Vida a la luz de la luna


El remordimiento de Hollywood  con la población afrodescendiente de los Estados Unidos tiene hoy buenos recaudos. Como consecuencia de años y años de ignorar el problema discriminatorio contra esa población, los productores, empiezan a respaldar nuevas propuestas que tienen como propósito desvelar una tradición macabra: la de tapar ese odio de la población blanca en contra de sus coterráneos negros. Filmes como “12 años de esclavitud”, “Selma”, “Dyango Unchained” y la reciente “El nacimiento de una nación”, son ejemplos de esta actitud. Quizá, lejos de la defensa de derechos reivindicatorios, hay un afán de patrocinar este tipo de temas como parte de un interés comercial.
“Moonlight”, del director estadounidense Barry Jenkins, es una obra intimista que, con una sobriedad pasmosa, nos habla de un hombre. Nos habla de un ser que ha descubierto en el mundo potencialidades y  carencias, sin rozar los extremos. Su vida es un proceso que va desarrollándose como un sucedáneo de circunstancias que las relaciones cercanas le van poniendo de frente. Desde el niño que experimenta la tortura de ver  a su madre drogarse, pasando por el joven que descubre su orientación homosexual, hasta el adulto que, modelado por el entorno, se reencuentra con espacios y personas que  le dejaron alguna estela de satisfacción. El gran logro de la película reside en combinar, en sus justas medidas, las experiencias de alguien que no se debate entre las dos puntas de una realidad sino en mostrar cómo las distintas facetas de alguien, van aportando su pequeña cuota en la construcción de una persona.  La obra no se centra en la homosexualidad de “Chiron” o “Sharonne”, ni en el maltrato que recibe por parte de sus compañeros de escuela, o de su propia madre, ni en sus actividades delictivas. La obra no muestra todos  esos énfasis que las películas sobre homosexualidad, o sobre maltrato físico y psicológico, o sobre el mundo de las drogas y el delito, suelen tratar. Por ello, estamos ante una película que explora todos esos aspectos, sin abusar de los pies de páginas, ni de los subrayados del autor. La obra fluye  a un ritmo “natural”, como un tren que pasa por las distintas estaciones  con una velocidad constante, y que sólo cambia de ritmo, cuando es estrictamente necesario.
“Moonlight”  es el estado que los sentidos aprecian cuando un hombre de piel negra descorre en la noche bajo la luz de la luna. Esa misma metáfora es el centro de la película, es la vida de “Chiron”, que avanza por la vida con esa sensación de extrañamiento. Ninguna vida surge de la nada. Las cosas van ocurriendo paulatinamente, cada rasgo de la personalidad, cada actitud de un hombre, es una consecuencia directa del pasado. El presente solo desnuda lo que los demás han depositado en uno. Esa es la historia de esta obra. Sus tres capítulos cohonestan perfectamente con esta realidad. El primero de ellos, muestra  a un niño tímido, retraído, perseguido y en busca de un poco de afecto. Sólo un expendedor de drogas  se apiada de la soledad y la desprotección de este pequeño. Su madre, una aceptable Naomie Harris, vive en función de la adicción a la heroína. No bastan sus palabras de afecto ni sus arrepentimientos manipuladores, para curar el dolor del niño. El segundo capítulo, es el espacio para el descubrimiento; la soledad sigue siendo el estado natural del joven, pero las pocas relaciones que entabla marcan aún más ese rumbo prefijado desde la infancia. “Chiron” descubre su homosexualidad, la presiente y la ratifica, su personalidad le acarrea el matoneo de los compañeros de escuela; el abandono de su madre permanece; el apoyo de una amiga, alivia un poco el sufrimiento que lleva siempre consigo. El último capítulo, es el tiempo de las corroboraciones, de su homosexualidad, de su soledad, de sus sentimientos maternos.
Quizá “Moonlight” es la película mejor lograda de cara a los premios “Oscar” de este año. Su director ya había mostrado su talento con “Medicin for Melancholy”. Con esta nueva obra, puede expresar parte de sus experiencias. Su padre lo abandonó de niño y fue ayudado también por un expendedor de droga y también experimentó la discriminación racial en carne propia.
La obra tiene  una gran fotografía, en algunas escenas, especialmente en las nocturnas; se muestran con una enorme belleza las expresiones que reflejan los sentimientos de los personajes. Algunos juegos de cámara, muestran el correcto manejo del movimiento, sobre todo en esas escenas iniciales, cuando se presenta al expendedor de drogas, interpretado por Mahersala Alí. Esos largos planos-secuencia, ofrecen una impresión de vértigo que lentamente se va apagando para ser reemplazado por un conjunto de situaciones más contemplativas y más reflexivas. Jenkins también  elaboró una gran dirección de actores que descansa en las interpretaciones de Trevante Rodes y André Holland quienes ofrecen trabajos sobrios, creíbles. La coherencia de los personajes, mantiene un hilo conductor bien trazado.
Con “Moonlight,  se logra una naturalidad de ciertos temas que,  a través del arte, ha sido estigmatizado por la denuncia. A los afrodescendientes se les devuelve la vida. Ellos son como otras personas; ni su color de piel, ni sus prácticas, ni sus gustos, ni cualquiera de los rasgos por los cuales son reconocidos tradicionalmente, pueden sustituir su humanidad. Seguramente, esta obra se convertirá en un modelo para tratar de otra forma a las películas que hablan sobre temas, anteriormente considerados marginales.




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