La pornomiseria es
una falacia de “puristas”
La pornomiseria no surge por
generación espontánea. Quienes hemos seguido la
evolución de la obra artística de Víctor Gaviria, nos hemos dado cuenta
que, detrás de ella, se esconde un
trabajo arduo, un trabajo bien planificado en lo estético, en lo
sociológico y en ese algo más que no es ni estético ni sociológico y que
solamente se produce en ciertas almas sensibles. Un estilo único. ¿Por qué,
entonces, no es pornomiseria una película como “La mujer del animal”? Porque en ella no existe la pretensión de lucrarse
económicamente de las miserias que arrastramos los colombianos que son representados,
en este filme, por un grupo poblacional de condiciones vulnerables; claramente,
el animal es un campesino sin educación que ha violado todas las normas de convivencia
posibles, tal vez porque esa posición es una forma de sublevación hacia un
orden político que no le inspira confianza. Un documental clásico colombiano llamada
“Gamín” de Ciro Durán, es un ejemplo de la pornomiseria audiovisual que
proliferó en ciertos años en Colombia con el único fin de obtener dinero por este tipo de obras. De los europeos y norteamericanos
que pagaban altas sumas por las películas vendidas aquí por unos cuantos,
ciertos directores enfocaron todos sus esfuerzos en realizar cuadros amañados
de una realidad fragmentada por la pobreza material y espiritual de Colombia.
Además, Víctor Gaviria, ha pasado alrededor de 8 años de su vida investigando
la violencia de género, entrevistando a decenas de mujeres que han padecido este flagelo, ha convivido con
familias de las comunas más vulnerables de ese Valle de Aburrá que se extiende
como un monstruo de mil cabezas por esas laderas antioqueñas, con el objetivo de
adentrarse en las entrañas de la bestia que
supone la miseria del país. Encontrar en el lenguaje las formas más
acendradas de la violencia le ha
implicado al director antioqueño un conocimiento profundo de la comunicación
verbal de ciertas poblaciones colombianas. También, la elaboración estética de
la película está al servicio de una sensibilidad muy propia; Víctor Gaviria pone
la cámara en lugares exactos, enfoca los rostros cuando hay que hacerlo, se
encarga de angular las personas y a las
cosas de un modo certero; hace correr a
los personajes y detrás de ellos construye las imágenes como un artesano que quiere configurar su mejor obra.
“La mujer del animal” es una declaración de principios: las mujeres son las
víctimas favoritas de una discriminación más grande que la sexual, es una
dominación social de la que el estado ha participado mayoritariamente por
acción o por omisión. Las creencias de las mujeres, son las carencias de un
país que no ha brindado las mínimas condiciones de vida para garantizar un
futuro prometedor para sus ciudadanos. Ese compromiso político no explicitado se
adivina en cada escena, en cada composición de los planos, en cada personaje
violentado o violentador. La sociedad es cómplice de la bestia, el animal
merodea por esas lomas empinadísimas de ternura calcinada que componen las
Comunas de Medellín. De esa historia abatida por el olvido surge la voz del
maestro antioqueño como un sonido delicado en medio de un contexto agreste,
pero audible, enteramente comprensible. Por eso el mensaje, que para los puristas se antoja demasiado explícito, requiere de
diafanidad para ser mostrado a una sociedad indolente y que dentro de su
estructura genética contiene grandes dosis de olvido. La narración de la película
está bien llevada; los personajes se presentan correctamente, las situaciones
se construyen bien, esa ciudad lejana, que se observa privilegiadamente por las
desigualdades del terreno, constituyen una crítica social que la vista
ratifica. Allá, a lo lejos, se haya la ciudad cosmopolita; aquí,
donde la cámara denuncia y a la vez sueña, se ocultan los residuos de una
sociedad clasista como la antioqueña.
Pese a alguna que otra actuación
forzada, lo esencial del mensaje que Gaviria quiere presentar logra
transmitirse plenamente. Ese episodio basado en hechos históricos de la
violencia colombiana, escapa al típico problema
bipartidista o paramilitar narcoguerrillero que venden las novelas colombianas
que típicamente son pornomiseria. Honestamente, no he visto otra película de mejor
confección sobre este problema social (con menos calidad que Rodrigo y
que la Vendedora), que este relato de Gaviria. Logra enrostrar lo que la
sociedad sabe y no se atreve a decir, como aquel miedo de la mujer del animal,
que no escapa, que no reacciona, que deja que su bestia la viole, la maltrate,
la trate como una cosa inservible. El animal es incapaz de sentir amor, su
mundo es un mundo ilimitado, un mundo de vejaciones. Así se crio, la sociedad
lo avaló, las mujeres se le entregaron o fueron presa de su fuerza bruta y de la
fuerza de la inactividad de los otros.
Por eso, porque un autor que
busca despojar su corazón de los demonios, que encuentra en el arte una
posibilidad de congraciarse con su propia alma, que devela, por medio de las imágenes
los ecos perdidos de la desidia y la inconmovible actitud de los colombianos hacia las mujeres, hacia
los niños, hacia los viejos, que muestra a la gente como es, sin maquillajes
pero con una cámara maquilladora por sus posiciones, que explora sociológicamente
la realidad nacional, que nos confronta como un espejo reluciente sobre nuestro
pasado, para remover nuestros deseos de construir un futuro distinto; es, por
todo y con todo, una obra auténtica, de un artista hechizado por sus propias
búsquedas.

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