Hail Caesar!
Una película de los hermanos Coen
siempre suscita las máximas expectativas. De su larga trayectoria como
cineastas, se encuentran obras imprescindibles que demuestran el talento de
estos hombres que han dedicado toda una vida al arte audiovisual. Cada una de sus historias, cada uno de sus
planos, todas las ideas que han consignado en la pantalla dejan un plus en las
mentes de los espectadores. Ambos son conocedores de su oficio; entre sus obras
encontramos reflejos de la cultura estadounidense, tratada como si habláramos
de verdaderos historiadores que han sabido valorar el folclor de esa nación tan
rica en acontecimientos autóctonos, mucho antes de que entrara en la dinámica
globalizadora de la que se ha apropiado como su baluarte económico y político.
Si algo le han legado a la filmografía de los Estados Unidos, es esa capacidad
narrativa en la que hombres y mujeres de territorios tan disímiles han vivido
una vida única que aseguran un registro para la posteridad. Esa visibilización
del hombre “común” descorre en la pantalla con la naturalidad que hace de este
tipo de artistas, auténticos folcloristas que han elevado lo particular a categoría universal.
En tono de comedia, “Hail
Caesar”, es un homenaje no sólo a la
industria cinematográfica sino al proceso que supone la elaboración de las
películas que se hicieron en los años cincuenta en Hollywood. Hay una crítica
explícita a los dramas bobos de la televisión que se encargaron de edulcorar la
vida de los estadounidenses durante los años que siguieron a la segunda guerra
mundial. La recreación de los papeles de los distintos eslabones de la
producción cinematográfica se muestran de modo
burlesco pero dejando siempre un
pequeño lugar al encanto que supone ese universo mágico de la industria. De
modo que, no solamente se critican todo
los resquicios desechables de ese mundo, sino que se ensalza ese gran monstruo
que logró, de uno u otro modo, aplacar la zozobra de esa gran depresión
generada por el contexto político de la época.
Los aspectos que se caricaturizan
van desde la calidad interpretativa de algunos actores como se aprecia en el
papel del vaquero famoso que no tiene la más mínima idea de cómo lograr un buen
registro sonoro, pasando por la pedancia de algunos directores que en su ocaso
todavía pretenden descollar en un mundo que al parecer ha cambiado tanto que ya no entienden, hasta
esa multiplicidad de actividades que implica el trabajo de un productor. Y este
mundo en decadencia es, con toda seguridad, el fundamento de su propio
levantamiento como industria. El oficio maravilloso de hacer cine satisface una
de las necesidades más antiguas del hombre: la de escuchar y contar historias.
Hollywood, en ese sentido, ha cumplido a cabalidad con dicha necesidad y la ha
potenciado por la empresa multimillonaria que supone semejante posibilidad
humana.
El contexto político es explotado
con otra caricatura del socialismo soviético. Los artífices de ese modo de
producción aparecen en la película como
individuos convencidos de una idea pero proclives a las veleidades del
capitalismo y el libre comercio que entregan a los individuos de todo el mundo.
El secuestro de un actor famoso que realiza una película sobre Jesucristo eleva
más la sorna sobre el contexto. O es la máquina
de sueños de Hollywood o es la máquina de guerra que el socialismo infunde
ideológicamente a las personas, la causa
final de una perversión permanente de principios que el individuo va
introyectando consciente o inconscientemente. Del lavado de cerebro sólo queda
el poder del dinero que se administra como una solución multidiversa, flexible.
“Hail caesar”, es una obra de viejos pergaminos, tratada como historia en
películas previas. El carácter cínico de los Coen pretende reconquistar el humor
político en una trama que se antoja desusada pero que precisamente por la
pretensión histórica ilumina un camino de toma de partido que invita a la
reflexión. Tal vez, el desparpajo del filme, invite a lo contrario. A no tomar en serio la Política, esa que hace
tendenciosa la mirada sobre el poder. Quizá los hermanos Coen hayan querido
burlarse de posiciones que intentan un diagnóstico de una obra que no parece
tener una pretensión política. De todos modos su fortaleza reside en esa dosis
de esteticismo político que la vuelven una obra deliciosa.
También vale la pena resaltar la
simplicidad de las actuaciones interpretando personajes enfatizados como los
que aparecen en esta comedia política. De su constelación de estrellas aparece
la sobriedad de los Coen cuando se trata de resaltar ciertas actuaciones. El
papel de Tilda Swinton como la periodista de chismes, no desluce. Su naturalidad
muestra esa influencia poderosa que estos personajes de la farándula tenían en
su época. De George Clooney, no es posible decir mucho. Su relieve como actor
proviene más bien de sus relaciones con el medio. Quizás como productor, su
huella sea más significativa que la que ha logrado con las películas que ha protagonizado.
Con la expectativa puesta en esta
película, cualquier amante del cine pudiera salir decepcionado. Pero una
comedia en artistas tan sofisticados como los hermanos Coen, resulta interesante.
Más que un filme para la posteridad, encontramos aquí una obra para la
declaración. Un firme amor confesado por un medio que ha tenido sus momentos de
flaqueza pero que ha logrado seguir alimentando esa vieja necesidad de contar y
de escuchar historias. Tal vez porque la vida del hombre es una vida hecha para
la ficción.

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