En cuerpo y alma
De Ildyko Enyedi
La película habla sobre la inadaptación, el extrañamiento, la
incapacidad para relacionarse...ciertos comportamientos tienen sus raíces en
historias personales que no podemos juzgar por el desconocimiento que tenemos
de ellas. Una mujer sueña que es un ciervo, y en aquel sueño se encuentra con
otro ciervo, es macho, se tocan, muy tiernamente; increíblemente, un hombre
mayor, sueña lo mismo. Esa joven, no ha tenido contacto físico con nadie, juega
con muñequitos para intentar simular una posible
relación. En esta historia abundan los contrastes, la pasibilidad y la
violencia. El escenario es un matadero de reses, donde viven personas
acostumbradas a la sangre, pero también acostumbradas a los silencios. Esta
película húngara tiene dos grandes actores que llevan esta historia hasta sus
últimas consecuencias. A todas luces, estamos en presencia de una gran película.
Esa maestría se puede analizar desde tres
frentes al menos. Su tema es de actualidad y es polémico porque muestra la
imposibilidad de la comunicación en una sociedad en la que aparentemente
abundan los medios de comunicación masivos, en primer lugar. Su delicada
construcción de planos que brindan puntos de vista subjetivos como un
homenaje o un respaldo a personajes
apartados por la “normalidad”, en segundo lugar. Su gran dirección de actores,
es el talento de un reparto maravilloso capaz de crear un mundo interior y un
clima exterior de opresión social, en tercer lugar.
El punto inicial corresponde a la puesta en
evidencia de ciertos comportamientos que podrían parecer anormales, por las
etiquetas sociales, que van generando una serie de pautas, de las cuales,
apartarse constituye una exposición a la
discriminación. Las graves miradas de los otros son una marca de
maniobrabilidad en la cual, las personas generan lazos de suficiencia para
cumplir con su funciones cotidianas. Las burlas, no son simplemente una
obstaculización individual, sino una tendencia de actitudes con las que un
conjunto de personas concede ciertos permisos de desenvolvimiento colectivo. En
la obra, una mujer joven y bonita llega a una central de sacrificio como
inspectora de calidad, con un deje de autismo por sus reservas y su imposibilidad de construir
relaciones avaladas socialmente como estándares. Sus palabras a destiempo, sus
miradas fijas en objetos y en personas, su interacción impostada para parecer
normal, obligan a pensar al espectador
que este personaje ha sido moldeado por
las influencias anteriores, tal vez de familiares (en la obra no queda claro).
Como un aspecto confirmante de la situación sospechada por el público, aquella
mujer tiene citas periódicas con un terapeuta que, incluso, frente a tamaña
desproporción de imposibilidad interactuante, siente que no puede brindarle la
ayuda suficiente. ¿Cómo aceptar el contacto, y peor aún, cómo acostumbrarse a
él cuando la única piel que se ha sentido sobre el cuerpo de uno es la de uno
mismo? El terapeuta, rebasado por algo tan sui géneris, se sorprende ante la
prueba de animales para lograr un contacto con una piel de un ser viviente, que
en “el matadero” de reses y de cerdos, estos animales pueden ser un buen
entrenamiento para lograr aquello. El colmo de la incomunicación se aprecia en
la necesidad de comparar un celular ante el posible llamado telefónico de su
jefe, un hombre mayor e inválido de una mano, que empieza a hablar con ella.
Este simple hecho ya ni siquiera es considerado un acto de rebeldía sino un
síntoma de desadaptación social. María
es solitaria por desconocimiento, no porque no tenga la capacidad de
interrelacionarse. En la vida de los seres humanos todo es construido
socialmente, la cultura moldea a las personas a su imagen y semejanza y
establece normas de comportamiento que genera también ciertas actitudes,
acceso, uso y trato de ciertos objetos que son valorados por una comunidad. El director, Ildikó Enyedi tiene el mérito de
dibujar al personaje como una víctima de la sociedad; si alguien es responsable
de las actuaciones individuales es el colectivo. María es un alma relegada,
pero alberga una contenida necesidad de ser amada por alguien, por eso las
reacciones desmedidas ante las actitudes de los otros, no se muestran inverosímiles.
El segundo punto combina unas imágenes muy
fuertes sobre todo por la muerte de los animales que se sacrifican en ese lugar, un sitio donde se producen
comportamientos de dudosa ética, con puntos de vista subjetivos donde el
director se encarga de generar perfiles de solidaridad con un personaje tan
extraño para el mundo. Las perspectivas, las posiciones de las cámaras, el
tamaño de los planos, realzan el sufrimiento de María y la comprensión de Endre
sobre esa muchachas desadaptada. Los primeros planos a veces aumentan la
sensación de felicidad que experimentan este hombre y esta mujer, proscritos, tal
vez auto proscritos por una decisión de huir del mundo. La recompensa de los dos, viene por el amor
que es mostrado desde la perspectiva de María, principalmente, en un ritmo de
la máxima felicidad posible que dos seres, uno por desencantamiento de sus
relaciones de pareja anteriores y otro por el inmenso vacío que significan los
otros.
Finalmente,
Morcsányi Géza y Alexandra
Borbély, cumplen con dos excelentes papeles, de una sutileza envolvente y con
la credibilidad que dos personajes tan disímiles en experiencias pero tan
unidos en la soledad, pueden construir en este entramado de carencias
afectivas. No solamente el uno para el otro constituye el equilibrio de la
balanza donde el fiel apunta hacia el espectador, que se conmueve de ellos,
sino que balancea los rostros, las miradas, las palabras de los dos en esos
lugares tan disímiles donde reina el desbarajuste, que no puede ser adivinado o
diagnosticado por ningún parámetro psicológico. Lo clínico a veces no opera en
comportamientos tan sesgados socialmente.

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