Una crueldad hermosa
Gran,
gran película. El cine alemán no se caracteriza precisamente por la comedia.
Esa actitud trascendental para ejercer el difícil arte de vivir, se nota
incluso en las obras humorísticas, donde los personajes se burlan de esa
seriedad que los identifica, sin otro remedio que llorar por sus tribulaciones
o reírse de esas paradojas que les ha tocado en suerte como pueblo condenado a
los improperios y a las envidias por su legado como colectivo que se siente
superior a todos. Esta película destila una gran variedad de contradicciones
que encierran, precisamente, por ello, una conmovedora aproximación a este
marasmo de piel y huesos que somos los seres humanos. Infunden tristeza las
situaciones y los personajes; la película habla de un hombre y una mujer
ligados por los genes pero distanciados por las decisiones contrapuestas para
asumir la vida. Él es un anciano que enseña piano en una escuela y tiene una
hija que se ha alejado demasiado para dedicarse al mundo empresarial y cuya
misión es reestructurar una empresa en la que se quedarán sin empleo miles de
personas en Bucarest. Ella, hija ausente y presa de los apuros laborales, ve
que su padre es un hombre excéntrico que se aparece en su vida para
recuperarla. El hombre, a través de la generación de situaciones cómicas,
intenta reabrir el corazón taponado de su hija con lecciones de solidaridad que
ella, no parece, tiene adentro de sus comportamientos habituales. En Toni
Erdmann, aprende uno que la vida no es monolítica, que los hombres nos movemos
entre la alegría y el llanto, que hay un sarcasmo amable que edifica el corazón
de las personas con las enseñanzas que deja. A veces asumimos otra identidad o
el desprendimiento necesario de ese otro que llevamos adentro para construir
puentes con el otro. El amor de un padre por su hija puede originar situaciones
irónicas, que la misma vida va poniendo, sin que uno intervenga inicialmente en
ellas, solo para verse envueltos en una decisión que la existencia ha tomado
por nosotros. La risa es un poderoso remedio contra la seriedad de la vida, ese
que no edifica nada sino que aleja de las personas más queridas, que impide que
esos sentimientos de respeto y amor por el otro, afloren. ¿Quiénes somos, entonces?
Somos todo eso que nos rehusamos a admitir que somos y somos todo eso que
decimos ser. Pero entre una y otra alternativa seguimos siendo el mismo hombre
que, desde la infancia ya anunciábamos y que las circunstancias van borrando
paulatinamente hasta hacernos creer y hacer creer a los otros, que ya no somos
eso que éramos. Esta obra es una suma de momentos enternecedores, es una mezcla
de situaciones ridículas que construye moralejas, que remueve sentimientos a
los espectadores por medio de dos personajes tocados por el dolor. Quizá éste
es el motor de las relaciones. No hay nada hermoso que no esté mediado por las
estelas que el dolor deja en nosotros. Toni Erdmann, puede ser, sin miedo a
equivocarnos, la mejor película del año. Una obra imprescindible para quienes
aún buscan en el cine esa difícil mezcla de diversión y aprendizaje espiritual.
Tal
vez, nosotros los latinoamericanos seguimos pensando que ese espíritu gélido de
los germanos, no ofrece situaciones cercanas con las que nos podamos
identificar. En la película vemos que la vida para ellos es menos que una
puesta sistemática de barreras. Esa simpleza de la vida es parte de su
trascendentalismo; ellos ven el mundo como la única oportunidad de expresarse, que tienen eso que les ha tocado vivir. Ese
trato descomplicado con el otro, esa hilaridad que genera para nosotros ciertas
situaciones son simples momentos de la existencia, cosas que no se encuentran por encima de lo realmente
esencial. Las relaciones humanas, especialmente esas que entablamos con los seres
queridos, con padres, madres, hijos, hermanos y amigos no admiten ninguna
desprolijidad existencial. El temor al ridículo es una invención de algunos
contextos con el fin de apaciguar un poco nuestros miedos. Toni Erdmann, inventa
monstruos benignos, hace uso de recursos humorísticos, exacerba situaciones ridículas,
que parecen no cuadrar en la historia
hilvanada hasta esos momentos. Pero en el contexto del filme, los sentimientos
son intemporales, son a-espaciales, no tienen menos importancia que los temores
al mundo. El miedo es dejar partir un amor,
dejar que las personas importantes para uno, se vayan para siempre. Quizá el
relajamiento de nuestros corazones pase por asumir retos llenos de verdaderas
afectaciones.
Una
fiesta de desnudos para celebrar un cumpleaños, un aparatoso disfraz, en donde
Toni Erdmann deja aflorar sus sentimientos más conmovedores, el llanto que le
produce la transformación y la retransformación de su hija conmueven hasta el
fondo. Esa prótesis dental removible que causa tantas burlas, es un simple
insumo para la risa. Esa relación sexual
inusual entre una mujer reprimida o adolorida o temerosa y un empresario
casado, demuestra la no consumación de nada, el miedo a entregar totalmente el
cuerpo por miedo también a entregar algo de intimidad, y dan un tono
desconsolador a la película. Ese trato
desobligante de los empresarios alemanes y rumanos para con sus trabajadores,
habla de un estado explícito de deshumanización que, un viejo solitario, amante
de los animales y de los niños, y de su hija, y de su madre enferma, intenta combatir
con sus comportamientos inusuales para la mayoría.
Toni
Erdmann nos enseña que los seres humanos estamos más cerca de lo que creemos,
que las separaciones son circunstanciales. Que las decisiones que tomamos en la
vida son simples excusas para no entregarnos plenamente con el otro. Ojalá, en
la ceremonia de los Óscar del próximo 26 de febrero, esta obra fílmica tenga
los reconocimientos que merece.

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