La luz entre los
océanos.
De Derek Cianfrance
Que las historias que el cine
esté contando provengan de la literatura no es nada nuevo. Hay que agradecerle
a ese arte narrativo, las innovaciones más importantes que el cine ha implementado a lo largo de su corta vida. Por ejemplo, los
juegos con el tiempo que se traducen en flashbacks,
han sido utilizados por múltiples
directores hasta hoy, causando incluso sorpresas dentro de las nuevas
generaciones, gracias al tremendismo del cine comercial actual, el cual bebe de
las películas predecesoras. O las narraciones de historias interconectadas por
alguna circunstancia que ocurren simultáneamente o la recreación de vidas que no tienen ninguna
relación, aparentemente, o las obras contadas desde diferentes puntos de vista:
en primera, en segunda o en tercera persona. Todas esas formas narrativas
provienen de la literatura. Hay un auge de adaptaciones
cinematográficas de novelas escritas en diferentes tiempos, desde los autores
clásicos, pasando por buenos y malos nuevos literatos consagrados
comercialmente hasta best sellers que por su novedad, no
permiten aproximar ideas siquiera sobre ellos. Parece haber una crisis de
creatividad tan grande que se hace necesario recurrir a las historias ya hechas para maquillarlas, a
veces totalmente, con el fin de remover las ansiedades más ocultas del público
hábido de novedad visual.
“La luz entre los océanos” de la
escritora australiana M.L Stedman, es una historia de tintes nostálgicos que se
adentra en conflictos humanos profundos como la desazón que la guerra puede
causar en una persona, o el conflicto ético que puede suscitar la ceguera del
amor de padres frente a los contenidos del derecho positivo. En esta obra, los
personajes son descritos como entidades vivas, con sus ires y venires
producidos por circunstancias pasadas. Cada hombre y cada mujer de este libro
es consecuencia de algo: de una herida,
de un olvido, de una trama superior que padecen en cuerpo y alma quienes fungen
como protagonistas del azar. En la atmósfera de la narración queda la sensación
de que todo está configurado previamente, que los actores juegan un rol que ya
ha sido asignado por el destino. Los sentimientos generados en y entre los
personajes son revelaciones de un complejo tejido de acontecimientos históricos
que tienen contenidos metafísicos. El dolor es un combustible que mueve la vida
humana.
La película, dirigida por el
cineasta estadounidense, está repleta de escenas melodramáticas que hacen el
mensaje muy obvio. Esa explicitud de sentimientos aminoran las posibilidades
referenciales del arte. La historia gira en torno a un matrimonio compuesto por
un exmilitar que participó en la Primera Guerra Mundial y cuyas heridas
psicológicas le hacen imposible la convivencia y por una mujer que vive en una
zona remota en donde los hombres no abundan. Ella tiene problemas para concebir
embarazos normales. Un día, aparece en la playa una barca con un hombre muerto
dentro de ella que permanece abrazado a su pequeña bebé, aún con vida. Pese a
las oposiciones de su marido, la mujer lo convence para quedarse con la
niña. El hombre descubre que la madre de
la niña es una vecina a la que le envía una carta con mensajes de
acompañamiento. La policía, finalmente descubre a la pareja. De ahí en
adelante, se exponen las tensiones internas de los personajes.
Los conflictos más evidentes que
se aprecian en la película se producen antes y después de la relación
establecida por la pareja. En primer lugar, las heridas de guerra se convierten
en una carga de la cual el hombre no ha
podido salir. La superación del dolor de ver
a sus compañeros muertos, de la tragedia que supone la muerte de jóvenes inocentes por decisiones
políticas entre líderes que nunca han estado en un campo de batalla, el miedo
de encontrarse con los demonios desconocidos pero latentes y la desesperanza de
repetir conflictos arraigados en el alma del hombre, son temas de la obra. La sobre
posición de un soldado no viene con el cambio de lugar. El paso de la
guerra a un estado menos agresivo, no
trae consigo la felicidad, pues las heridas permanecen en la mente y en el
cuerpo como un peso que nunca se cura. A veces, la soledad puede ser el mejor
antídoto contra el odio que se ha acumulado en las personas que han tenido la
mala fortuna de experimentar semejantes hechos.
En segundo lugar, el amor de una madre o de un padre puede despertar
sentimientos que, mirados desde afuera, parecen reprochables. Hasta las leyes más conocidas y menos
rebasables, son violadas por la ceguera de las pasiones. Ese egoísmo natural de
los hombres se evidencian claramente en las entrañas de una joven que tiene el
vientre estéril. ¿Cómo acarrear culpas en una mujer que ha desencadenado una
pasión originaria que cada madre lleva adentro, incluso antes de haber parido
un hijo? La maternidad es una de las funciones que mezclan de mejor modo la
naturaleza y la cultura. El mar siempre
es portador de noticias. Por las buenas se pueden soportar fácilmente las
malas. Una noticia anuncia la llegada de un hijo largamente esperado, pero
tentar al destino puede ser también la oportunidad para que el mal encuentre un
lugar para incubarse. En el vientre de una mujer se amontonan los peores
desagües de esa turbia fuente de pesares que constituye la existencia. Entre
dos mujeres todos los puntos en común se tornan caminos de enrevesadas
encrucijadas.
“La luz entre los océanos” es una
historia repetida. De sus largas escenas dramáticas quedan buenos momentos que
se sostienen por la calidad de su actores.

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