La sal de la tierra

 

Su padre siempre albergó la esperanza de que su hijo fuera economista. En cambio, aquel muchacho descarriado se jugó la suerte entre flashes,  cabellos ensortijados, música estridente y metálica, hippies desmadejados por el consumo de marihuana y un montón de sueños hechos añicos por la desavenencia con el optimismo. Pero la compensación llegó en una sonrisa hermosa y unos ojos profundos que lo miraron por primera vez y luego se quedaron en refugios lejanos y expectantes por un regreso que alumbraba como una luz envolvente para difuminarse de súbito entre promesas melancólicas y aromas de muertes proyectadas. La suerte premió a ese muchacho con un talento excepcional para capturar el momento justo, con un hilillo de sensibilidad lo suficientemente fuerte para postergarse en el tiempo pero también lo suficientemente delgado como para  sumir aquella vida en continuas crisis de filantropía velada. Ese niño se enamoró dos veces: una siendo pequeño de una mujer hermosa que siguió acompañándolo, eso sí, desde la distancia, en esas correrías por el mundo entero en busca de un mejor ángulo para apretar el botón correcto de su  cámara; otra, cuando encontró en ésta el verdadero refugio para su escape y persiguió la luz sin esperanza de obtener el verdadero momento eterno, aquel perenne momento que se le escondía entre los secretos de la naturaleza humana. La primera se convirtió en su esposa, la segunda, en su compañera.

Sebastião Salgado recuerda, en medio de  cámaras grandes y de luces   en movimiento, esos momentos nostálgicos de sus primeras experiencias. Habla con la pausa que dan los años a un hombre enseñado a trasegar por los bordes de la bondad. Sabe que cada palabra es un desencubrimeinto porque su hijo escucha  y registra atentamente lo que dice  para luego componer un retrato en movimiento.  Ahora sabe que  su trabajo ha valido la pena porque dos hombres de talento  dimensionaron la importancia de su discurso. Uno de ellos es el director de cine más renombrado de los últimos años, el otro es su propio hijo.

Win Wenders es un gran retratista. De su trabajo han salido joyas cinematográficas como “Buenavista social club” y “Pina”, documentales  impregnados de calidez y cercanos  a los personajes que muestra. No son películas para acumular en los estantes como un registro histórico y realista sino pinturas de hombres octogenarios apasionados por la música y de una mujer creativa que vio en la danza y el teatro la mejor posibilidad de canalizar su arte. “La sal de la tierra” es un trabajo y una declaración pública de afecto hacia un   fotógrafo que centró su trabajo en los humildes. Los grupos humanos que tuvo la oportunidad de registrar con sus lentes llevan el metraje del padecimiento humano como una huella de la historia en la que luchas de clases  potentadas y grupos minoritarios despojados de la más mínima dignidad han constituido el foco de su esfuerzo.

La última obra de Salgado se denomina “Génesis”. Es un recomenzar después de dejar atrás todo el trabajo por el cual fue reconocido como un gran artista y distinguido por constituir un esfuerzo fotográfico importante sobre lo sociocultural.  Su paso por Ruanda y Etiopía quedó registrado como una herida abierta en la conciencia de la gente. Las películas que han mostrado los pormenores de un tragedia como aquella que vivieron los países africanos no alcanzan a ser los suficientemente  “humanas”, lo suficientemente desgarradoras y lo suficientemente reales para ser conmovedoras. Por el contrario, las fotografías de este artista brasileño  conmueven por la maestría de las luces y de la composición. Se capta la  esencia del sufrimiento humano sin llegar a los límites de la “pornomiseria” como han querido mostrar algunos de sus críticos. En salgado cohabitan una leve esperanza de encontrar en la humanidad algún resquicio de bondad que la salve y una decepción desbordante por todos los horrores que la guerra y la violencia han dejado en él y que se trasparentan en sus ojos marchitos.  En “Genesis” renace su deseo de revitalizar el universo  a través de la exuberancia de sus fotografías. Quizá, su rompimiento definitivo con los hombres se deba a ese deseo súbito de rendirle homenaje  a la vida. Tal como se ve en el documental, el fotógrafo aúna esfuerzos por reconstruir las intromisiones humanas en el equilibrio natural, donde la naturaleza brinda ejemplos de convivencia que sus congéneres le niegan.

El resultado de mezclar una obra fotográfica y una obra cinematográfica resulta un verdadero homenaje  a la imagen. Un artista hace uso de los recursos que el movimiento le proporciona no sólo para mostrar la vida de un hombre dedicado por entero a su trabajo sino comprometido con lo humano. Ese fondo común que los relaciona potencia las intenciones de encontrar en los entresijos de la cultura  a aquellos hombres que han podido captar en un solo momento un pequeño extracto de la cultura. Los motivos de la violencia, esa aparente angustia de los hombres ante la crueldad de sus congéneres, no pueden exponerse como lo haría un discurso científico en el mundo de lo social pero sí pueden exponerse en una instantánea del alma que se detiene a expresar ese algo desconocido. Por eso la obra de arte es un testimonio completo. Los grandes artistas son amanuenses del espíritu humano que luchan por emerger y que envían señales sobre lo bueno y sobre lo malo.  En las fotografías de  Salgado no habitan sólo el desgarramiento y el sinsentido de la vida sino el aporte de un hombre humilde que aún cree en el mejoramiento de la especie.

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