Llámame Oliver, yo te llamaré Elio

De Luca Guadagnino

Un guion de James Ivory que ilumina una gran obra sobre el amor. Dos jóvenes se encuentran en unas vacaciones estivales y encuentran que los afectos pueden despertarse en cualquier momento y en cualquier lugar. El arte clásico como telón de fondo, es el marco de un amor entre dos hombres que tienen claras preocupaciones intelectuales, que buscan en la erudición, una manera de despertar el deseo erótico. Esta película es un manifiesto sobre la vida polinizada por los sentimientos entre personas con gustos comunes, más allá del género y más bien, queriendo romper esas tapias culturales que impiden las expresiones de afecto. En todo ello, hay un dolor que reside en el descubrimiento y en la confirmación; todo llega con lágrimas y termina con llanto, pero siempre deja una enseñanza que el padre del chico menor, sabiamente explica a su hijo. El amor es una expresión del arte en la medida que éste entraña belleza en los sentimientos, en la medida que el placer es un nuevo visitante en la vida de las personas. Las esculturas que aparecen en la obra son una incitación a la admiración del cuerpo humano como un producto acabado de la naturaleza; ella encuentra su lugar cuando tiene que hacerlo. Una gran película italiana que seguramente tendrá cosas importantes para decir en las nominaciones de los premios cinematográficos del mundo.Pero vamos por partes. La década del ochenta del siglo pasado dejó una alegría estética que se reflejó fundamentalmente en la música, sin olvidar otras expresiones artísticas que también contribuyeron  a hacer de esos años, una suma de contradicciones: en medio de una posible guerra nuclear, los jóvenes buscaban otros horizontes de vida, más optimistas. Ese clima moral, ahonda la insatisfacción de Elio acerca de todo: de su padre tiene la influencia del arte que lo lleva  a buscar refugio en la literatura, mientas su madre lee en una noche sin electricidad, unas líneas alemanas. Ese descubrimiento de satisfacciones es un camino de reafirmación o de simple hallazgo de una identidad como persona que apenas se asoma en el horizonte. Elio comparte ciertos momentos con sus amigos de vacaciones pero sus momentos de tranquilidad los encuentra en soledad. Con la aparición de un estudiante de su padre, de nombre Óliver, sus sentidos logran despertarse. Leves detalles de ilustración, inquietudes distintas como las acepciones de palabras latinas y griegas, llaman la atención de Elio. Esa primera llama de atracción, se va diluyendo en signos ratificadores de una “normalidad” que ninguno de los dos jóvenes intenta romper. Óliver coquetea con las muchachas, baila y brinda una apariencia de hombre heterosexual a los ojos del otro, quien, por su parte, busca una confirmación de su sexualidad en una joven del lugar.
Pero el amor va naciendo lentamente, con suaves insinuaciones de Elio, quien toma energía del agua que todo el tiempo aparece en la película como una purificación del cuerpo, esencia del alma que trae del mar, las esculturas helénicas halladas en el  Mediterráneo. Luego llega la aparente prohibición del joven mayor sobre el desborde de los instintos, que luchan por no traicionar el carácter reservado de Elio. En ese estanque de pasiones encontradas, ambos muchachos dejan salir sus deseos y chocan sus cuerpos como dos enamorados que tienen la plena libertad en esa casa añeja, típica construcción europea que se adorna de las calles empedradas con ese peculiar estilo ochentero. El espectador, frente a esas exhibiciones amorosas de los dos jóvenes, curiosamente, no siente ninguna presencia exterior que pudiera interrumpir el romance. Sólo al final, el padre de Elio, da a entender a su hijo que estaba enterado de la relación, sin reprochar un solo detalle de lo que tuvieron ellos; por el contrario, en una demostración de sabiduría, aquel padre educado le dice a Elio que ha sido tocado por la fortuna al encontrar en ese tiempo, el amor de alguien que le corresponde. Obviamente, el guion, escrito por el genial James Ivory, tiene la sabiduría de un hombre que ha contado historias de personajes complejos, casi siempre reprimidos por la moral. En este filme, los padres de Elio, son una especie de catarsis que permite encontrar salidas a la encrucijada de decir cosas que las palabras puedan atenuar pero que al mismo tiempo permitan decirlo todo. No obstante, el tiempo va girando la vida hacia nuevas perspectivas. Oliver, en una llamada telefónica luego de su separación, le cuenta de sus intenciones de casarse con su novia, que a pesar de todo, lo extraña. Elio, entiende que el amor no necesariamente se asocia con la felicidad. Contra la fuerza de los acontecimientos, el amor, no tiene armas para luchar.

Esta historia, contada magistralmente por el director Luca Guadagnino abre nuevos rumbos al cine de amor homosexual. No hay tremendismos, las imágenes son serenas, el ritmo de la película se va abriendo paso en sus justas proporciones. Tanto Elio, interpretado por Timothée Chalamet  y Óliver, interpretado por Armie Hammet, son dos personas que se expresan afectivamente, en unas vacaciones de verano. La casualidad, a veces puede dejar una impronta imperecedera en alguien, quien puede descubrir rasgos de su personalidad que sólo la vivencia deja ver. Los deseos del cuerpo son deseos del alma que se funden en una misma persona. Se refleja en los contornos de las esculturas, en el melocotón que se convierte en una metáfora de carne que despierta la sensualidad en un joven que bate las puertas de una ventana que el mundo le abre.

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