El loco Max
reencauchado
En la película de 1979 la
historia giraba en torno a las luchas intestinas libradas entre individuos que
perseguían el control del combustible. El terrible mundo que hacía recordar las
palabras “El hombre es un lobo para el hombre”, siempre actuales, del filósofo
inglés Thomas Hobbes, impelía a esos sujetos agresivos y vengativos a buscar
refugio en grupúsculos que los protegían de esa “ley de la selva urbana”. “Mad
Max”, obra cinematográfica dirigida por George Miller y protagonizada por un
juvenil Mel Gibson, constituye una representación de una sociedad distópica, en
donde se adivinan las profundas desavenencias sociales entre personas
necesitadas de afecto que se desborda en toda clase de acciones desleales.
Ahora, la obra anticipa una secuela destinada a explotar al
máximo una historia sencilla pero que soporta su sorprendente éxito en el
vértigo y las escenas movidas que no dan un respiro al espectador. Esta
sucesión de planos que encapsula el pensamiento en un círculo en movimiento,
impiden la elaboración de pensamiento predispuesto a la digestión de la
historia que se cuenta. “Mad Max: furia en el camino” no toma demasiados riesgos debido a que sus predecesoras ya
habían allanado el camino que imprimió en la memoria colectiva la idea de esa
sociedad contaminada por el desenfreno de las pasiones humanas.
Esta vez, la pelea por el
combustible es sustituida por una lucha atroz que busca controlar el agua. Los
hombres y las mujeres en esta historia pierden cualquier atractivo erótico para
estos guerreros futuristas que siguen atados a leales sentimientos intergrupales.
Esta sociedad urbana parece conceder un valor supremo a la maternidad que
sugieren las mujeres y que les otorga algo
de importancia en un mundo dominado por hombres expertos en el manejo de
las armas, verdaderas pandillas que establecen lazos de compañerismo que se
solidifican por la solidaridad que genera la desgracia de una guerra
permanente. Este orden privado parece anunciar un derrocamiento pretérito de un
órgano de control centralizado. Ni el Estado, ni las instituciones, responden
por este marasmo organizado solamente por el poder de los que ostentan el
dominio de las armas. El desbordamiento y el ajuste de las emociones
desenfundadas por estos “trogloditas” del camino son la manifestación
emblemática de un desdoblamiento bipolar entre “buenos” y “malos”, quienes
persiguen dar rienda suelta a sus sentimientos de odio, desesperación y
benevolencia. Si existe algún resquicio de esperanza en la condición
filantrópica que encierra esa oscurecida faceta del hombre, llamada alma, surge
precisamente por la necesidad de convivencia. La única opción para unos y
otros es el fomento del espíritu de
colectividad, para la cual, no importan las circunstancias, estamos
especialmente dispuestos los seres humanos.
George Miller acierta en la
continuación de la historia original, pero cambia levemente las motivaciones
centrales por las cuales se inicia y perdura un conflicto que todos avecinamos.
La pelea por los recursos escasos, en este caso por el agua sagrada, se
convierte nuevamente en la mejor de las excusas para desencadenar la
solidaridad. En el fondo, el medio moldea el alma y ésta se alimenta de las
relaciones entretejidas por aquellos que deben construir un modo de vida de
esta o de otra manera. La exuberancia visual parece engrosada ostensiblemente por
la indumentaria de los personajes. Entre individuos figurados por el paisaje,
sus pintas tiñen las carreteras polvorientas de un halo malvado que se
despliega en las imágenes. Guitarras eléctricas, rock duro y vestidos de cuero
adornan el movimiento de los automóviles que se asemejan a camiones
destartalados y equipados para las condiciones agrestes que deben afrontar. En
la película reina una suerte de bricolaje técnico, en donde latas
desvencijadas, metales oxidados y armas no muy modernas, pero efectivas,
constituyen los mejores compañeros para el camino. Así mismo, las pequeñas sociedades
que se forman en los viajes prolongados y peligrosos guardan esa inclinación humana
al camuflaje. Las máscaras y la ornamentación tienen el propósito de servir de
medios para protegerse y ser lo suficientemente efectivos para la guerra.
Esta versión reciente de “Mad
Max” se convierte en un revulsivo para la defensa de una sociedad necesitada de
emociones fuertes que busca por todos los medios evitar y, en el peor de los
casos, alejar el tedio. Por eso la guerra es el medio propicio para
mantener a la sociedad en movimiento. El
ritmo de la película, vertiginoso e indigerible, es una apuesta bastante
pesimista sobre el comportamiento que las personas desarrollaríamos ante la
ausencia de condiciones mínimas para la vida digna. Pero ese mismo ataque
velado se transforma en una respuesta de fe hacia las posibilidades de cambio
de dichas condiciones adversas mediante el compañerismo y la solidaridad.
De los actores sólo queda por
decir que no tienen la fuerza del primer loco Max. Si bien Tom Hardy le imprime
un sello de silencio que lo marcan como
el héroe renegado y solitario de difícil acceso, su compañera de reparto,
Charlize Theron se pierde como una segundona que guarda una mezcla de
sentimientos entre auto preservadores y filantrópicos. Los personajes
antagónicos naufragan en un conjunto de clisés que descansan en papeles tan
manidos como insulsos que no agregan absolutamente nada a la película.
Finalmente, las dos horas de
duración de la película demuestran que la tecnología no determina la calidad de
una obra. Es más bien el buen manejo de una historia, el ritmo sostenido de
acontecimientos sin supeditarlos exclusivamente al movimiento físico y el
manejo de la dirección de arte que, como uno de los trozos de una obra estética,
constituyen en su conjunto, una buena o mala película.

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