Un fuerte abrazo de la serpiente
El etnólogo alemán Theodor Koch-Grünberg fue el científico que se aventuró por las
espesas selvas de la Amazonía. De sus investigaciones quedan varias joyas
etnográficas en donde relata sus incursiones por los ríos Negro al norte de
Manaos hasta desembocar en los afluentes del rio Vaupés, incluso más al norte
en el curso medio del rio Orinoco, en los límites entre Venezuela, Colombia y
Brasil. Su tarea inicial consistía en navegar por los ríos Ucayalí y Purús, en
el Brasil, pero la batalla encarnizada sostenida entre caciques del caucho,
devino en retrasos, dudas, enfermedades, amenazas y una serie de inconvenientes
que incluso, obligaron al explorador germano a disponer de la fortuna personal
de su esposa para continuar con la expedición. La recolección de objetos
etnográficos en comunidades Tukano y Cubeo hicieron finalmente muy productivo
su primer viaje realizado entre 1903 y 1904 al punto de que pudo resarcirse de
su fracaso económico inminente con la venta de estos objetos al museo
etnológico de Berlín, institución que minusvaloró su potencial como
científico. En su segundo viaje
Koch-Grünberg regresa, esta vez con la financiación de la fundación berlinesa
Baessler, a las fuentes del río Japurá, de donde emprende un segundo viaje
entre 1911 y 1913 al norte del Brasil y al sur de Venezuela. Luego de esta
segunda empresa etnológica, el científico alemán regresa a su país natal para concentrarse
en actividades académicas en la Universidad de Friburgo. En 1924, ad portas de emprender un tercer viaje al Amazonas,
Koch-Grünberg muere de malaria, contraída previamente y agravada por las
condiciones climáticas del norte brasileño. Su valioso y extenso trabajo se
encuentra consignado en cinco tomos denominados “Vom Roroima zum Orinoco. Ergebnisse einer Reise in
Nordbrasilien und Venezuela in den Jahren”, editados en 1921.
La figura de esta autoridad etnográfica sirve de pretexto al director
colombiano Ciro Guerra para realizar su tan celebrada película “El abrazo de la
serpiente”, obra que participó en el festival de Cannes del presente año. No
obstante, en aquel certamen, el director nacido en Rio de Oro, Cesar, debió
observar de cerca el gran premio obtenido por el joven director valluno Cesar
Acevedo, para el cual su obra, “La tierra y la sombra”, representó un
nacimiento cinematográfico de grandes
alcances. Dicho premio denominado, “La cámara de oro”, es
tradicionalmente una antesala de reconocimientos posteriores de mayor estatus.
Ciro Guerra cuenta con dos largometrajes que
levantaron los ánimos de la crítica. El primero de ellos, “La sombra del
caminante”, auspiciaban una carrera prometedora para un autor que, para ese
momento, contaba veintitrés años. El
segundo, “Los viajes del viento”, mermó un poco el debut del director
colombiano con más ascendencia internacional, después de Víctor Gaviria.
Guerra, es sin lugar a dudas, el cineasta colombiano que más cualidades estéticas
tiene y cuyo trabajo puede identificarse plenamente con el oficio de un autor
en todo el sentido de esta palabra.
“El abrazo de la serpiente” es una confirmación. En
esta obra se puede encontrar un intento serio por escudriñar en los estratos
profundos de una nación diversa, cuyos niveles de marginalidad se pueden apreciar
en las diferencias culturales de grupos humanos que han habitado históricamente
las regiones desiguales de la topografía colombiana. El carácter de un pueblo
como el nuestro se desliza más diáfanamente en la investigación de las raíces
culturales que el cedazo de la historia ha oscurecido con datos de grandes
eventos que se memorizan mecánicamente sin dar importancia a las verdaderas
causas de los fenómenos que han dado pie a nuestra identidad como nación que en
esas historias advenedizas y ligeras de una “mitología nacional” prescriptiva,
en la cual esa supuesta malicia y el humor generalizado constituyen la esencia
de nuestro ser como país. Ese tipo de
cine ligero y escurridizo vela las distintas realidades de coloraciones más
opacas y crudas de Colombia.
La película de Guerra muestra no precisamente los
aspectos centrales de la selva amazónica. Las condiciones topográficas con las
cuales tuvo que enfrentarse Koch-Grünberg seguramente fueron más agrestes tal
como se advierte en los diarios del científico alemán. No obstante, la fotografía logra mostrar la belleza del
paisaje, en donde el río ejerce su máxima atracción sobre los espectadores de
la película. En este sentido, las obras
de Herzog son más fieles a las condiciones adversas de los exploradores y
conquistadores europeos que se atrevieron a enfrentarse con la selva
suramericana. Por ello el peso de la
película recae en la relación de los “hombres blancos” con los grupos indígenas
de la Amazonía colombiana. Contrariamente a algunas críticas, no parece haber
una mirada idílica de las culturas vernáculas ni una condescendencia
paradisiaca con seres al parecer incontaminados por la civilización. Los dos
indígenas que acompañan este “Water movie” se debaten entre las contradicciones
psicológicas que se han mostrado suficientemente en el cine para referirse a
los individuos blancos. Uno de los puntos fuertes de la película recae en la
importancia de ciertos principios ligados al entorno como el uso de plantas
sagradas que son consideradas deidades
capaces de curar enfermedades que la medicina convencional no puede.
Con este tercer largometraje, Ciro Guerra sigue
mostrando que el cine es una posibilidad de investigación en si misma porque el
lenguaje audiovisual ofrece recursos que no se pueden expresar de otro modo. El
universo de este director colombiano se encuentra en constante expansión y se
alimenta de búsquedas personales. Entre el cine que quiere realizar y las
demandas del público no parece haber una separación irreconciliable.

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