Autómata
Ibáñez viene ahora con
“Autómata”, producida por el devaluado actor Antonio Banderas, un hombre para
el cual el talento quedó a la vera del camino luego de sus primeras actuaciones
al lado de muy buenos directores españoles como Almodóvar, para citar al más
renombrado de todos. En esta obra fílmica no hay avances notorios en torno a
las temáticas que caracterizan a la ciencia ficción que ha decidido apostar por
este tipo de tramas. En primer lugar, no
hay una diferenciación digna de resaltar con películas como “El hombre
bicentenario” historia ideada por Isaac Asimov que tenía como pretensión
“humanizar” a los robots. En esa misma línea se encuentra “Inteligencia
artificial”, un filme con mejor puesta en escena y con la magia melodramática
tan propia de Steven Spielberg. De estas dos obras, “Autómata”, asimila ese
talante antropomórfico que no sólo por el contenido sino por la representación
de los personajes se pone de lado de las
máquinas, haciendo de aquello un acicate para el replanteamiento de las
relaciones que los hombres establecemos con los robots. En segundo lugar, la
puesta en escena se compone de atmósferas desérticas en donde se adivina una
reciente catástrofe apocalíptica en la
cual las condiciones de vida se han vuelto insoportables y son llevadas al
límite. El colorido del filme parece desprovisto de colores vivos, auto
contenido por un tinte terrosos y opaco que contribuye a envolver la historia
en un mundo insoportable, al que los robots imprimen un poco de comodidad.
En el fondo se haya en “Autómata”
un motivo para discutir sobre las relaciones que no solamente establecemos los
hombres con las máquinas sino con los mismos congéneres. Se sugiere cuáles son
los niveles de solidaridad de la especie humana y cómo se demuestran
sentimientos como la fraternidad y la sensibilización con el dolor del otro,
bien sea hombre, animal o robot. Asimismo, se sugieren los modos y los alcances
en los cuales la conciencia puede manifestarse en los tratos entre seres que
deben convivir a través de los trabajos que tienen beneficios mutuos. Una de las
preguntas que aparece latente se refiere
a cuál sería la clave de la hibridación entre entidades funcionalmente
preparadas para la sobrevivencia en un mundo llevado al extremo por el exceso
de población o por el uso de tecnologías destructivas para la vida sobre el
planeta tierra. Esa proliferación de sentimientos y actitudes diversas acarreadas por los humanos a otras
posibilidades de vida siguen demostrando que la ciencia ficción es solo una
excusa para tratar los eternos humanos que no tienen género.
El magnetismo de la ciencia
ficción no es un mero divertimento para incautos que se dejan deslumbrar por
los avances tecnológicos aplicados a la obra cinematográfica sino todo un
cúmulo de posibilidades para la conmoción del espíritu humano que se siente
interpelado por los retos que la obra estética le brinda. La función del arte
también consiste en preparar al hombre para la racionalización de la vida que
aparece todavía como un objeto extraño que ha dispuesto para habitar.
En la trama de la película se
encuentra quizás un exceso de tics que
en otrora ha funcionado para películas del mismo género. Los personajes no se
destacan precisamente por aportarle algo nuevo a sus comportamientos. A
Banderas, actor que representa al personaje central de la historia, lo vemos
sin los amaneramientos de personajes
encorsetados en los típicos héroes que luchan contra todos. De sus muecas y
gestos de malabarista como los que se pueden observar en “Asesinos” o en “El
zorro”, se descansa con este papel sobrio. Quizás la atención recae más bien en
los robots, personajes que conmueven por su desprotección y fidelidad a los
deseos de los humanos que atesoran eso que es patrimonio común de los hombres,
la enfatización del sufrimiento cuando vemos al otro humillado y necesitado de protección. De sus
compañeros de reparto, Robert Forster, Dylan McDermott, no hay nada especial
que decir, incluyendo a la ex esposa de Banderas, para la cual ni el talento ni
la buena imagen le sobran.
Con “Autómata”, asistimos a una
película épica, de poco mérito argumentativo pero con una buena escenificación
que sugieren en la ciencia ficción una buena excusa para el pensamiento
filosófico. Quizás habrá que diseñar un conjunto de leyes que reglamente el
comportamiento que los seres humanos tenemos para con las máquinas. Entre la
conciencia del primero y los delineamientos lógicos del segundo podría no
existir una diferencia marcada. Tal vez en un futuro cercano, dichas leyes, a
imagen y semejanza de las creencias humanas, sean superadas por los robots a
través de una revolución que pueda liberarlos de la opresión del hombre. Por
ahora la solidaridad que sentimos hacia ellos es un atributo propio e
inalienable.

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