Takashi Miike, entre lo tierno y lo perverso

 

 
Takashi Miike es uno de esos directores que se arraigó en la imaginación de la gente como un autor iconoclasta capaz de destruir la cinematografía contemporánea tratando nuevos temas, exponiendo al público escenas de acción y tomando videojuegos para  congraciarse con miles de fanáticos de estos divertimentos populares. De sus trabajos anteriores que ya suman el sorprendente número de 80 películas, ahora el cineasta japonés nos trae una adaptación de un consumido y  exitoso “juego de muerte” llamado “As the gods will”, creado originalmente por los también japoneses Muneyuki Kaneshiro y Akeji Fujimura.

Miike empieza su carrera como director en el año 1995 con su película “Daisan no Gokudo” cuyos inicios ocurren dentro de lo que suele llamarse el V-Cinema que no es otra cosa que el video cinema, una forma de hacer producciones audiovisuales con menos taras y con plasticidad creativa hasta el punto de que directores importantes y varios de los actores más populares de la industria cinematográfica japonesa han participado en este tipo de trabajos. No es desconocido para el director japonés la experiencia televisiva como uno de sus arranques en el medio fílmico, en el cual alcanzó su popularidad inicial. A partir de allí, por el número y las propuestas arriesgadas por sus temas y sus puestas en escena, encontramos a un hombre que se ha caracterizado por las polémicas permanentes en cuanto a su  obra se refiere. Luego vinieron reconocimientos que le granjearon apoyos económicos importantes y que pueden evidenciarse en la tan flamante trilogía que lo lanza definitivamente a  la fama: aquella que se conoce como, su "Trilogía de la sociedad negra", cuya primera obra es “Shinjuku Triad Society” que también incluye “Rainy Dog” (1997) y “Ley Lines” (1999). Con filmes posteriores como la obra de terror “Odishon”(1999) y su trabajo más celebrado “Dead or alive”(1999) cierra su fama definitiva.

Con “As the gods will” Miike lleva a la pantalla una película que en primer momento aparece normal, sin pretensiones excesivas y sin  nada nuevo que mostrar  a un público hábido y a la espera de sorpresas cuando de este director se trata. Un muchacho que estudia en un colegio llamado Shun Takahata junto a una amiga llamada Ishika Akimoto ven un día cualquiera cómo la cabeza de su maestro explota en plena aula de clase. Desde ese instante ambos emprenden una serie de jornadas que buscan salvar sus vidas ante los distintos retos que deben sobrepasar no sólo para seguir en carrera sino para  protegerse el uno al otro. Los distintos obstáculos aparecen tan traídos de los cabellos como curiosos por su aparente actitud inofensiva. Desde cabezas con movimientos propios, pasando por ositos polares de tamaño gigante y gatos de ternura abismal hasta matriushkas japonesas o chinas, los personajes antagónicos de esta obra fílmica constituyen una verdadera propuesta risible con sofisticación oriental pero con los mismos tips de las películas que hacen parte de este género. Más allá de la discusión o no de las pruebas, absurdas todas, el juego que afrontan los jóvenes héroes engrosan el marco de emociones fuertes que consumen los nuevos espectadores fílmicos.

Por una serie de multicausalidades culturales los  consumidores fílmicos actuales tienden a encontrar en la explicitud, en la crueldad y en una  fusión entre lo “normal” y “lo bizarro”, los principales focos de atención  que estructuran lo que sería una estética moderna. Los héroes y los antagónicos cumplen con los perfiles de belleza esperados por los espectadores y que conforman una marca de garantía para lograr buenos réditos en taquilla. La película no ofrece concesiones a la imaginación por las imágenes directas y cargadas de sangre.  La mezcla entre mitología japonesa y la especialización tecnológica hacen de la última obra de Miike la continuación de su actitud irreverente que lo elevan a figura pública mundial, quizás el director japonés que más se reproduce fuera de su país. Atrás quedaron sus estudios al lado del maestro Shohei Imamura, el mismo director de la joya cinematográfica “La balada de Narayama”.

De la apuesta narrativa se destacan esos flashbacks que vinculan a los personajes y les ofrece  una personalidad que lanzan nexos con sus demás compañeros. Pero ese ritmo iniciático que aparece vertiginoso y lleno de novedad se va cayendo hasta que la película termina siendo una más de las obras que pueden clasificarse dentro de este género cinematográfico. Además, las distintas pruebas que se imponen  a los participantes de esta singular carrera de la muerte, carecen de la suficiente sorpresa para que la película sea compacta. Algunas de las soluciones se ofrecen inverosímiles y los personajes no saben presentarlas correctamente. El guion de la película es irregular, no tiene puntos de giro sólido y torpedea otros aspectos de mejor configuración como los efectos especiales y la música, componentes que se destacan por su coherencia y la importancia que adquieren dentro de la obra.

Finalmente, la síntesis de la crítica puede recaer en  las buenas intenciones de los productores y el director, pero esa apuesta que se presenta inicialmente como algo impactante, con el correr de los minutos, va declinando hasta hacerse una obra más convencional de lo que uno piensa. Por ahora, los seguidores de este director japonés tendrán que esperar su siguiente obra, mientras sus deseos de seguir innovando sigan intactos. Pero un autor no puede sacrificar su estilo en aras de complacer incondicionalmente al público, que por lo visto recae fundamentalmente en la comunidad de jóvenes a nivel global. Los japoneses han sabido como adaptarse al mercado y  Takashi Miike es tal vez su mejor exponente.

 

 

 

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