David Lynch, un artesano de la imagen





David Lynch tiene la imagen en la sangre. Sus obras audiovisuales se encuentran cargadas de ese talento que muy pocos cineastas tienen: mostrar, aun en lo más explícito, una simbología particular con la cual llena la realidad de un mundo propio. Eso es “El arte de la vida”, un autorretrato documental, en donde combina algunos episodios de su vida con su visión estética del mundo, recreada en cuadros que va creando cuando las películas le dan otro tiempo.
La vida del director estadounidense, está plagada de contrastes. Su familia, dice él, le dio los momentos más felices de su vida. Los recuerdos que construye y que narra con su propia voz, son experiencias de las cuales se extraen las personas y los acontecimientos que se aúnan  a esa propensión natural a la creación. Esa gestualidad impertérrita, solo queda levemente perturbada por una que otra manifestación de afecto a sus seres queridos. Pero aun así, toda la energía vital de Lynch está supeditada a las necesidades de creación que el arte le va señalando. Si bien su padre, cumplió cabalmente con sus obligaciones familiares, también se opuso, en algunos momentos a ciertas decisiones que un joven artista había tomado, cuando se encontraba definiendo el futuro no muy claro de esos primeros encuentros con la pintura. Su personalidad jovial pero introvertida, lo hacía encerrarse meses enteros en algunas de las decenas de habitaciones alquiladas para empezar o terminar muchos de los proyectos artísticos en los que se embarcó  a lo largo de toda su vida. Su paso por Europa fue tan fugaz que sus ansiedades de encontrarse con la “alta cultura” lo  regresaron luego de un mes a su país. Como que tanta energía acumulada para  la creación, no necesitaban de viajes exteriores para seguir volando sobre planicies desarrolladas una  y otra vez en esa mente despierta, siempre hiperactiva y pegada a su alma como una rémora que molesta y   de la que no se pueda soltar. Las mujeres que pasaron por su vida se prendieron inmediatamente de un joven talentoso pero nada prometedor como pareja estable por las intermitencias de ese carácter.
Sin embargo, David Lynch, siempre pudo conciliar las fuertes embestidas de su propia personalidad con las experiencias poetizadas en su vida que fueron construyendo las personas que llegaron como un huracán a transformar su visión del mundo.
“El arte de la vida” es un manifiesto muy personal de situaciones poéticas que son reflejadas en ese mundo imaginario que ha sido puesta  en imágenes por un hombre que ha sabido canalizar tanta energía creativa en cuadros.  Para Lynch, la vida es precisamente la única posibilidad de obtener los ingredientes necesarios para preparar a un hombre para la vida. Esa mezcla de situaciones, de experiencias, de encuentros y desencuentros se convierte en caminos pedregosos que se dispersan en múltiples encrucijadas por las cuales debemos transitar para descubrirnos. Al final de la vida lo único que nos queda son los atrevimientos, los riesgos de sostener una lucha con nuestros propios miedos para hallarnos en cualquier recodo del camino. Para este hombre impenetrable, sólo el arte tiene la clave para salvarnos del enorme peso que constituye la vida creativa.  Ante la amenaza latente de que los excesos de creatividad eliminen las limitaciones del cuerpo, queda el desfogue que  brinda  el tiempo en la creación. Ese descubrimiento  puede resultar tan peligroso para la salud o puede devenir en la experiencia más hermosa del mundo, si uno logra dar con algo que realmente te consuela. En eso radica encontrar los vericuetos del estilo. David Lynch, encontró su lugar en el mundo, pese a las dudas que sus mismas obras le han suscitado como un hombre perfeccionista. Pero tal perfeccionismo no es un simple capricho extremo de un individuo enquistado en las paredes del escrúpulo, sino, la necesidad constante de ubicar en su justa medida las potencialidades del arte.
El documental, indirectamente muestra las efusiones artísticas que luego se verán en las películas de David Lynch. Los pasadizos secretos de los cuales se desprenden esos monstruos humanos que prolongan sus extremidades a otras dimensiones y a otros lugares se adivinan en los diálogos y en las imágenes de varios de sus filmes, como un entrecruzamiento de sensaciones y pensamientos inconscientes que salen a la luz por medio del arte.  El uso del color oscuro, y la simbología sangrienta, son la expresión más palmaria de una simbología onírica que tiene que mostrarse en la pintura o en la escultura. Ese estilo personal, se ha venido gestando solo, el artista simplemente se deja llevar por la obra, es ella quien impulsa la energía vital desde adentro, el exterior tan sólo es una de las muchas posibilidades que la energía creativa desarrolla para expresar lo que los otros dejan en uno. La necesidad de diferenciarse en Lynch no es un producto caprichoso de un rebelde sin causa sino los efluvios naturales de una fuerza cósmica que se expresa por medio de un hombre. El artista simplemente presta sus manos para dejar salir las energías creativas al mundo.
“El arte de la vida” es una obra de arte cuyo protagonista es el mismo artista. De su talento personal se ha desprendido un estilo único, quizás el del artista más importante que ha dado el mundo cinematográfico que respira imágenes como respirando el aire que tomamos todos. Por eso, la obra de David Lynch es patrimonio universal que ha enriquecido el arte como quizás ningún otro artesano de la imagen lo ha hecho antes.

