La invitación

   De Karin Kusama                                       
                                     
El cine no es ajeno a  esa eterna pretensión humana de encontrar aquello que pueda aliviar esa profunda incertidumbre que le genera la vida. Y eso ha sido un ir y venir de ensayos de respuesta sin un fondo seguro en el cual poner a descansar el alma. Una película como “Coherence” muestra las influencias que los astros podrían tener sobre el comportamiento humano. Lars von Trier, con su obra “Melancolía” llega a  un retiro provisional de ese universo interno que la psicología de los personajes emanaban en la pantalla. Pero esa exterioridad ha sido siempre una de las causas de búsqueda frente  a los enigmas que el universo genera en los seres humanos.

Como una posibilidad escrutadora de ese complejo mundo humano, este tipo de temas se ha venido trabajando con recurrencia en las películas actuales.  Parece que  el atosigamiento de alternativas en los trabajos cinematográficos fuera pábulo para virar la mirada a lo misterioso. Tal vez por eso, las parrillas de programación de la televisión actual, además de los evidentes éxitos de rating, han volcado su interés en aspectos sobrenaturales que son registrados por los diferentes  medios de comunicación. ¿Pero cuál es el plus que la cinematografía ofrece en este tipo de búsquedas espirituales? Sólo la impresión directa de lo desconocido que se asoma en la imagen pero que conserva  el respectivo margen de creatividad que el artista pone  a sus anchas en la obra.

Ahora con “la invitación”, se reabre el influjo de las sectas en la mente predispuesta de las personas para recibir un poco de consolación ante la inmensa extrañeza que genera la existencia. La película es progresiva. Va recargando los momentos álgidos para secuencias avanzadas de la obra sin generar esos excesivos interrogantes que los filmes de este tipo están acostumbrados a proponer. Por el contrario, va destapando los secretos entretejidos por las relaciones de los personajes. Estos se amalgaman por una serie de miradas y planos insinuadores que al espectador le van estereotipando las  miradas con esos  gestos de complicidad y resentimiento entre algunos individuos que aparecen en la película. Las preguntas y las respuestas son ingredientes que se van dosificando con el transcurrir de los minutos sin caer en una trama engorrosa, difícilmente desentrañable.   Esas actitudes generan preguntas, ponen a volar la imaginación a quienes se dan cuenta que en esa aparente tranquilidad que supone la trama se encierra un misterio que el director desenreda. Ningún personaje es accesorio; por el contrario, hace parte de un necesario sistema audiovisual que va recubriendo una historia sólida, con recursos cinematográficos clásicos y con una linealidad narrativa que no parece aportar nada nuevo a la cinematografía. Pero su gran fortaleza es precisamente la utilización correcta  de las herramientas estéticas que el cine provee.

En primer lugar, esa combinación de colores opacos le da un aire denso a la historia, acorde con la complejidad de los personajes que se van enredando en relaciones rememoradas por un pasado oscuro. En esta obra funciona porque lo que realmente jalona el interés de la película es esa insondable tristeza de personajes que en algunos momentos reaccionan violentamente bajo el techo de una enorme casa que encierra misterios en cada uno de sus espacios.

En segundo lugar, la historia va exponiendo una serie de  símbolos que anuncian que algo va  a pasar. Desde el accidente que tiene la pareja con el zorro en la carretera la película construye una atmósfera densa hasta cada uno de los personajes que con su caracterización van componiendo una pequeña sinfonía que al final llega a su plenitud. Cada mirada, cada gesto, cada comunicación es un encriptamiento, por el cual hablan los personajes.

Finalmente, como obra cinematográfica la historia se va construyendo meticulosamente, sin repeticiones dramáticas; más bien, conserva esa insinuante prolijidad que martilla en las emociones del público como lo haría un buen thriller. La película forja una unidad sólida, sin cabos sueltos. La esencia de una obra bien construida recae en la eclosión de sus elementos sin notoriedades divisorias. Su calidad surge desde adentro, como un sistema. En este caso, el juego de tensiones discurre sin tachaduras en una suerte de oscuridades necesarias propias del género

La directora estadounidense Karin Kusama, luego de “Jennifer´s body”, continúa demostrando sus cualidades notorias para este tipo de películas. Sin duda, hay un progreso estético con “La invitación” porque logra crear una atmósfera hostigante que exacerba las tensiones por la presencia de los personajes y por una ausencia. Un tema aparentemente tan manido, no es un  motivo recurrente para la cinematografía mundial. Porque lo que ha sido tema sociológico y antropológico importante, la producción audiovisual no lo ha abordado frontalmente.

El cine se ha vuelto un medio predilecto para quienes no consumen otro tipo de expresiones estéticas como la literatura. La violencia de la imagen  impone temas. Si bien, las posibilidades innovadoras no son fundamentales para la indagación temática, sus necesarios impactos en el imaginario de la gente por las publicidad, hacen de los filmes lugares privilegiados paran revitalizar ciertas ideas que hacen mella en la atención de la sociedad. Las sectas terminan siendo la morada de la inmensa incertidumbre que propulsa la vertiginosidad de los tiempos que vivimos. No obstante, algunos énfasis  y algunas inclinaciones de la película las “ensucian” de urticaria. El lado negativo de ellas puede develarse sin los excesos de murmuración y sin  sobras de incomodidad que el guionista resalta.

 

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