El islote de maíz
 
 

Pocas películas puede uno catalogar de obra maestra. Sin duda la del director de origen georgiano, George Ovashvili, entra con merecido reconocimiento dentro del reducido número de filmes que puede gozar de este privilegio. “Corn island”, título que no ha sido traducido al castellano aún, se mueve entre dos mundos: el del relato pacifista de seres humanos que viven su vida todavía apegados a  la tierra y de los hombres sangrientos que sirven a la guerra por mandato institucional, haciendo de la paz un imposible.

Tres líneas gruesas sostienen el núcleo narrativo de una película como esta. En primer lugar, el aspecto temático que versa sobre algunos tópicos sensibles para la región, lugar de encuentro inevitable de facciones enfrentadas. En segundo lugar, la composición audiovisual que raya con la meticulosidad y, en tercer lugar, la propuesta filosófico-existencial que se advierte en la obra.

El primer punto se puede analizar partiendo del clima bélico que reina en la zona en la cual confluyen diversos ejércitos que patrullan cotidianamente aquel pequeño lugar. La riqueza del paisaje permite al abuelo sembrar maíz en uno de los intersticios que la tierra brinda al hombre como un regalo. Pero la amenaza de una confrontación permea cada una de las situaciones en las que  se engarzan los distintos hombres que por determinaciones políticas se imponen a las bondades del paisaje. La naturaleza se concibe aquí como un instrumento más del actuar humano. La mano del hombre no sólo moldea la tierra sino que la destruye. El hombre podría construir un lugar común en donde la prodigalidad de la naturaleza, sirviera a las necesidades de todos, planificando la siembra, de modo tal que  se racionalizara los frutos de la tierra. La escasez de alimentos y el hambre que surge por el agotamiento del planeta aún tienen remedio si se trabaja coordinadamente para aprovechar lo que la naturaleza nos brinda. En la imagen de la niña perpleja por su primer sangrado, concuerdan con la abundancia del islote en medio del agua que fluye irrigando la siembra. El abuelo y su nieta conviven en un lugar que no agrega ni quita  a ninguno de los bandos enfrentados pero constituye el único hogar para aquellos que decidieron apartarse un poco de las rencillas políticas establecidas por otros.

El segundo punto, transcurre como un discurso audiovisual constante, con cambios suaves pero transcendentes en el marco de la narración. El director se cuida bien de utilizar la fotografía como un contraste entre los paisajes grandes para observar el conjunto y los primeros planos que siempre armonizan su presencia con el entorno. El sonido del agua, conjuntamente con los sonidos de los pájaros hacen del filme una composición natural de belleza exacerbada por la composición audiovisual. El paso del tiempo se adivina como un flujo natural por el crecimiento de los maizales y por el reflejo de las huellas que aquel produce en los rostros de los personajes. La economía de las palabras le brinda a la obra la posibilidad de encontrar los momentos justos para decir algo que redunde en avance. Nada está dejado al azar, los diálogos, las miradas, son un desborde de complicidades manifiestas. La violencia se construye de manera insinuada, la opresión de la guerra es un conjunto de amenazas que se lanza contra el anciano  y la niña. Una casa en medio del agua se puede adecuar como un paraíso para seres que ansían la paz del paisaje y que ven en los fusiles y en la guerra un asunto de insensateces mutuas. El poder parece estar en la hermosura de las imágenes que se brindan irrestrictamente a la vista del hombre.

Por último, el desprecio por los egoísmos y las ansias de poder que han construido unos en contra de los otros son simples excesos. No son necesarios para desarrollar una vida tranquila. Con lo necesario, con la tierra y con la disposición del hombre hacia el trabajo se puede encontrar algo de felicidad. Esta es un producto construido colectivamente que no tendría mayores dificultades en alcanzarse con algo de disposición. La existencia no tiene que ser tan ardua, la vida tal vez sólo requiere un poco de voluntad para hacerla digna. El universo aparece  en la película como una suma de acuerdos posibles. El mal puede ser una posibilidad humana básica pero también como una potencia que nunca llegue a activarse. La naturaleza quizá es un ejemplo de que se puede vivir en paz con el otro. Inevitablemente se producen ciertos niveles de pérdidas vitales pero el control planificado es uno de los patrimonios más representativos del alma humana.

“Corn island” es una obra que le rinde homenaje al silencio como un tributo al hombre cotidiano. Sus personajes viven la vida en una temporalidad lenta, llena de contingencias normales pero sin el énfasis de cierto cine comercial que no permite el pensamiento en el espectador. La vida es un eterno movimiento en el que se intercalan la alegría y el sufrimiento, sin excluir los puntos medios en los que quizá, se pasa el tiempo sin avisar de su existencia. Con otro estilo y con otra estética los planos largos se reedifican como un recuerdo del maestro de este empeño. Tarkovski sigue vivo como uno de los principales cultores del cine de tiempos muertos, es decir, de un realismo pletórico de vida con elevación estética.

 

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