Cazador de luz

 
Hay una angustia fundamental en el rostro de aquel hombre. Lo adivinamos cuando, atado a un mástil, en un bote, decide captar la fuerza de la tormenta, en medio del mar, mientras su sensibilidad se  forja nuevos instrumentos espirituales para captar la realidad por medio de la paleta. Y la vemos también en aquellos largos momentos, frente a la playa, en un cuartucho desvencijado por el tiempo y regodeado por la plena naturalidad que, las embestidas del mar, emprenden, arrojando sus nuevas sensaciones sobre  el pintor nacido en Convert, Garden, Londres, Inglaterra. Pero sobre todo la vemos en ese rostro impertérrito, perdido en el horizonte, mientras clava sus ojos en el transcurso de cada momento, milímetro a milímetro, de los insondables paisajes que intentaba construir en su mente para no traicionar el flujo natural. En ello hay una profunda admiración a un mundo que se le aparecía irreconocible, incluso a su aguda percepción. Eran los tiempos de la renovación pictórica. De ella bebieron unos años después los pintores impresionistas. Ese orden natural, en si mismo, se convirtió en objeto de admiración, sin dejar en ello la posibilidad de la composición pictórica singular.

“Mr. Turner”, película sobre aquel pintor de paisajes cargados de color, viene a ser un biopic distinto, que escapa a las dicotomías tan propias del género. Ni las condiciones de extremo pauperismo, ni la plena elegía del artista lleno de reconocimiento, son las pretensiones del director. Mike Leigh retrata más bien, a un hombre del siglo XIX, que obtuvo algo de fama, pero solo en la medida de sus atribuciones como pintor. Nada parece un revulsivo para la psicopatología ni para las excentricidades. A este artista, las crisis y las pasiones desbordadas solo le hacían mella en esa introspección permanente, en la cual, seguramente iba encajando los distintos componentes de la realidad en su obra pictórica. Mike Leigh, el director de esta obra fílmica, no entra en idealizaciones, ni en homenajes de perpetuación. Simplemente quiere describir los rasgos más característicos de la personalidad del artista. Por ello vemos a un hombre maduro cernir su carácter al ritmo de una Inglaterra encorsetada en modos de vida conservadores, pero siempre abierta al arte como expresión de ese espíritu solemne. Pero en este caso Joseph Mallord William Turner, un hombre nacido en 1775 y que atraviesa toda la primera mitad de ese siglo previo al siglo victoriano, es mostrado con la serenidad del pintor que solo persigue su arte. En sus relaciones cotidianas no tenía demasiado éxito. Padre de unas hijas no reconocidas, amante contertulio de una ama de llaves cargada de soriasis y esposo consentido de una mujer que cuidó de él hasta el final, ese hombre solitario se enfoca bajo el lente del director, como un hombre cualquiera, que caminaba por las calles de su país, sin que las personas adivinaran las enconadas meditaciones  en las que se sumía permanentemente. Aquí Leigh acierta con la obra personal de una biografía difícil de contar. No es el tremendismo de los hechos ni lo colorido de las situaciones los que forjan esta narración fílmica. En manos de otro cineasta, probablemente esta historia no habría tenido la altura que tiene.

Leigh, dueño de una mirada crítica sobre la clase media inglesa, avanza en su proceso de reinvención fílmica. Con su genial “Secretos y mentiras”(1996) desmitifica la mirada directa, hace confesar a sus personajes que no hay verdades inmutables y que detrás de la imagen pública siempre se acuñan los más perversos deseos de subvertir la moral. Luego de consagrarse como un director premiado que además sabe hacer cine, “Mr. Turner”, combina un sentido trágico de la vida a través del artista inconforme con sus propias incapacidades de captar el mundo. Sin esos acostumbrados clisés tan propios de las biografías de artistas, Leigh, logra captar el anhelo de su artista mostrado.

Turner quería encontrar el trazo perfecto, la línea única que pudiera complacer todas las inquietudes como artista de paisajes. El poder de la naturaleza, tormentas, la dirección del viento, la inescrutable composición de la luz sobre el agua. Para él, la luz era el centro de su obra: descubrir sus secretos resumía aquel motor inmóvil detrás de la inaprensibilidad del movimiento. En esa búsqueda existencial del movimiento, la luz es simplemente el anhelo de perfección, tan latente en los deseos de los grandes artistas.  Y en esa expectativa postergada, la tranquilidad se ha perdido. Una ansiedad tal, se objetiva en las actitudes de un pintor de exteriores, en los cuales, el espíritu busca perpetuarse. El señor Turner, en sus divagaciones inescrutables, siempre priorizó la obra. Ni el dinero, ni el placer físico, se superpusieron al perfeccionamiento de sus pinturas. Por eso, decidió donar todo su trabajo a la humanidad, rechazando previamente la fortuna que un magnate le ofrecía  por ellas.

Esta vez, Mike Leigh, no se granjeó tantos galardones, pero afianza con “Mr.Turner”, una obra sólida, personalísima; un homenaje y a la vez un cuadro sobrio de un hombre que direccionó sus esfuerzos a la captura del momento preciso, en la fugacidad de la vida de seres frágiles que se han subyugado a la omnipotencia del tiempo. La composición de la luz, parece decirnos el director, por boca de Turner, es un problema metafísico que los artistas de la naturaleza han intentado e intentan apresar por siempre.

“Mr Turner” es una gran película. Habrá que seguir estudiándola como una obra que arroja grandes problemas filosóficos y estéticos con los cuales se puede iluminar el mundo de la creación artística.

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