Timbuktú
 

De Abderrahmane Sissako.
 
África es un continente que tiene una historia apasionante. Sus países han pasado por procesos de estructuración cultural muy complejos, muchos de los cuales podrían aportar valiosos conocimientos en el desentrañamiento de los orígenes de la civilización occidental. De sus particularidades como territorio ancestral se desprenden ámbitos de su vida que aparecen dispersos y oscuros para el conocimiento del resto del mundo. La representación cinematográfica se ha encargado, frente a ese déficit comunicativo, de mostrar modos de ser, formas de vida consuetudinaria y expresiones estéticas que reflejan la riqueza de un  pueblo acostumbrado a procesos de conquista y colonización dolorosos.  Sus cineastas han debido sobreponerse a las adversidades de un medio, para el que filmar una película, parece no tener ninguna importancia. Por eso todo el cine  sobre aquel territorio, sobreviviente de las innumerables invasiones y del  contacto cultural jerárquico, lucha contra los obstáculos económicos, culturales y sobre todo políticos.

Tal vez la recurrente invitación y reconocimiento de obras y de autores provenientes de allí, o de cualquier lugar en el mundo en donde las condiciones políticas impidan la realización de cine, pueda ser hoy la causa fundamental de esa nueva actitud de críticos, organizadores de eventos fílmicos internacionales y de la prensa en general. Quizá hay una especie de nuevo descubrimiento que  basa su mirada en una clase de “exotismo” estético que  torna sus intereses hacia territorios inexplorados por el cine tradicional. Puede ser. Con todo y eso, esa sospecha de supuesta “complacencia estética” ha permitido desvelar contextos culturales que se han venido representando en los filmes de directores que han expresado sus obsesiones personales en las pantallas. Afortunadamente, para ellos, varias de esas obsesiones giran en torno al tema político. La fuerte presión sobre las posibilidades de maniobrabilidad de las personas, el inmenso peso de la opresión social y las limitaciones de creación artística se han convertido en un revulsivo para la realización de obras fílmicas dignas de resaltar.

Uno de esos casos es el del director de origen mauritano de 53 años Abderrahmane Sissako, un artista que debió emigrar a Malí en sus tempranos años de vida. Allí se dio cuenta de los límites a la libertad, impuestos por regímenes políticos de naturaleza teológica, cuyas restricciones impidieron la libre expresión de miles de personas, acostumbradas a ello, tal vez, por motivos tradicionales e incontrovertibles debido al imperativo religioso de orden yihadista. El mundo cinematográfico ya había advertido su presencia artística con las obras, “Heremakono”, película inspirada en el exilio y retorno a su país Mauritania; y “Bamako”, protagonizada por el actor Danny Glover.

No obstante, el torbellino de la represión y el impedimento de cualquier expresión que vaya en detrimento de “las buenas conductas”, aparece en cada una de las relaciones establecidas en aquellos habitantes, hombres, mujeres y niños apegados a un sino terrígena como si sus cuerpos fuesen una prolongación de la naturaleza inhóspita.

La última película de Sissako se denomina “Timbuktú”, nombre de la ciudad antigua, por cuyas paredes han descorrido miles de pueblos nómadas, destruyendo y levantando toneladas de barro sobre las viviendas ateridas por el calor del desierto. Las aspiraciones expansionistas de religiones también han edificado una forma de aprehender el mundo; se han incorporado hábitos y prácticas culturales que reflejan  la historia de esa ciudad sagrada. En el filme reina una atmósfera de denuncia, sin perder las posibilidades de objetivación estética. Los planos acusan el silencio de la tranquilidad. Las arenas de ese enorme, áspero y a la vez hermoso desierto, parecen adormecidos por el paso del tiempo. En sus suelos se levantan tiendas de tela bajo las cuales habitan familias que viven de sus rebaños. Las necesidades se suplen con el trabajo diario en un clima de estabilidad  y quebrado por el Regimen político. El individuo, al parecer, es anulado por las determinaciones de la moral. Ésta ha sido consignada en las tablas de la ley por jueces implacables, por las rondas policiales, por la represión de las expresiones artísticas, por aquellas situaciones familiares y conyugales que para la Europa occidental y buena parte del mundo son consideradas “normales”.

“Timbuktú” desenvuelve su argumento sin paliativos. Todo en la película se ve desde la perspectiva de alguien que relata los hechos como si su lente no tuviera otras posibilidades de ubicación. Las imágenes basan su sólido encadenamiento en una fotografía y un montaje acertados. Las actuaciones parecen sobrias excepto en uno que otro personaje. Uno de sus puntos débiles es que el clima de terror y miedo que se sugiere desde el principio termina por convertirse en una simple denuncia que, no por ser falaz, allana el camino a una trama exterior, carente de un hilo conductor sólido.  La obra funciona como la exposición de un caso y la insinuación de otros eventos conexos que no logran la cohesión necesaria que una obra fílmica requiere. La sugerencia trágica se plantea desde las primeras imágenes pero el desenlace no se construye progresivamente sino que irrumpe con escenas fuertes tan artificiosas y pensadas aparentemente para lograr ese impacto del final que la película no allana convenientemente durante todo su metraje.

Toda obra de arte es la exposición de una idea íntima. Difícilmente, un autor pueda salirse de los límites que configuran su mundo como creador. En asuntos tan álgidos como los que tocan el tema político-religioso, nuestras concepciones de mundo influyen en la manera como juzgamos las cosas. Las reivindicaciones logradas por la humanidad parecen irrebatibles. Derechos como la vida y la libertad de expresión no se avecinan como incontrovertibles por el grueso de la sociedad. Pero a veces es bueno que los intelectuales y entre ellos los artistas, dejen abierta la puerta para  que los espectadores interpreten la obra de modo distinto al que guía sus propias concepciones.

 

 

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