Enemy

 

 

El director canadiense Denis Villeneuve cuenta con  cinco largometrajes: Un 32 août sur terre, Maelström , Polytechnique, Incendies, Prisoners  y  Enemy. Todos ellos han sido aclamados por la crítica especializada como obras importantes, no sólo por el cuidado puesto en cada una de las imágenes sino por los temas complejos que suelen ser parte de su sello como artista. El cineasta acostumbra trabajar con profesionales distintos para sus proyectos. Los directores de fotografía han variado desde su primer largometraje a excepción de Nicolas Bolduc que también estuvo acompañándolo en Prisoners. Podemos decir que su cine es en lo posible personal, que logra la identificación del público con los personajes pero garantizando la distancia suficiente para que aquél no pierda la perspectiva y que en su propuesta audiovisual reina  un cuidado minucioso en cada uno de los detalles.

 

Con Enemy, film estrenado casi al mismo tiempo de su renombrada Prisoners, logra una colaboración eficaz con el guionista español Javier Gullón, escritor del thriller El rey de la montaña (2007). Esta vez, la historia es tomada de la novela El hombre duplicado del premio Nobel portugués José Saramago. El libro nos habla de un profesor de historia llamado Tertuliano Máximo Alfonso quien algún día ve una película donde aparece un hombre físicamente igual a él. El cuerpo de la obra se compone de todos los acontecimientos y situaciones que debe afrontar  el profesor para encontrarse con su doble.
Tanto novela como película despliegan estelas de la pequeña obra maestra del escritor ruso Fedor Dostoievski: El doble. Publicada en 1846, es el drama  vivido por Goliadkin, un funcionario del Estado ruso que es rechazado en la comida de su jefe, con lo cual, su personalidad se fragmenta, momento de giro que da comienzo a una lucha identitaria con el personaje que lo suplanta imaginariamente.
La obra de Villeneuve  es el trabajo de un director serio, cultivador riguroso del oficio, pero siempre acrecentando los elementos novedosos para el manejo de planos. El análisis puede sintetizarse en cuatro aspectos que convierten a esta película en una de las obras más llamativas de la cinematografía actual: El tratamiento fotográfico, la dirección de actores, la narración lineal clásica y la simbología inherente a una historia difícil de mostrar. Veamos.
Su fotografía se compone de unos planos fijos bien logrados, especialmente en interiores. La iluminación de tonalidad ocre, ayuda a construir una atmósfera melancólica como si la modorra se tomara todos los lugares posibles. El actor Jake Gyllenhaal hace de su expresividad el complemento ideal para esa sensación de vacío que dejan los noventa minutos de producción. Los movimientos de cámaras avanzan con un ritmo lento, lo acompañan, no lo apuran ni mucho menos. La ciudad de Toronto, mostrada desde planos aéreos es la mejor cómplice para esa sobrecarga existencial de un solo individuo en semejante elefante arquitectónico. Todo a su debido tiempo, no hay motivos para la euforia ni  razones para salirse del renglón que constituye el mundo del profesor universitario.

                                 Denis Villeneuve

La dirección de actores recae fundamentalmente en el trabajo de Villeneuve junto a Gyllenhaal. Ambos logran construir un personaje sólido. En la apacible vida de Adam, sólo hay espacio para la reflexión: “Según Hegel la historia se repite, pero Marx complementaba, como si fuese dos veces, la una como tragedia, la otra como comedia” o “El estado solo busca controlar a las personas y a las sociedades… recordemos el famoso pan y circo en el Imperio romano”…Su trabajo luce bien realizado en todos los momentos pero sobresalen las escenas en las que el personaje se duplica, se confronta consigo mismo en conversaciones tensas, con personalidades disímiles que se entrecruzan como un sino inexpugnable.
Las compañeras de reparto, Melanie Laurent, la esposa de Adam y Sarah Gadon, esposa de su doble, Anthony, potencian el drama. Sus actuaciones lucen sobrias, sin hacer sombra al personaje principal.
Villeneuve, es un director por la forma clásica. La narración surge lineal, sin romper audiovisualmente con los puntos ascendentes que le dan fluido a la historia. Cada uno de los acontecimientos toma el tiempo prudente, no hay rupturas abruptas en la imagen. Su cuidado se extrema con el trabajo minucioso que soporta la película. La mezcla de interiores y exteriores logra expresar el mundo psicológico del personaje: un hombre atropellado por el trasiego de una vida monótona, tal vez el destino de los intelectuales.
Y ese universo simbólico trasluce la interioridad de los hombres que proyectan su existencia en las cosas. La dialéctica entre orden y caos, es el pilar para que la vida conserve su estabilidad. Adam, en su sombrío discurrir cotidiano, encuentra que la única manera de salir de aquello sólo puede hallarlo en su propia conciencia. ¿Su letargo apareciendo en películas que ni remotamente ha pensado ver, no será una proyección de su Yo en las actividades que siempre quiso realizar y que por la costumbre acobardada nunca llevó a cabo? El mundo de los adultos, las obligaciones afectivas y los muros económicos hacen de los hombres y las mujeres seres momificados por el hábito. Adam es un producto patológico en la pasividad de la vida que lucha por desprenderse de las opresiones sociales, entre las cuales, las de su esposa y su madre pesan más que cualquiera otra.

                                Jake Gyllenhaal

Ese parece ser el sentido que tendría la escena final. Esa inmensa araña que descubre Adam en su habitación, es la personificación ominosa de todos sus temores. Una fuerza impetuosa que  desea salir de un cuerpo resignado a la cuadrícula. Caos y orden.


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