“Sully”, un héroe
americano más.
De Clint Eastwood
Hemos visto películas en que los
héroes americanos se convierten en los protagonistas de historias, algunas adaptadas de obras
literarias, otras originales, hechas a la medida de los ideales políticos de
los directores que las llevan a la pantalla. Clint Eastwood, continúa esa serie
de modismos, iniciada desde los mismos orígenes del cine estadounidense. Los
años dorados de esa industria, tan prolífica para “la utilería técnica” del
cine mundial, dieron cineastas tan importantes como Frank Capra que hizo su
famosa “El caballero sin espada”, protagonizada por el gran James Stewart;
Sidney Lumet que construyó la magnífica “12 hombres en fuga”, protagonizada por
Henry Fonda y “Sérpico”, interpretada por AlPacino. El otrora actor de tantos
títulos célebres por su popularidad que después decidió actuar, producir y
dirigir sus propias películas, viene este año con su nueva obra llamada
“Sully”, luego de otros filmes que también propendieron por ensalzar a aquellos
hombres que se imponen por encima de las circunstancias como “El gran Torino” o
“Francotirador”.
De esas obras mencionadas todavía
se aprecia un tremendismo de la imagen
que va más allá del efectismo de
la trama, para lograr su cometido en el gran público, no obstante, sus inmensas
posibilidades estéticas, como siempre hemos visto en la cinematografía del
director californiano. Su talante republicano, es quizá el principal motor de
una propuesta sólida, con apuestas jugadas en favor de los héroes americanos
tan funcionales a la recuperación o al mantenimiento del nacionalismo. En sus
obras, Eastwood, muestra discursos pronunciados por varios de sus personajes,
con esos enconados acentos y con esas proxemias seguras de que se defienden
ideas en favor de causas políticas legítimas, patrocinadas por el colectivo.
Chesley Sullenberger llamado
“Sully” es otro de esos héroes que se dedican a realizar una actividad con
estimación social. Sus años de trabajo intenso y en silencio, se ven
perturbados por una circunstancia de la
cual solo el destino tiene la palabra para cambiar la vida de aquel. El éxito o la fama son tan azarosos como puede
ser un accidente aeronáutico. Ese es el caso,
un día de frío intenso, sobrevolando un cielo plagado de aves en el
invierno de Nueva York, donde 155 personas esperan tener un viaje tranquilo,
para dirigirse finalmente a casa. De
súbito se anuncia una emergencia y el piloto avezado toma una decisión
temeraria, la de amerizar en las gélidas aguas del río Hudson. Extrañamente,
todas las personas que se encontraban en el interior del Airbus, salen ilesas,
luego de una maniobra tan rara pero a la vez tan creativa.
Pero hasta allí, todo parece una
hazaña digna de resaltar en los principales diarios y medios televisivos. Otro
héroe americano bendecido por la grandeza de Dios, ha permitido salvar las
vidas de cientos de personas. Nadie se imagina siquiera que se podría fraguar una investigación en contra
del piloto, en lugar de reconocer su trabajo.
La película, narrada con
distintos flashbacks para mostrar la
maniobra aeronáutica de acuerdo con las
intenciones del autor, es una suma de miradas hermenéuticas que requieren
enfatizar el accidente, para contrastar la segunda parte de la obra que tiene
como objetivo mostrar la defensa del piloto frente a las autoridades de
aviación, convocadas por las aseguradoras. La sobriedad de la narración busca
destacar la enorme valentía de un hombre anónimo, que tiene una vida
particular, como si lo ordinario, también fuese una forma de heroísmo en una
sociedad en que sus ciudadanos se sienten los dueños del mundo. Eastwood, se
encarga de “humanizar” al hombre que se
convirtió en una celebridad, con el fin de reivindicar el nombre de alguien,
vapuleado por el mismo poder. Ante las atrocidades de los leviatanes
norteamericanos, los individuos, son los estandartes de las libertades,
defendidas por las colectividades. Ese garantismo estético que ofrece este
director, es la adaptación cinematográfica de una autobiografía, declaración de
principios del honor de un hombre que, por su edad y por su pericia, es digno
de credibilidad. De sus visiones esquizofrénicas, se destaca la fragilidad de
una persona sometida a una gran presión. La película se centra la noche anterior
al juicio al cual es sometido aquel padre y esposo ejemplar representado por el gran actor californiano.
Su interpretación es quizá, una
continuación de ese papel que desempeña en “El puente de los espías” de Steven
Spielberg. Se vé una clara resignificación histriónica que viene presentándose
en los últimos años, por el paso de los años. Este cambio de actitud,
obviamente también se debe a las características de los personajes que viene
representando. Pero la versatilidad de Hanks, cuadra perfectamente con la
seriedad y la sobriedad que inspiran tranquilidad en los espectadores. La
ecuanimidad de “Sully” aflora magistralmente en el momento de la defensa,
sentado ante el tribunal. Es ahí donde la sobriedad se nota con más alta intensidad. Allí la película se
eleva aún más cuando la calidad de los diálogos alcanza su esplendor. La
historia va fluyendo en un ritmo
sostenido, con las pausas adecuadas, dadas por los interludios interiores de
los estados emocionales del piloto, hasta que las mismas palabras desarrollan
el desenlace. La película no es para nada predecible. El inicio del filme con
el accidente no avizora posibles caminos. Las dudas de las actuaciones del
piloto tampoco. El final es la sucesión lógica que la trama se encarga de
construir a lo largo del largometraje.
A sus 86 años Clint Eastwood sigue fiel a sus
principios políticos que se encarga de defender estéticamente. “Sully” es una
buena obra que lo mantiene en la cima de
los autores audiovisuales más importantes del planeta.

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