notar por medio de los sonidos que emiten y en ese sentido,
hay un deseo terrígena de dar un
protagonismo a la naturaleza. Los personajes son encuadrados estratégicamente
para sugerir la sensación de intimidad, en donde los individuos se pierden en
sus propias meditaciones, como aquella escena en que el asistente del
gobernador, decide pensar en las orejas
de un supuesto bandido.
Y esa hermosa sinfonía elaborada
por una artista silenciosa que ha hablado para mostrar su renovada creación, ha
sido posible en una gran medida por ese actor
hispano-mexicano llamado Daniel Jiménez Cacho. Su extensa carrera en el
cine, le ha granjeado un sinnúmero de premios en el mundo fílmico. Son famosas
sus colaboraciones al lado de Arturo Ripstein, por ejemplo. Ahora derrocha su
talento con este papel tan complejo. En
este personaje su rostro exuda una tristeza añejada por su exilio. En los
momentos más álgidos de la película, exige su presencia actoral como un
“survivor” de la Colonia. Sus monólogos
gestuales brindan inspiración a la directora para seguir conmoviendo al público
con la pena de este regidor. A pesar de haber obedecido las órdenes del rey, se
convierte en un renegado en tierra colonial, así como su contraparte, el
pendenciero Vicuña, un delincuente que desafía el poder constituido en esa
periferia maloliente. El rechazo que sufre
Diego de Zama por parte de sus congéneres es una reflexión actual sobre
la soledad del hombre moderno. La imagen que las personas proyectan, es un
reflejo de aquello que los demás han dejado en nosotros.
La película de Lucrecia Martel es
una obra sobre el abandono, la búsqueda de reconocimiento en tierra hostil,
independientemente del territorio que habitemos. Zama encarna la lucha de un
hombre en que caben todos los hombres por encontrar un espacio en el mundo,
cuando el paisaje se suma a los
obstáculos que la vida atraviesa en el camino. Este corregidor es un cuadro del descenso
donde habitan los peligros de ser hombre.
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