La forma del agua

De Guillermo del Toro

La película es un bello cuento sobe una mujer que no puede hablar y un ser del agua que se encuentran un día por esas cosas de la vida. Ese mundo fantástico en el que vive ella busca nuevas vías de extensión en la realidad, pese a las maldades del mundo exterior. Ese sueño donde nace el amor, la imaginación y la fábula, tiene como marco la Guerra Fría, con esos personajes malvados que pululaban por los contornos de un modo de vida americano. Los personajes son estereotipos que se funden con el cuento. Guillermo del Toro continúa con sus bellas historias, donde viven monstruos, niñas encantadas, hombres inconformes y marginales que se inventan nuevas realidades para sobrellevar la que les ha tocado vivir. En la obra yacen símbolos personales de su mundo de cineasta empedernido, con libros, bocetos, lápices, todo un universo de ñoño que se entrega plenamente a su trabajo que coincide con sus propias pasiones. La dirección de arte es maravillosa. Los colores verde azulados contrastan con esos tonos dorados y amarillos de las casas de familias estadounidenses en una época álgida y de unión nacionalista en los años 50. De esas obsesiones de autor, sobresalen las películas clásicas que se ven en esos televisores de escritorio. Es un homenaje a ciertos actores que seguramente acompañaron la infancia del director español. Las hermosas imágenes en algunas escenas son dignas de cualquier póster. La banda sonora es creativa, su hermosura acompaña cada una de las imágenes con una nostalgia envolvente. Al parecer, los personajes extravagantes, maximalistas, son figuras que opacan las historias de las películas de Del Toro, pero detrás de  ellos, hay todo un universo propio, con preocupaciones de corte político y existencial que han sido abandonados por su suerte, o mejor por las decisiones de los otros que los dejan a  la deriva, en una soledad enfermiza, con la cual se regodean y la hacen suya como su máxima compañera y a ella,  se entregan con una dedicación tal que le sacan todo el provecho posible. Por ejemplo, “En el espinazo del diablo”, se siente permanentemente una amenaza de guerra, que una bomba en medio de un patio se encarga de poner en los miedos de la gente como un sino político, en donde los odios se siembran. Los fantasmitas pululan por allí, asustando, son un símbolo de todo lo que puede incubarse en el alma de los individuos que libran una guerra o de las que simplemente son víctimas por un azaroso devenir. En “El laberinto del Fauno”, aquel ser extravagante, de tamaño increíble es la floración de los temores que la pequeña Ofelia siente, ante los desmanes de su padrastro, un militar franquista que persigue a un grupo de  revolucionarios españoles.
Ese mundo cargado de símbolos personales que el director imprime en sus películas, tiene una mezcla de ternura y dureza, con acciones tiernas que llevan  a cabo personajes ingenuos, alejados de la masa, por eso, su mundo es una especie de edén aislado que ante los demás encarnan lago de locura, pero también de acciones violentas que pueden incluso perturbar la tranquilidad de los espectadores.
“La forma del agua” es la suma de tres renegados sociales, quienes no son comprendidos por las personas que los rodean.  Elisa, es una joven muda que se compadece de un ser extraño que viene del agua. De su vecino Giles se puede plantear lo mismo, artista y gay, sus obras no son valoradas socialmente. En la soledad se encuentran ambos como el último recodo del camino en un ambiente polarizado por los odios políticos del Capitalismo y El Socialismo soviético. El último de ese tipo de personajes es un ser del océano que ha tomado forma propia por la materialización de los odios que la persecución militar ha instaurado sobre él. Esa proyección o bien de un ambiente enrarecido debido al clima de inminente guerra o tal vez por la proyección de la joven aseadora que  le da vida con sus múltiples manifestaciones de afecto. Lo que viene después es una historia de complacencias con el público por la conmisceración que genera aquel ser sobrenatural que se ha humanizado por el amor de una mujer. Situaciones absurdas ocurren si se juzga el contexto general de la historia, pero cada una de las secuencias va conduciendo a la total credibilidad de los acontecimientos. El amor entre ellos, es un oasis para el público que va presintiendo un desenlace trágico. Pero al final de la obra siempre parece una esperanza.
De los actores, Sally Hawkins y Richard Jenkins, cumplen con interpretaciones admirables, sobretodo la primera, una actriz a quien le calzan bien los personajes sufrientes, con los cuales es imposible no identificarse. Su anterior papel sobre la pintora canadiense Maud Dowley, es una interpretación brillante. Tiene la característica poco frecuente de combinar dulzura y aparente fragilidad. De su compañero de reparto, se destaca la seriedad adaptada a las condiciones de un proscrito social.  Los otros dos actores del reparto están son Octavia Spencer, una mujer que siempre es un apuesta segura en películas que requieren de apuntalamiento dramático y, el gran Michael Shannon, un actor impecable que en algún momento se encumbrará como el mejor actor de Hollywood y de pronto del cine no Hollywood. Su calidad como intérprete eleva la película a una posición importante dentro de las buenas películas del 2017.

Comentarios

Entradas más populares de este blog