Ovejas
Grímus Hákonarson es el director de esta película que se ganó
el premio Un cetain regard en Cannes. Es su segundo largometraje. Cuando recibió el
premio, uno de los más prometedores para cualquier cineasta, se lo dedicó a las ovejas. Pero esta aparente exageración
adquiere todo el sentido del mundo si se mira a los actores que se encargan de
conducir a estos animales. Sigurður Sigurjónsson y Theodór Júlíusson hacen un trabajo bien
logrado, no solamente en lo que tienen de sobrios, sino en aquellos momentos en los que son exigidos por la turbulencia de
las acciones. Su registro aparece uniforme en cada uno de los diálogos y su
sobriedad, desplegada magistralmente, brindan dosis de asertiva confianza en el
espectador.
“Hrutar”
es un poema visual sobre el amor de hermanos. Ambos, hombres solitarios
viviendo en parajes inhóspitos, comparten el cuidado milenario por unas ovejas
de raza. Más que una simple tropa de animales domésticos, más que un conjunto
de ovinos proveedores de lana y leche, aquellos animales simbolizan el trabajo
de toda una vida. Es un asunto familiar. Y con ello, esa actividad ritual que
se ha vuelto un símbolo de todo un pueblo, el director quiere mostrarnos cómo
el trabajo construye relaciones, como el oficio en el que el hombre entrega su
vida, se vuelve parte fundamental de la existencia humana. Igual que la
respiración o la alimentación, la necesidad de emplear el tiempo en actividades
que satisfacen el placer de las personas, el trabajo hace del mundo el lugar
para la realización de los sueños más perseguidos por la gente. Pero en el
trabajo también eclosionan los
resentimientos más acendrados del alma. Los hermanos han dejado de
dirigirse la palabra. Se insinúan pobres pistas
para encontrar los motivos para esa disputa antigua. Ni el mayor ni el
menor tienen la más mínima intención de
torcer la voluntad. Lo Cierto es que aquellos sentimientos empiezan a quebrarse
con el motivo, el único capaz de paliar tanta furia contenida. Cuidar un
tumulto de ovejas es la posibilidad de continuar con la tradición. Ésta asegura que el olvido
no se empotre como una enfermedad en la memoria de las personas, porque cuando
se defiende lo que el pasado ha construido, se defiende también el paso vivo
por el mundo de personas que se han ido pero que han dejado una impronta sobre
la tierra a través de un trabajo
realizado por varias generaciones.
Y
cuando ese trabajo se lleva a cabo en
condiciones tan difíciles, el hombre debe exigir sus condiciones físicas e
intelectuales que permiten que afloren habilidades ocultas, propias de esa gran
flexibilidad humana: Una especie pulsión de sobrevivencia. Islandia, país muy gélido, no aparece como uno de los centros económicos ni
culturales a nivel mundial. Sus nieves
permanentes, generan condiciones extremas para la adaptabilidad.
La
película, muestra adecuadamente la dureza del paisaje. El permanente sonido del
viento funciona simbióticamente con la oscuridad de los paisajes. Esas barbas
luengas y desajustadas que lucen los hombres hablan de un entorno que ha
forjado la cultura de ese modo. Las ovejas son animales que protegen. Esos
hombres y mujeres acostumbrados a esa dura topografía, parecen necesitar el
cuidado de aquellos animales.
Esa
ambientación grisácea, es un atributo construido milimétricamente por el
director. Los planos guardan
proporcionalidad entre el maximalismo del paisaje y el minimalismo de los
rostros que se ven disminuidos y aumentados dependiendo de las intenciones del
autor. A cada imagen corresponden las
palabras precisas, las frases exactas que potencian a cada momento como un
único momento de palabras economizadas por esos personajes agrietados por el
tiempo. A esos dos hombres las palabras no les fluyen, excepto cuando las
circunstancias las hacen aflorar
vertiginosamente. Esa opresión que generan los claustros, sube la temperatura
de la trama. La historia está bien hilvanada y resiste todos los embates de la
sobriedad. Un guion como éste, habla de una autor que ha planificado
cuidadosamente cada plano y cada palabra, con el fin de que la obra resulte
precisa. No le sobran minutos ni le falta tiempo. Es una obra plena, es una
obra cerrada y es una obra unitaria que logra mostrar todo ese caudal de
emociones que descorren en la obra. La
distancia compuesta por la sucesión de planos exalta el medio hostil como una
larga preparación para una intensidad total. Esa frialdad de las relaciones
entre hermanos, se compagina proporcionalmente con el enfado de los personajes
de la película. Pero tanto distanciamiento, tiene su opuesto en el acercamiento
de los hombres. La única identidad posible para un resentimiento tan grande,
sólo ha podido calmarse con las ovejas. El contacto de los cuerpos sobre el
hielo claro, es una especie de éxtasis que la cámara ha venido construyendo a
lo largo del filme. Los cuerpos se parecen, los cuerpos se desnudan como un
sacrificio. Los deseos de reconciliación
se compadecen de los ancianos venerables con una expiación. La inclinación de
la cabeza sólo se satisface con alguna muerte. El cuerpo desnudo es una
preparación para ella.
Con
“Hrutar”, se continúan priorizando las historias sencillas, de contextos
vernáculos que dejan enseñanzas sobre la condición humana. El hombre construye
su vida en el trabajo. Sus relaciones lo edifican como hombre. El dolor y el
sufrimiento son afluentes del afecto. Ni el paisaje ni las dificultades del
medio pueden velar el poder de los sentimientos. La enorme capacidad adaptativa
del ser humano, adquiere más fuera con las bondades del amor.

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