El niño de Quebec

De Xavier Dolan

Todo parece indicar que estamos ante un caso de talento precoz. Xavier Dolan es un muchacho que cuenta 26 años, una edad en la que un director apenas se encuentra en plena experimentación. Una admiración por el cine, unos cuantos amigos que comparten el mismo gusto por lo audiovisual, unos pocos cameos, ingreso tibio  a los ambientes cinematográficos, etc. A genios del cine como Kubrick, Hitchcock, Welles, entre otros, ya se les había visto, a una edad similar, esa notoria precocidad, equiparable a la de cualquier cineasta que, en sus siguientes años, puede llegar a desarrollar todo su potencial como artista fílmico.

No sé si éste es el caso. Lo cierto es que Dolan ha declarado que su primer guion lo concibió  a los 16 años. Su primera película fue rodada cuando tenía 19 años. Luego de ésta vinieron cinco más. En ellas uno ya puede advertir ciertos patrones que constituyen algo así como la marca de identidad, un estilo propio que es fiel a unas obsesiones de artista que busca expresarse con las herramientas que le pertenecen, las que posibilitan mejor sus pretensiones como autor cinematográfico. En las películas que dirige habitan personajes encarcelados por sus angustias existenciales, pero que se objetivan en las relaciones conflictivas que establecen con sus similares. En los otros se encuentran las dificultades propias. En esas obras no aparece la frase grandilocuente, ni el personaje paradigmático de lo moral que la pronuncia, ni eximios retratos de épocas pasadas, ni bosquejos éticos que intenten infundir mensajes éticos, ni tramas enrevesadas, ni historias ejemplarizantes… En esos filmes del joven director, encontramos más bien exploraciones, investigaciones de la condición problemática del ser humano en el establecimiento de sus relaciones con allegados y personas no tan cercanas que en algún momento intervienen en el campo de acción propio. El cine de Dolan es más una búsqueda que una pretensión de encontrar respuestas ante las múltiples variantes que ofrecen situaciones adversas en personajes sobrepasados por sus propias crisis. Los personajes se conducen solos, desfogan sus deseos más íntimos pero son conscientes de las presencias represoras de los otros, con los cuales hay que contar para lograr una convivencia sana. Sin embargo, saben, y por eso temen que en algún momento todo tenderá a salirse de control. Hay una especie de ingenuidad reprimida por los deseos de lograr ciertos mínimos de “normalidad” en medio de tanta gente que parece cuerda, pero que en el fondo alberga penas más grandes que las que ellos tienen. En esa similaridad esencial de lo humano, dichos personajes se encuentran, comparten lo inconfesable en el desbordamiento de los caudales emocionales que los envuelven.

Esas obsesiones cinematográficas parecen reflejar un puritanismo moderno, un ascetismo inconfesable que se trasluce en la imagen. Dolan, podríamos decir, es un prototipo del purista  audiovisual que utiliza los recursos propios del medio cinematográfico para expresar sus ideas  como explorador del alma humana. Antes de “Mommy”, el último de sus largometrajes, recién  estrenado el año pasado,  en su natal Canadá, sus cinco filmes anteriores, exploran los intríngulis de las identidades sexuales, el maremágnum de confusiones juveniles que hombres y mujeres experimentan en sus vidas  a través del tiempo.

Las actrices canadienses, Anne Dorval de 55 años y Suzanne Clément de 46 , se han convertido en colaboradoras habituales de la filmografía del director quebediense. Ellas aparecen como actrices  naturales que han desarrollado una carrera profesional sólida, frecuentemente solicitadas por la televisión de su país pero cuyos trabajos fílmicos se asocian indiscutiblemente con el nombre de Xavier Dolan.  La primera interpreta, en Mommy, a  Diane, una joven madre que intenta amedrentar su remordimiento con una nueva actitud maternal para con su hijo adolescente, Steve, un joven que sufre una enfermedad llamada Trastorno con déficit de atención con hiperactividad (TDAH), no tan rara como uno cree. El personaje es una mujer que, según se muestra en la película, es atravesada por las circunstancias las cuales nunca la prepararon para afrontar tamaño reto. En Diane puede adivinarse una tensión permanente entre su libertad personal y esa “pesada carga” que constituye su hijo. Entre las premuras económicas, la hostilidad del medio y la amistad de una vecina que se convierte en su amiga, Diane libra un combate contra su incapacidad. La segunda, Kyla, es una profesora joven que ha somatizado sus temores que se reflejan en su evidente tartamudez. La relación de amistad que extiende a su nueva vecina, la descubre como una mujer tierna, responsable y sensible ante las dificultades de Diane con su hijo Steve.

En el centro de la historia yace el joven problema, un muchacho enfermo, inadaptado, sensible y amoroso cuando su enfermedad se lo permite o precisamente porque su enfermedad se lo ordena. Este personaje es interpretado por el actor Antoine-Olivier Pilón, cuyo papel parece inicialmente tremendista pero que al  final  termina convenciendo. Dolan consciente su presencia, lo acaricia con la apertura del cuadro que procede como un manejo poligráfico interesante  el cual  agrega sorpresa a la obra.

“Mommy” es una película valiosa. Algunos detalles y algunas partes de la trama asoman de modo impostado, pero la intención de la obra, su totalidad fílmica, la definen como una película que alcanza niveles estéticos sobresalientes.

Todo proceso requiere  tiempo. Un director joven madura su arte en la medida en que encuentra materias nuevas de inspiración que hallen también nuevas formas de expresión estética. No siempre las grandes promesas mejoran con el tiempo, pero las probabilidades de afinar su trabajo, aumentan con el paso de los años. El premio que compartió con la leyenda viviente llamada Jean-Luc Godard en Cannes de este año parece anunciarle una brillante trayectoria como cineasta. Ojalá, decir adiós al lenguaje no sea una sentencia definitiva que envuelva a los filmes del joven director canadiense.

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