Los pájaros sobre el
Samán solitario
“La tierra y la sombra” es la
historia de un resentimiento. Uno que se ha construido de arena para tenerse en pie unos cuantos
años pero que a la menor estampida del viento se ha venido al suelo como un
castillo sin nombre, sin forma, sin nada. El viento es Ramón, el viento es el
tiempo y sus recuerdos, el viento es la violencia sin freno que ha dejado todo
como un paraje lleno de polvo y de hojas de caña que se esparcen por el cielo
para finalmente caer sobre el techo de una casa solitaria. En ella habitan los
recuerdos de mejores días, mientras aquellos seres innombrables anunciaban su
llegada, y la amenaza del despojo se apoderaba de una tranquilidad envuelta por
la protección de la tierra materna. Ese recuerdo atravesado por las penurias
del trabajo en el campo se ha quedado en las manos de una anciana que las lava
en una ducha. Sólo el poder curativo del agua y la convicción acendrada como un
pájaro que canta en un Samán solitario, palian el sinsabor de una existencia
abandonada a la esperanza de la muerte. Aquel hombre viejo, de andar cansino
pero seguro, representa todo lo que, un día, partió para siempre y, al mismo
tiempo, todo lo que ama, todo el caudaloso raudal de los recuerdos que había superado públicamente pero que,
ahora, emergen como un amenaza privada.
La negación de ese hombre se configura cuando la anciana le da la
espalda a la cámara, recriminando, restringiendo y poniendo límites al territorio, labrado con el sudor de largas
jornadas en medio de cañaduzales
polvorientos y hombres marchitados por el sol del Valle. Pero ese hombre viejo
dejó en el pasado los odios y prefirió marcharse a un lugar no nombrado, para olvidarse de su
esposa y de su hijo, únicas anclas adheridas como puntales en el tiempo sobre
unas vidas cargadas de miedo y llanto. En aquella rebeldía se adivina la
dignidad del abandono. Sin embargo, quedarse para resistir a los embates de los
innombrables, también es una forma de resistir al poder de quienes, por medio
de las armas y el dinero, sembraron la semilla del terror en una tierra reseca por
el paso de los años. Los que dicen, los que mandan, los que no pagan salarios
atrasados, son los mismos que han vertido la sangre de los obreros del campo y
luego se arrogan los buenos destinos de un país parcelado por el poderío
económico, destruyendo familias y creando sentimientos malsanos que brotan por
toda la geografía nacional. Ahora, el regreso de ese buen hombre que un día
decidió compartir la tierra, desenreda una punta del entramado que se fue
hilvanando sin proponérselo y que comparten también la esposa de su hijo
enfermo del corazón y ese nieto que suaviza las relaciones entre aquellos
adultos cansados de vivir. En la nuera encuentra una perfecta compañera de
trabajo. Las une el amor por un hombre alrededor del cual gira el sostenimiento
del hogar. Son las mujeres las que cumplen con el trabajo en el campo; ellas
sostienen viva la esperanza de no entregarse
a la muerte por las pobres condiciones económicas en las que habitan los
cortadores de caña. En el niño, esa anciana haya la continuación de las
expectativas frustradas pero también el puente entre experiencias adheridas a
la desposesión que anulan un futuro lleno de certezas. El cumpleaños de aquel
nieto trae el canto particular de los pájaros que ya no vienen al Samán, a
entonar sus melodías y que ahora sólo es
posible reconocer por los sonidos elaborados en la garganta del abuelo. Pero el
regreso de los pájaros a la tierra baldía todavía es posible por la mano
atravesada del hombre. O salir a ver la luz del sol o quedarse encerrado en esa
oscuridad sin tregua se vuelve un dilema fundamental para el hijo agonizante.
Ese hombre de contextura gruesa y de piel carbonizada es un vínculo irrompible
con el pasado, con lo que le queda y con la posibilidad de una vida mejor. Por
eso es mejor quedarse y que los otros partan para contarle al silencio que
aquel lugar algún día fue habitado por hombres. Ese hijo moribundo es el
vínculo con lo que ama y con lo que odia. Aquel debe morir para que otros
vivan, sacrifica su vida por la partida de los otros. Sí. “La tierra y la
sombra” es la historia de un resentimiento…Si, pero también es la historia de
una reconciliación. Con el hombre que llega vienen esos sueños que salen de la
casa en un caballo que busca una salida por los corredores estrechos y oscuros
de aquella casita arrinconada al borde de una carretera calcinada. La decisión
de volver por su hijo torna el resentimiento en reconciliación. Los
sentimientos negativos se esconden delante de la anciana y Ramón como una forma
de proteger al espectador ante la tristeza de las imágenes. “La tierra y la
sombra” es una obra sobre el amor que se alberga de múltiples modos en cada una
de las personas. El precio que debe pagarse por ello es alto, tanto como la
medida del llanto y la desolación por la pérdida de los seres que se quieren y
por los cuales se apuesta todo lo que se tiene. “Amor se escribe con llanto. En
el diario amargo de mi desencanto…”, dice la canción que Ramón entona luego de
beber unas cervezas en la cantina.

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