El ladrón de imágenes
Jake Gyllenhaall es esa clase de
actor promocionada sistemáticamente por
la industria del espectáculo para que alguna vez, legitimado por los premios y
galardones, sea reconocida por el gran público como miembro honorario de los buenos intérpretes.
Seguramente sus tempranas incursiones en el cine, desde sus primeros
trabajos como “Donnie Darko”, cautivaron el ojo crítico de algunos productores
que, siguieron respaldando el trabajo del actor nacido en los Ángeles,
California, en el año de 1980. Esa misma serie de sucesos ocurrió a actores como el desaparecido River Phoenix,
o para hablar de un caso más reciente, lo que pasa con el angelino, Leonardo
DiCaprio. Gyllenhaall ha venido madurando a fuerza de interpretar papeles de
exigencias sobresalientes como “Secreto en la montaña” de Ang Lee, “Enemy” del
director canadiense Denis Villeneuve y
ahora su más reciente película: “Nightcrawler”.
Si bien, parte del éxito del
filme radica en la trama, hay que cargarle fundamentalmente el peso de éste a
la actuación de Gyllenhaall. Su talento
para combinar esos momentos de plena decisión y potencia en los cuadros en los
cuales, la acción se destaca, con el desánimo de sus propia situación,
atesorados por la dinámica del personaje, demuestran que su versatilidad es una
de las características centrales de su trabajo.
Ahora, una película como la que
nos trae el director debutante Dan Gilroy, se adentra en uno de los temas más
caros y más apetecidos por el cine norteamericano. Ese énfasis de la
investigación de proyecciones aparentemente críticas que tienen los mass-media,
conserva ese deseo de captar la atención
de los espectadores aparentemente atentos al discurrir de la realidad
estadounidense. Una sociedad en la que
millones de personas pasan gran parte de sus vidas frente a una pantalla de
televisión termina por naturalizar el
uso del medio, incluso si éste lanza una gran cantidad de dardos desde adentro.
“Nightcrawler” es una película
que muestra, no solamente el funcionamiento de algunos medios televisivos de
bajo presupuesto, sino la sensible individualidad de sus miembros. En una
democracia, el denominado “amarillismo”, también se constituye en una
alternativa de trabajo para los medios de comunicación. Incluso si los
parámetros éticos han llegado a niveles de flexibilización que no pasan por los
mínimos conductos de control que requerirían ciertas imágenes. En el fondo la
película enmarca toda su historia en la generación de obsesiones y
psicopatologías de miles de hombres y
mujeres refugiados en sí mismos, al margen de los canales de los dispositivos
de socialización necesarios para lograr un lugar dentro de las categorías
consideradas normales dentro de la sociedad. “Lou” Bloom, el personaje
interpretado por Gyllenhaall, es simplemente
un joven solitario que pasa todo su tiempo frente a la pantalla de un
ordenador, descifrando enigmas virtuales, descodificando imágenes y tratando de
subsanar sus enormes vacíos internos, deudores obligatorios de su pasado. No
obstante, en lugar de direccionar esa soledad en favor de acciones loables, los resultados son
absolutamente reprochables. En algunas de las relaciones que teje “Lou” como
las que sostiene con su joven ayudante, al cual engaña sistemáticamente, o con
Nina, la directora del canal, a la cual extorsiona para complacerla con sus
grabaciones, se adivinan esas despreocupaciones por el respeto que se les debe a quienes se involucran con aquel en el
trabajo.
En el filme opera esa lógica
perversa del mercado en la que los rating determinan no solamente los
contenidos sino los alcances de la labor periodística. El marcado acento por
atrapar lo real en su totalidad, genera unas propensiones de explicitud que acelera
y exacerba la morbosidad de los televidentes. Quizás de ese aburrimiento de las
nuevas generaciones de individuos, nazca esa sobre determinación de la
tangibilidad como motor de todo lo consumible.
Esa extraña cualidad que conduce al pensamiento profundo aparece como un
anticuario que, frente a la pantalla, ya no ofrece el interés que en otrora
tuvo. “Nightcrawler” es una película que
muestra la continuación de los shows en vivo, iniciados por los estadounidenses
en la década del setenta y que también tuvieron sus contrapartes en Latinoamérica
hasta hace muy pocos años. Los ingredientes son básicos: sangre, homicidios,
cuerpos destrozados, accidentes de automóviles… Y las causas de todo ese aparataje
mediático se condensan en las premuras por encontrar el momento preciso para
lanzar una noticia. Aquí opera ese síndrome de la chiva de la cual se han
encargado de disertar los innumerables foros sobre ética que tratan sobre el
manejo responsable de los medios de comunicación.
Por otro lado, las
participaciones actorales, además de la de Gyllenhaall, cumplen correctamente.
René Russo, funge como una veterana directora de un canal de televisión pequeño,
para la cual, las actitudes éticas son relativas. Entre “Lou” y Nina existe una
cierta percepción común sobre la realidad. Cualquiera de los dos haría lo que
fuera por conseguir los propósitos que se propusieran. También, el eterno actor
de reparto, Bill Paxton y el joven actor Eric Lange suman a la calidad interpretativa de la obra cinematográfica.
En estos dos hombres parece haber algo de tacto a la hora de ejercer sus
respectivos trabajos. El primero, como un camarógrafo avezado y trabajador eternizado en los pequeños canales;
el segundo, como un novel camarógrafo que
duerme en cuartuchos y gana sueldos miserables.
“Nightcrawler” es una obra
fílmica que toca un tema sensible para los estadounidenses, que utiliza los medios técnicos acertadamente como
la dirección de fotografía, la iluminación especialmente en la construcción de
esas atmósferas nocturnas, la dirección de actores y el ritmo sostenido de la
obra.



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