Trainspotting, veinte años después.



Una de las películas icónicas de finales de siglo es “Trainspotting”. Su trascendencia radica en que representa las aspiraciones de muchos jóvenes que se vieron envueltos en una época de decepciones políticas, de grandes cambios culturales que dejaron varias generaciones en una especie de incredulidad general. De ese mundo bipolar que había fenecido casi una década antes, quedaban miles de jóvenes que vieron un refugio alternativo en las drogas y que unieron fuerzas para arremeter contra la autoridad tradicional, tan autoritaria, y cuyos contenidos se afianzaron en mayor medida en las familias del mundo. Sintomática fue esa actitud de encontrar unas evasiones lo suficientemente fuertes en donde se pudiera construir un mundo de formas surrealistas, capaz de blindarse a las presiones sociales infundidas por un neoliberalismo rampante, un bombardeo de información y una persecución tecnológica sin límites que hasta la vida privada se había arrogado como privilegio suyo.
Esta segunda parte, contó con la dificultad de tener que desmarcarse de la primera, puesto que, ese boom publicitario se había constituido en la carta de presentación de su director y de todos sus productores.
En primer lugar, la dificultad estribaba en el paso del tiempo. Un paso simultáneo entre los personajes de la obra y los actores, que desde 1996 hasta la fecha habían cambiado físicamente bastante. No obstante dicha simultaneidad contribuyó a darle unos contenidos más realistas a la obra.  Y en segundo lugar, de las imágenes impactantes y por ello mismo paradigmáticas, como por ejemplo la del niño caminando por el techo, en esta segunda entrega, quedan sólo recuerdos que contribuyen a enlazar ambas partes, pero que en términos generales, asistimos a obras distintas en su construcción audiovisual. Y quizá uno pudiera reprochar a su director Danny Boyle, el riesgo innecesario de darle prolongaciones a una película que no las pedía y tal vez no las admitía. Pero ese correr por la cornisa del arte, es digno de alabar a la luz de los resultados del filme. Si este autor inglés no hubiera tenido el nombre que a la fecha tiene, si no hubiera construido una obra sólida, aunque con uno que otro altibajo, este esfuerzo habría resultado vano.
Si resumimos la historia de “Trainspotting” dos, todo podría zanjarse en una persecución. Pero, esa elaboración de los diferentes perfiles, luego de veinte años de separación, es uno de los fuertes de la película. En lo fundamental no hay un cambio de personalidades, pero sí de experiencias. En personajes tan complejos, y en situaciones tan extremas que tuvieron que atravesar por las circunstancias, mostrar qué ha sido de una vida llena de ostracismos culturales, de cuatro “perdedores”, no resulta nada fácil. El director muestra esta historia muy hábilmente, utilizando flashbacks de los personajes en sus andanzas anteriores. Lo que se observa es que cada una de las experiencias y cada una de las relaciones, constituyen un antes y un después de cada uno de estos jóvenes. Queda claro que un mal paso en la vida queda para siempre en la sociedad, porque estos individuos extremadamente “inadaptados”, no parecen que recibieran segundas oportunidades. Esa estigmatización de las personas se arrastra como un lastre para toda la vida.
La película es una expiación por los pecados cometidos en el pasado, pero aún más, es un karma que empezó con los errores de juventud y que la sociedad se encarga de continuar por la sanción moral. Por ejemplo, “Begbie”, el personaje de Robert Carlyle, tiene un hijo, al que quiere introducirlo en el mundo del crimen, pero la misma esposa y aquel muchacho se niegan a seguir los pasos de aquel hombre envejecido y vengativo. Por su parte, Mark Renton, el personaje interpretado por Ewan McGregor, es un hombre que inventa una vida falsa con el ánimo de aparentarla frente a sus antiguos amigos. De los otros dos personajes no se extrae nada nuevo. Uno de ellos, por medio del arte, intenta paliar un poco el dolor que produce una serie de experiencias que arruinaron la vida de mucha gente. Con la escritura de las vivencias en común, aquel personaje busca la captura de situaciones que bien valen la pena relatar quizá como una manera de no olvidar el daño causado, pero sobre todo con el fin de registrar las múltiples vueltas que deja la vida cuando no se tienen nortes, cuando la sociedad se ha encargado de mandar al abismo las vidas de muchos de nuestros jóvenes, que se han sumido en un estado de indefensión e inactividad totales. La imagen de aquellos muchachos que corren por las calles inglesas en la primera parte de esta saga, es una imagen no mostrada de millones de jóvenes que huyen de algo más grande, tal vez indeterminado. Ese temor permanente, es el principal motivo de ingreso al mundo de las evasiones, de las drogas y del alcohol como un alivio ante las tribulaciones de la vida y que la sociedad se encarga de insuflar de manera sistemática en las vidas de esos seres desprotegidos.
“Trainspotting” seguirá en el recuerdo de quienes crecimos bajo la guía de las obras audiovisuales. Pese a que cinematográficamente no tenga unos méritos sobresalientes, la película constituye un documento importante de modos de ser que trascendieron las postrimerías del siglo XX. Un análisis cultural en materia global debería tener como referente importante a esta obra que retrata muchas de las actitudes de nuestros jóvenes, los de hace veinte años y los que ahora tienen veinte.


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