La niña que amaba las cerillas

 De Simon Lavoie

Esta es una película que cuenta la historia de una liberación. Esa liberación es el resultado de una serie de acontecimientos tortuosos y extraordinarios en medio de un ambiente rural en una Canadá que no aparece por ningún lado, ni geográfica ni culturalmente. Esos acontecimientos son producto de un accidente, sin culpables definidos por las razones que le acometen a uno y otro de los personajes o, tal vez, son culpables todos por las distintas decisiones que toman aquellos, cuando, pudieron ir por un camino o por otro. Entonces, tranquilamente se puede decir que esta obra del director Simon Lavoie es un juego del azar que se ensañó contra una pobre niña en cuya inocencia van vertiendo sus razones los personajes que la acompañan, tanto su padre como su hermano, por un lado, y por otro una víctima más de las circunstancias de la fortuna, su madre que ha sido una especie de ser invisibilizado por el tiempo y el espacio. La tragedia vino como una tormenta sobre la vida del padre, asfixiado por el dolor de ver a su esposa quemada y muerta en medio del fuego que también atrapó a su pequeña hija como una venganza del destino; su decisión de ocultarlo todo en una vieja residencia campestre para evitar las amenazas de los otros como si alejando a los extraños pudiera curar las heridas, es un empecinamiento de la irracionalidad: la rareza del mundo sucede allá, lejos de la civilización. Al muchacho, le quedan los miedos infundidos por padre a través de los años, sin protestar mucho, admitiendo que esa es su vida y que frente a los hechos fríos no hay nada que hacer, excepto acepar la vida como viene; su actitud violenta puede ser una reacción natural frente a su aislamiento desproporcionado en aquellos parajes. De su hermana sólo quedan resquicios de un ser humano encerrado y confinado a la soledad, con su cuerpo hecho trizas por el fuego y por el olvido, es una obligación del remordimiento que lucha por librarse en la conciencia del padre. Pero padre ha hecho suya la culpa cuando decide  martirizar con la vida  alguien que no la quiere, que rechazaría su último aliento con el fin de entregarse rápidamente  a los brazos de la muerte; esa mujer deforme es la acumulación del dolor encarnado, torturado por el tiempo en las estribaciones de un establo abandonado en una propiedad rural que escapa de la vista de todos.
Esta liberación es un resultado y un proceso. Aquel es el paso de un desconocimiento  a un conocimiento del mundo, en donde, los seres cercanos se van contextualizando.  Y aquella forma es un repentino alejamiento de una serie de hechos que han sido respaldados por principios adversos que han sumido a esta adolescente en un estado de encerramiento. Este es la suma de momentos de desencantamiento que van minando la confianza en los seres queridos y toma de confianza en  el otro,  al que nunca ha visto y al que, por ese reconocimiento del mundo, aprende  a querer. Ese nuevo personaje en su vida ha infundido un mensaje de calma y de confianza, valores contrarios a los que el mundo le trajo como un castigo inmerecido.
Esta película, en estricto blanco y negro,  no hace concesiones ni enfatiza dolores. Su ritmo parejo, muestra caracteres con perfecta sincronía, en la que cada uno de los personajes va destapando sus cartas en el transcurrir de la historia. El padre ha hecho lo suyo, se entrega  a lo que le pide la trama; él decide acabar con su existencia para terminar con su pena. El suicidio es el fracaso de una vida, conformada por la familia que ha sido reconducida por los acontecimientos, encendida por el fuego como la paloma que vuela quemándose en el aire. Ese descarnado entramado visual juega con el cuerpo en su estado natural, aparecen las desnudeces, como un acto de expiación después de muerto, con sus genitales al aire, con la sangre manando por su piel y con el frío del silencio por unas decisiones tomadas sin advertir, que con ellas, se estaba deteriorando definitivamente la de sus propios hijos. En esa misma línea se muestra un último acto violento, la venida  a la luz de un bebé que se encuentra con su madre en medio del campo, mientras su casa arde, aquella que nunca verá, como si tuvo que hacerlo su madre asesinaba por la piedad y en ello, no puede haber ningún remordimiento.  Esa consecuencia de florecimiento es el producto de otro acto violento, la decisión de los sentidos abigarrados en lo indómito de la vida, en el campo salvaje que toma venganza de los actos a pesar de sí mismo: una violación que hermano y hermana toman como algo natural, pero no es un consentimiento sino un exceso de contagio entre dos seres que no saben qué significan los lazos de sangre. Ese no autorreferenciarse es una consecuencia de la carencia de educación. Con esas derivas culturales por la falta de un proceso formal de educación, cualquier cosa es admisible, hasta la endogamia.  A quién puede sorprender que una niña tenga un niño cuyo padre es su propio hermano, cuando, los límites se encuentran aprisionando la cara, sin perspectiva, sin que los ojos adquieran distancia para ver más allá de las sombras.
“La petite fille qui aimat trop les allumettes” es la adaptación cinematográfica de una novela del mismo nombre, que escribió el canadiense Gaétan Soucy. Esta película es la exudación de la naturaleza humana en condiciones extremas, una inadaptabilidad que surge como tragedia en un entorno rural que representa lo que podemos hacer, los horrores, sin que a ello quepa una pizca de extrañeza. Al hombre ningún comportamiento le es ajeno.

Comentarios

Entradas más populares de este blog