Los pájaros sobre el Samán solitario
 
De Cesar Acevedo

 
“La tierra y la sombra” es la historia de un resentimiento. Uno que se ha construido  de arena para tenerse en pie unos cuantos años pero que a la menor estampida del viento se ha venido al suelo como un castillo sin nombre, sin forma, sin nada. El viento es Ramón, el viento es el tiempo y sus recuerdos, el viento es la violencia sin freno que ha dejado todo como un paraje lleno de polvo y de hojas de caña que se esparcen por el cielo para finalmente caer sobre el techo de una casa solitaria. En ella habitan los recuerdos de mejores días, mientras aquellos seres innombrables anunciaban su llegada, y la amenaza del despojo se apoderaba de una tranquilidad envuelta por la protección de la tierra materna. Ese recuerdo atravesado por las penurias del trabajo en el campo se ha quedado en las manos de una anciana que las lava en una ducha. Sólo el poder curativo del agua y la convicción acendrada como un pájaro que canta en un Samán solitario, palian el sinsabor de una existencia abandonada a la esperanza de la muerte. Aquel hombre viejo, de andar cansino pero seguro, representa todo lo que, un día, partió para siempre y, al mismo tiempo, todo lo que ama, todo el caudaloso raudal de los recuerdos  que había superado públicamente pero que, ahora, emergen como un amenaza privada.  La negación de ese hombre se configura cuando la anciana le da la espalda a la cámara, recriminando, restringiendo y poniendo límites  al territorio, labrado con el sudor de largas jornadas en  medio de cañaduzales polvorientos y hombres marchitados por el sol del Valle. Pero ese hombre viejo dejó en el pasado los odios y prefirió marcharse  a un lugar no nombrado, para olvidarse de su esposa y de su hijo, únicas anclas adheridas como puntales en el tiempo sobre unas vidas cargadas de miedo y llanto. En aquella rebeldía se adivina la dignidad del abandono. Sin embargo, quedarse para resistir a los embates de los innombrables, también es una forma de resistir al poder de quienes, por medio de las armas y el dinero, sembraron la semilla del terror en una tierra reseca por el paso de los años. Los que dicen, los que mandan, los que no pagan salarios atrasados, son los mismos que han vertido la sangre de los obreros del campo y luego se arrogan los buenos destinos de un país parcelado por el poderío económico, destruyendo familias y creando sentimientos malsanos que brotan por toda la geografía nacional. Ahora, el regreso de ese buen hombre que un día decidió compartir la tierra, desenreda una punta del entramado que se fue hilvanando sin proponérselo y que comparten también la esposa de su hijo enfermo del corazón y ese nieto que suaviza las relaciones entre aquellos adultos cansados de vivir. En la nuera encuentra una perfecta compañera de trabajo. Las une el amor por un hombre alrededor del cual gira el sostenimiento del hogar. Son las mujeres las que cumplen con el trabajo en el campo; ellas sostienen viva la esperanza de no entregarse  a la muerte por las pobres condiciones económicas en las que habitan los cortadores de caña. En el niño, esa anciana haya la continuación de las expectativas frustradas pero también el puente entre experiencias adheridas a la desposesión que anulan un futuro lleno de certezas. El cumpleaños de aquel nieto trae el canto particular de los pájaros que ya no vienen al Samán, a entonar sus melodías  y que ahora sólo es posible reconocer por los sonidos elaborados en la garganta del abuelo. Pero el regreso de los pájaros a la tierra baldía todavía es posible por la mano atravesada del hombre. O salir a ver la luz del sol o quedarse encerrado en esa oscuridad sin tregua se vuelve un dilema fundamental para el hijo agonizante. Ese hombre de contextura gruesa y de piel carbonizada es un vínculo irrompible con el pasado, con lo que le queda y con la posibilidad de una vida mejor. Por eso es mejor quedarse y que los otros partan para contarle al silencio que aquel lugar algún día fue habitado por hombres. Ese hijo moribundo es el vínculo con lo que ama y con lo que odia. Aquel debe morir para que otros vivan, sacrifica su vida por la partida de los otros. Sí. “La tierra y la sombra” es la historia de un resentimiento…Si, pero también es la historia de una reconciliación. Con el hombre que llega vienen esos sueños que salen de la casa en un caballo que busca una salida por los corredores estrechos y oscuros de aquella casita arrinconada al borde de una carretera calcinada. La decisión de volver por su hijo torna el resentimiento en reconciliación. Los sentimientos negativos se esconden delante de la anciana y Ramón como una forma de proteger al espectador ante la tristeza de las imágenes. “La tierra y la sombra” es una obra sobre el amor que se alberga de múltiples modos en cada una de las personas. El precio que debe pagarse por ello es alto, tanto como la medida del llanto y la desolación por la pérdida de los seres que se quieren y por los cuales se apuesta todo lo que se tiene. “Amor se escribe con llanto. En el diario amargo de mi desencanto…”, dice la canción que Ramón entona luego de beber unas cervezas en la cantina.

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