El príncipe de las
mentiras
De Barry Levinson
La última película del director
estadounidense, Barry Levinson, muestra
el ascenso, las ejecuciones y el declive de un trabajo silencioso de un hombre
dedicado a los negocios que, a través de un esfuerzo recurrente, una voluntad de
hierro y una ética flexible, se ganó la confianza de cientos de personas que
decidieron apostar en él a la hora de invertir
su dinero en negocios financieros, sin
sospechar siquiera que esa fe denodada terminaría en la ruina y en el fraude.
Levinson, director que ha legado buenas películas como Sleepers, Tootsie y Rain Man,
entre otros, esta vez enriquece una historia como éstas con el drama vivido por
el inversionista Bernard Madoff, quien, aparte del derrumbamiento de su carrera
tuvo que padecer la caída de su familia por las miradas públicas. Su esposa y
sus dos hijos reconocieron ese fraude como algo de lo que no se enorgullecían,
e incluso hicieron recriminaciones mediáticas a su progenitor para quien, la pérdida de la
vida de uno de sus hijos, fue quizá el más grande de los castigos que la vida
pudo darle.
Bernard Madoff, se convirtió en
el mayor defraudador individual de toda la historia financiera por medio de los
engaños sistemáticos infligidos a sus clientes quienes depositaron su confianza
total en aquel hombre, quien llegó a los 52.000 millones de dólares como cifra
de defraudación. Sus clientes siempre fueron exclusivos, incluso algunos de
ellos se pelaban por obtener esos servicios que inicialmente los hacía rendir
en cantidades exorbitantes, pero con el paso de los años, se iba apoderando del
capital invertido. Como parte de su “empresa criminal”, siempre tuvo la
previsión de contar con pocas personas para sus actividades delictivas, uno o
dos colaboradores que eran de la plena confianza de Madoff y que solamente
fueron descubiertos cuando el fisco había capturado a aquel. Ni sus hijos a
quienes también involucró a su empresa,
ni su familia, ni sus amigos más cercanos sospecharon y menos aún, dudaron de
ese hombre “íntegro”, ni siquiera cuando la empresa no mostraba los mejores resultados
de rendimiento. A éstos, los rodeó de lujos, les dio la mejor educación, y les
ofreció un mundo del cual no había la más mínima sombra de duda.
Esa vida aparente de una ética
matemática, sin tacha alguna, es lo que puede destacarse fundamentalmente de la
película. Ese rostro serio de Robert de Niro, su poca gestualidad y su carácter
ganador de confianza, son bien mostrados en cada uno de los planos, en esta
obra que es interpretada por el actor de manera superlativa, lejos de esas
expresiones caricaturescas a veces que uno encuentra en otras de sus películas.
De Niro es un actor que puede llegar a
esos niveles de contraste: de un avillanado personaje a un hombre común que
transita por ahí sin ser percibido por nadie. Aquí se muestra maravilloso.
Enfoca su trabajo en la economía de palabras, en un tinte avinagrado pero
ecuánime y en una entrega casi religiosa a
su familia. En los únicos momentos
de exacerbación, aparece su familia, pero el grueso de su trabajo no
parece afectar ese semblante inexpugnable del
actor estadounidense. Esa magnífica interpretación, es complementada por
la otoñal Michel Pfeiffer, quien asume un papel
bien logrado y que pasa de una entregada y abnegada esposa a una mujer
decepcionada de aquel hombre a quien le
dio sus mejores años. Las burlas
públicas y la sanción social afectaron ostensiblemente la vida normal de esa
señora. Acostumbrada a recibir económica y emocionalmente los mejores cumplidos
posibles. A veces se descompone, llama a
sus hijos para mostrarles sus afectos pero estas evasivas hicieron de sus
últimos años, un infierno.
Ahora parece que los cineastas
norteamericanos quieren desnudar las falencias del sistema económico mundial,
empezando por develar a individuos que decidieron salirse de la norma. Pero,
aunque a veces se requiera agudizar demasiado la
imaginación, hay una tendencia a los pequeños halagos por la brillantez de los
que decidieron engañar a miles de
personas. “El lobo de Wall Street” es una de esas películas. De ese afán de
“humanizar” a estos delincuentes, se desprende quizá, una pretensión de sanidad
que el mismo sistema financiero se encarga de desentrañar y que ahora el cine
muestra con ampulosidad. Bernard Madoff es un producto del capitalismo que éste
rechaza pero que se encarga de formar también.

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