Whiplash
(2014)
El cine también produce obras que
por su producción y su impacto, pueden ser consideradas como grandes
best-sellers. En la pantalla se observan
los equivalentes audiovisuales de mercaderes de la literatura que, con base en
fórmulas de auto superación, embaucan a miles de personas con su verborrea
prolífica. Whiplash es la pretensión del mesmerismo cinematográfico por introyectar en el público los principios del
éxito a quienes requieren de consuelo que, dadas las condiciones difíciles de
vida, aplanan su tristeza con placebos ofrecidos principalmente por los núcleos
del mercado fílmico hoy. Formulitas como la “persistencia”, “el genio
solitario”, “la rivalidad exacerbada del
maestro con su pupilo” y “la represión de las emociones en procura del
propósito soñado”… configuran los antiquísimos rasgos de un luteranismo
trasnochado.
Damien Chazelle, un guionista y
director de cine es el responsable de esta película. De sus veintinueve años ya se desprenden algunas
obras cinematográficas que han hecho y harán sin ninguna duda las delicias de
los grandes productores que le impregnan ese “toque de autoría” a los filmes
como para que la prolijidad de la industria de Hollywood siga manteniendo sus
niveles de producción. Junto a Graham Moore, guionista del filme “The imitation game”, el director
estadounidense se erige como una de las posibles figuras que tendrá que hacer
fila para obtener alguno de los premios más importantes en los Oscares de la
próxima década. “Whiplash” parece una idea que recoge las obsesiones íntimas de
un joven músico de jazz que aspira a obtener la perfección artística con base
en trabajo y que explota una voluntad a
prueba de todo, en un medio donde las distracciones proliferan por todos lados. De la persistencia de Andrew también surgen esas
confrontaciones familiares, como las que se producen en el comedor, que
intentan desnudar la ramplonería de su padre y hermanos, individuos éstos para
los cuales la música es una actividad menor. El universo de Andrew parece ser
un cubo impenetrable, por donde sólo suenan las notas de su batería, en medio de
canciones legendarias de jazz. Pero la
obsesión más penetrante ocurre con el exigente maestro del conservatorio de
Shaffer, el impotable Terence Fletcher, uno de aquellos genios rebeldes que no
escuchan nada que no gire en torno a su propio ego. Entre los dos músicos se interpone
una barrera de sueños frustrados. El joven, porque su deseo
de convertirse en el mejor baterista del mundo, debe abortarse por la
prepotencia y la actitud antipedagógica de ese profesor tirano. El otro, un
maestro de orquesta, porque sus métodos de enseñanza le han arrastrado a
retomar el sendero de la producción musical, abandonado a cambio de
explotar los talentos de jóvenes promesas. En esa disputa personal y
profesional ni el virtuosismo del baterista ni los métodos de enseñanza del
maestro se adivinan como ejemplos de superación personal. Al final lo que uno
ve es una película que muestra las mejores intenciones, unas proezas en ciernes
y otras no tanto, que van en busca de la obra de arte perfecta, pero todo
termina siendo un esfuerzo vano, desprovisto de las justas retribuciones por el
esfuerzo aportado en semejante empresa. No obstante, eso que parece una
conjunción interesante de partes por ensamblar termina siendo un fracaso
fílmico por la enorme cantidad de
imágenes desprovistas de intimismo creador. Cada plano, cada escena, todos
los personajes creados en una obra fílmica como ésta se convierten finalmente
en un predicado de fórmulas para la vida buena. La fábula del mundo contemporáneo para espectadores
carentes de esfuerzo por tratar de construir una obra que realmente redunde en
la metáfora viva del obrar y el padecer humanos, llega así a configurarse en un
gran fracaso.
De los actores no hay mucho que
decir. El actor estadounidense nacido en Chicago, Jonathan Kimble Simmons,
interpreta al profesor Fletcher con el tremendismo de las películas que
muestran relaciones obsesivas y por cuya actuación recibió el premio Oscar del presente año al mejor actor de reparto.
La obra lo deja bien parado, debido a que la actitud del maestro frente a sus
estudiantes de música tiene fines eminentemente pedagógicos. Este maestro
musical parece inspirarse en otras figuras icónicas de la dirección musical
como el gran Leonard Berstein. Aprovechando la fama de neuróticos que tienen
los genios de este talante, el director
crea todo un conjunto de agresiones físicas y verbales que hacen más
tirante la relación entre los dos
individuos. Sin embargo, afuera del escenario, el maestro Fletcher parece ser
un hombre tranquilo, incluso lleno de bondad. Por el otro lado, Andrew, busca encontrar
las claves para erigirse en el mejor baterista de jazz de todos los tiempos.
Los sacrificios, para él, implican recluirse a niveles inverosímiles y dejar de
lado otras actividades de la vida personal que sean motivos de distracción. Su
intérprete es el actor de veintiséis años, Miles Teller, un actor que ya cuenta
con una larga serie de películas de bajo reconocimiento en el cine de los
Estados Unidos.
“Whiplash” es una obra fílmica
sobre las obsesiones humanas que jalonan el arte en los individuos que quieren
alcanzar la perfección. Y es una disertación
de estirpe comercial sobre el papel del maestro en el proceso de
perfeccionamiento. Del profesor Holland interpretado por Richard Dreyfuss o del
recluido William Forrester, representado por Sean Connery, maestro en todo el
sentido de la palabra, asistimos a una película en donde se ve la deformación del verdadero
sabio, formador éste de buenas personas
a través del arte.



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