El ladrón de imágenes

(2014)

Jake Gyllenhaall es esa clase de actor  promocionada sistemáticamente por la industria del espectáculo para que alguna vez, legitimado por los premios y galardones, sea reconocida por el gran público como  miembro honorario de los buenos  intérpretes.  Seguramente sus tempranas incursiones en el cine, desde sus primeros trabajos como “Donnie Darko”, cautivaron el ojo crítico de algunos productores que, siguieron respaldando el trabajo del actor nacido en los Ángeles, California, en el año de 1980. Esa misma serie de sucesos  ocurrió  a actores como el desaparecido River Phoenix, o para hablar de un caso más reciente, lo que pasa con el angelino, Leonardo DiCaprio. Gyllenhaall ha venido madurando a fuerza de interpretar papeles de exigencias sobresalientes como “Secreto en la montaña” de Ang Lee, “Enemy” del director canadiense Denis Villeneuve y  ahora su más reciente película: “Nightcrawler”.

Si bien, parte del éxito del filme radica en la trama, hay que cargarle fundamentalmente el peso de éste a la actuación de Gyllenhaall.  Su talento para combinar esos momentos de plena decisión y potencia en los cuadros en los cuales, la acción se destaca, con el desánimo de sus propia situación, atesorados por la dinámica del personaje, demuestran que su versatilidad es una de las características centrales de su trabajo.

Ahora, una película como la que nos trae el director debutante Dan Gilroy, se adentra en uno de los temas más caros y más apetecidos por el cine norteamericano. Ese énfasis de la investigación de proyecciones aparentemente críticas que tienen los mass-media, conserva  ese deseo de captar la atención de los espectadores aparentemente atentos al discurrir de la realidad estadounidense.  Una sociedad en la que millones de personas pasan gran parte de sus vidas frente a una pantalla de televisión termina por naturalizar el  uso del medio, incluso si  éste  lanza una gran cantidad de dardos desde  adentro.
                             Dan Gilroy
                                                    
“Nightcrawler” es una película que muestra, no solamente el funcionamiento de algunos medios televisivos de bajo presupuesto, sino la sensible individualidad de sus miembros. En una democracia, el denominado “amarillismo”, también se constituye en una alternativa de trabajo para los medios de comunicación. Incluso si los parámetros éticos han llegado a niveles de flexibilización que no pasan por los mínimos conductos de control que requerirían ciertas imágenes. En el fondo la película enmarca toda su historia en la generación de obsesiones y psicopatologías de miles  de hombres y mujeres refugiados en sí mismos, al margen de los canales de los dispositivos de socialización necesarios para lograr un lugar dentro de las categorías consideradas normales dentro de la sociedad. “Lou” Bloom, el personaje interpretado por Gyllenhaall, es  simplemente un joven solitario que pasa todo su tiempo frente a la pantalla de un ordenador, descifrando enigmas virtuales, descodificando imágenes y tratando de subsanar sus enormes vacíos internos, deudores obligatorios de su pasado. No obstante, en lugar de direccionar esa soledad en favor de  acciones loables, los resultados son absolutamente reprochables. En algunas de las relaciones que teje “Lou” como las que sostiene con su joven ayudante, al cual engaña sistemáticamente, o con Nina, la directora del canal, a la cual extorsiona para complacerla con sus grabaciones, se adivinan esas despreocupaciones por  el respeto que se les debe a  quienes se involucran con aquel en el trabajo.

En el filme opera esa lógica perversa del mercado en la que los rating determinan no solamente los contenidos sino los alcances de la labor periodística. El marcado acento por atrapar lo real en su totalidad, genera unas propensiones de explicitud que acelera y exacerba la morbosidad de los televidentes. Quizás de ese aburrimiento de las nuevas generaciones de individuos, nazca esa sobre determinación de la tangibilidad como motor de todo  lo consumible. Esa extraña cualidad que conduce al pensamiento profundo aparece como un anticuario que, frente a la pantalla, ya no ofrece el interés que en otrora tuvo.  “Nightcrawler” es una película que muestra la continuación de los shows en vivo, iniciados por los estadounidenses en la década del setenta y que también tuvieron sus contrapartes en Latinoamérica hasta hace muy pocos años. Los ingredientes son básicos: sangre, homicidios, cuerpos destrozados, accidentes de automóviles… Y las causas de todo ese aparataje mediático se condensan en las premuras por encontrar el momento preciso para lanzar una noticia. Aquí opera ese síndrome de la chiva de la cual se han encargado de disertar los innumerables foros sobre ética que tratan sobre el manejo responsable de los medios de comunicación.

Por otro lado, las participaciones actorales, además de la de Gyllenhaall, cumplen correctamente. René Russo, funge como una veterana directora de un canal de televisión pequeño, para la cual, las actitudes éticas son relativas. Entre “Lou” y Nina existe una cierta percepción común sobre la realidad. Cualquiera de los dos haría lo que fuera por conseguir los propósitos que se propusieran. También, el eterno actor de reparto, Bill Paxton y el joven actor Eric Lange suman  a la calidad interpretativa de la obra cinematográfica. En estos dos hombres parece haber algo de tacto a la hora de ejercer sus respectivos trabajos. El primero, como un camarógrafo avezado y  trabajador eternizado en los pequeños canales; el segundo, como un novel camarógrafo que  duerme en cuartuchos y gana sueldos miserables.
                         René Russo como Nina                
                                                                                                   

“Nightcrawler” es una obra fílmica que toca un tema sensible para los estadounidenses, que  utiliza los medios técnicos acertadamente como la dirección de fotografía, la iluminación especialmente en la construcción de esas atmósferas nocturnas, la dirección de actores y el ritmo sostenido de la obra.

 

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