David Lynch tiene la imagen en la sangre. Sus obras audiovisuales se encuentran cargadas de ese talento que muy pocos cineastas tienen: mostrar, aun en lo más explícito, una simbología particular con la cual llena la realidad de un mundo propio. Eso es “El arte de la vida”, un autorretrato documental, en donde combina algunos episodios de su vida con su visión estética del mundo, recreada en cuadros que va creando cuando las películas le dan otro tiempo.
La vida del director estadounidense, está plagada de contrastes. Su familia, dice él, le dio los momentos más felices de su vida. Los recuerdos que construye y que narra con su propia voz, son experiencias de las cuales se extraen las personas y los acontecimientos que se aúnan  a esa propensión natural a la creación. Esa gestualidad impertérrita, solo queda levemente perturbada por una que otra manifestación de afecto a sus seres queridos. Pero aun así, toda la energía vital de Lynch está supeditada a las necesidades de creación que el arte le va señalando. Si bien su padre, cumplió cabalmente con sus obligaciones familiares, también se opuso, en algunos momentos a ciertas decisiones que un joven artista había tomado, cuando se encontraba definiendo el futuro no muy claro de esos primeros encuentros con la pintura. Su personalidad jovial pero introvertida, lo hacía encerrarse meses enteros en algunas de las decenas de habitaciones alquiladas para empezar o terminar muchos de los proyectos artísticos en los que se embarcó  a lo largo de toda su vida. Su paso por Europa fue tan fugaz que sus ansiedades de encontrarse con la “alta cultura” lo  regresaron luego de un mes a su país. Como que tanta energía acumulada para  la creación, no necesitaban de viajes exteriores para seguir volando sobre planicies desarrolladas una  y otra vez en esa mente despierta, siempre hiperactiva y pegada a su alma como una rémora que molesta y   de la que no se pueda soltar. Las mujeres que pasaron por su vida se prendieron inmediatamente de un joven talentoso pero nada prometedor como pareja estable por las intermitencias de ese carácter.
Sin embargo, David Lynch, siempre pudo conciliar las fuertes embestidas de su propia personalidad con las experiencias poetizadas en su vida que fueron construyendo las personas que llegaron como un huracán a transformar su visión del mundo.
“El arte de la vida” es un manifiesto muy personal de situaciones poéticas que son reflejadas en ese mundo imaginario que ha sido puesta  en imágenes por un hombre que ha sabido canalizar tanta energía creativa en cuadros.  Para Lynch, la vida es precisamente la única posibilidad de obtener los ingredientes necesarios para preparar a un hombre para la vida. Esa mezcla de situaciones, de experiencias, de encuentros y desencuentros se convierte en caminos pedregosos que se dispersan en múltiples encrucijadas por las cuales debemos transitar para descubrirnos. Al final de la vida lo único que nos queda son los atrevimientos, los riesgos de sostener una lucha con nuestros propios miedos para hallarnos en cualquier recodo del camino. Para este hombre impenetrable, sólo el arte tiene la clave para salvarnos del enorme peso que constituye la vida creativa.  Ante la amenaza latente de que los excesos de creatividad eliminen las limitaciones del cuerpo, queda el desfogue que  brinda  el tiempo en la creación. Ese descubrimiento  puede resultar tan peligroso para la salud o puede devenir en la experiencia más hermosa del mundo, si uno logra dar con algo que realmente te consuela. En eso radica encontrar los vericuetos del estilo. David Lynch, encontró su lugar en el mundo, pese a las dudas que sus mismas obras le han suscitado como un hombre perfeccionista. Pero tal perfeccionismo no es un simple capricho extremo de un individuo enquistado en las paredes del escrúpulo, sino, la necesidad constante de ubicar en su justa medida las potencialidades del arte.
El documental, indirectamente muestra las efusiones artísticas que luego se verán en las películas de David Lynch. Los pasadizos secretos de los cuales se desprenden esos monstruos humanos que prolongan sus extremidades a otras dimensiones y a otros lugares se adivinan en los diálogos y en las imágenes de varios de sus filmes, como un entrecruzamiento de sensaciones y pensamientos inconscientes que salen a la luz por medio del arte.  El uso del color oscuro, y la simbología sangrienta, son la expresión más palmaria de una simbología onírica que tiene que mostrarse en la pintura o en la escultura. Ese estilo personal, se ha venido gestando solo, el artista simplemente se deja llevar por la obra, es ella quien impulsa la energía vital desde adentro, el exterior tan sólo es una de las muchas posibilidades que la energía creativa desarrolla para expresar lo que los otros dejan en uno. La necesidad de diferenciarse en Lynch no es un producto caprichoso de un rebelde sin causa sino los efluvios naturales de una fuerza cósmica que se expresa por medio de un hombre. El artista simplemente presta sus manos para dejar salir las energías creativas al mundo.
“El arte de la vida” es una obra de arte cuyo protagonista es el mismo artista. De su talento personal se ha desprendido un estilo único, quizás el del artista más importante que ha dado el mundo cinematográfico que respira imágenes como respirando el aire que tomamos todos. Por eso, la obra de David Lynch es patrimonio universal que ha enriquecido el arte como quizás ningún otro artesano de la imagen lo ha hecho antes.



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