Las vallas de la furia

De Martin McDonagh

Una madre desesperada toma una decisión radical. Encarga tres vallas en las afueras de un pueblo a un joven diligente, al costado de una carretera que casi nadie transita; en ellas, inculpa indirectamente al sheriff del pueblo por la negligencia policial debido a la pobre investigación sobre la violación y asesinato de la hija de aquella mujer. El sheriff es un hombre con un cáncer de páncreas que es admirado por la gente del lugar, pero que nunca tomó el caso de la mujer y su hija con la suficiente responsabilidad. Los policías del sitio, son menos que mediocres, pero, en ese confín estatal, las rabias, los odios y los resentimientos empiezan a aflorar. Ningún personaje es malo ni bueno, todos son susceptibles de hacer daño al otro, cada uno de ellos puede explotar cuando menos piense la gente. En esta película no hay contemplaciones, la violencia es un componente natural de los hombres y las mujeres. La madre no es una mujer perfecta, solo busca justicia, como cualquier madre a quien le arrebatan su hija, pero, sabe que la crianza de sus hijos no fue precisamente un ejemplo para nadie. Sus culpas navegan en medio de un ambiente hostil, donde el director teje sus propias obsesiones como artista. La sangre y las explosiones de ira son esperables en cualquier momento, pero también pueden sorprender por las reacciones inesperadas de cada personaje. Parece una película de personajes solamente, pero ese marco hostil, enraizado en la tensión que generan las vallas en el pueblo, es la punta de lanza de cada uno de los individuos que toman partido en uno u otro sentido. El personaje más visible es el de Mildred, una señora de 50 años, con una cara seca, impenetrable, inamovible frente a cualquier estímulo, pero, a medida que va transcurriendo la película, los espectadores nos vamos dando cuenta de su motivos; es imposible no ponerse del lado de aquella mujer resentida, víctima de circunstancias que incluso, a pesar de sus culpas, es una especie de agente del destino.  La lucha que libra por lograr una justicia verdadera, es producto del tiempo; luego de unos años de ocurrida la violación y el asesinato de su hija adolescente, decide emprender una cruzada en solitario, aún en contra de las autoridades tradicionales que son las mismas de la ley. Ni su hijo, ni su ex esposo la quieren y ella es consciente de su propias faltas ante su familia; el lenguaje que utiliza para con los suyos es agresivo; ella tiene claro que no fue la mejor madre ni que su ejemplo, fue bueno. Hacia los vecinos del pueblo, no tiene mayores consideraciones.  McDonagh, un director que viene del teatro, específicamente de eso que algunos denominan “el teatro de la crueldad”, hace concesiones al espectador en ciertos momentos donde sus personajes de la película tienen ciertos abandonos de generosidad; Mildred frente al jefe Willoughby, quien padece una enfermedad terminal y por momentos se deja vencer por ese terrible cáncer que lo destruye y juega en contra de esta vecina problemática; Mildred frente a ese policía mediocre llamado Dixon, quien entiende que su desidia como policía ha contribuido a degenerar la confianza de los ciudadanos que depositan su confianza en ellos; Mildred frente a su ex esposo y a su hijo que la tratan como a una delincuente, y cuyos reclamos son recibidos con la misma furia.  Por su parte, el sheriff sólo es un funcionario que ha intentado cumplir con su deber de la mejor manera; él también es consciente de su negligencia en la injusticia que se ha cometido contra la mujer que ahora lo agrede y a la que ha visto siempre en el pueblo. Willoughby, es víctima de la naturaleza, y ese hecho injusto para él, termina sacrificándolo, pero antes de eso acepta la culpa y da razones a la mujer atribulada por su hija para que siga persiguiendo su objetivo. La muerte del Sheriff es quizá la muerte de la esperanza en la justicia que  a pesar de su inoperancia, los que la rigen son plenamente sabedores de que no ha cumplido con la misión que la sociedad le ha conferido. También está Dixon, un  policía pendenciero y mediocre que un día explota de rabia por  la muerte de su jefe. Esa decisión tajante por la violencia, es un síntoma del odio que se teje sobre los habitantes de ese pequeño pueblo.  Su despido del cargo es el regreso al seno materno, del cual no quiere salir.
Con cada uno de estos personajes se confecciona una historia sólida. Cada uno de ellos, tiene un mundo propio y es afectado coherentemente por los otros. Las reacciones de ellos frente a las agresiones son inesperadas, con lo cual, la película no puede catalogarse como convencional por la destrucción de estereotipos.
Al final, el director es muy enfático con el modo como ve la vida. Detrás de su película no queda mucho para interpretar. Si una persona o una comunidad, no encuentra un objeto de desahogo que la justicia le brinde, entonces es razonable inventárselo. A los seres humanos es posible endilgárseles cualquier reacción, pero es poco inteligente etiquetársele como si fueran máquinas a quienes se maneja lingüísticamente como un control remoto. La ira es un sentimiento que genera violencia, es decir, ésta es connatural  a la condición humana

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