El teorema cero

Christoph Waltz

Toda la obra de Terry Gilliam  genera una sensación difícilmente definible. De verdaderas joyas cinematográficas como Brazil o El rey pescador, o de películas menos relevantes como Las aventuras del barón de Munchausen o El imaginario mundo del doctor Parnasus, arribamos a bodrios amanerados como Miedo y asco en las vegas. Es cierto, en los últimos veinte años no encontramos  en su trabajo una obra realmente valiosa. Quizás la última de ellas es 12 monos, una impactante película en la que se vuelve a los temas habituales del director nacido en Minesota, Estados Unidos, en 1940: los juegos con el tiempo, lucha de personajes desquiciados y a la vez candorosos en contra de un poder metafísico, genios creadores que intentan subvertir el orden vigente.
Capítulo especial es aquel que lo reúne al lado de sus compañeros de trabajo y de burla: Eric Idle, Michael Palin, John Cleese, Terry Jones, Graham Chapman, miembros del legendario grupo creativo Monty Python que surge en la televisión  a finales de los años sesenta y continúa su exitosa carrera hasta los primeros años de la década del ochenta. De su trabajo, lleno de un humor agrio pero a la vez amplio, se destacan películas como La vida de Brian y Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores, obras llenas de críticas en contra de la Iglesia católica y de toda la mitología tradicional de la sociedad anglosajona.
Ahora, apenas el año pasado, se estrenó su última película, The Zero Theorem, cuyos contenidos no varían en relación con su obra anterior. Esta vez su estrella central es el galardonado Christoph Waltz, el actor austriaco ya célebre por sus trabajos al lado de Quentin Tarantino, tal vez sobrevalorado por la crítica que ve en el director estadounidense un genio intocable. Pero el sensacionalismo de aquel no es un parámetro suficiente para catalogar a un actor de bueno. Por el contrario, quizás empobrecen las posibles actitudes de algunos autores que no pueden ser sobrios para papeles que lo requieren.

                         Terry Gilliam

El teorema cero nos muestra la vida de un genio de las computadoras que, trabajando para una corporación X, regentada por un exótico magnate, representado por Matt Damon, espera una llamada sempiterna que nunca llega. Desde su casa, opera su computadora, un premio ganado  a cambio de su intento por descifrar un enigmático teorema. Sólo es acompañado en tamaño propósito por dos personajes que lo visitan en una capilla abandonada. Ella, trabajadora del cibersexo, interpretada por Melanie Thierry, y él un apocado hijo del dueño de “La dirección”, interpretado por Ben Whishaw, el actor que encarna al inolvidable Jean-Baptiste Grenouille de la película El perfume.
Terry Gilliam sigue ocasionando en el público esa impresión de que se está frente a  una película prometedora. De sus bellas historias, pronto asistimos a una imbricación irregular de partes que no tienen un ritmo convincente. Sus personajes habitan un mundo propio, pero se quedan en un letargo verborraico de frases  pretenciosas pero desconectadas del hilo que debe regir toda buena producción fílmica. No obstante, de las portentosas imágenes que nos regala esta representación audiovisual quedan aquellas propias de un estilo consolidado y trabajado durante más de cuarenta años de carrera artística. Quedan también esas elaboraciones barrocas impregnadas en cada una de las imágenes como marca de identidad que le dan ese toque creativo a un cine que requiere del detalle para completar esos magníficos cuadros en los que ha dividido su estética. Y quedan finalmente esos temas imposibles en los que un director medianamente cuerdo  jamás se embarcaría. Pero bueno, estamos hablando de Gilliam, un autor en toda la extensión del sentido que esa palabra contiene.
Por eso, un enfant terrible que hace crítica social con un trabajo artístico maravilloso,  y que ha construido un público durante toda su carreara, es quizás uno de los auténticos realizadores cinematográficos, que a sus 73 años sigue conmoviendo con sus obras. Parece contradictorio lo dicho hasta acá, pero si decimos que The Zero Theorem no alcanza la altura estética de otras de sus obras, que además deja un sabor agridulce en la boca del público y que  este trabajo en particular luce deshilvanado rítmicamente, es para confirmar esa afirmación de que Terry Gilliam es uno de  los directores contemporáneos más importantes de la escena fílmica. Su exuberancia visual contiene la maestría del barroco, con imágenes en movimiento que atrapan al espectador con sus historias y con sus personajes.
Aquí, en El teorema cero, nos adentramos en el camino de las especulaciones metafísicas, en las que los hombres buscan una respuesta ante el vacío del universo. Ese viejo propósito de despejar todas las dudas posibles a nuestra soledad pasmosa, se resuelve con alusiones de la vida presente. El avance tecnológico, las matemáticas, la religión son fundamentos a los  que se acude cuando la incertidumbre vital  golpea como  un mazo en los sentimientos de inquietud que produce la soledad humana.



                              Melanie Thierry


El cine es la época expresada en imágenes en movimiento, para aludir  a Hegel. Cada vez más se hacen películas en donde la tecnología informática registra nuestras ansiedades más certeras. Dios, el universo infinito, la desolación humana, la religión, el  amor, siguen siendo aspectos centrales de nuestra existencia. Lo estético es una ventana pequeña que desnuda grandes realidades y asimismo, aproxima la mirada a respuestas que continúan en el tintero de los grandes temas que tratamos los hombres. En El teorema cero quizás encontremos el principio y el final de todo lo que existe.


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